Acuario por Pablo Cifuentes Vladilo

Ilustración: Esteban Cárdenas Vargas

 

De a poco he venido a caer en la incesante sospecha de que algo anda mal conmigo y con mi vida. Sí, ya sé lo que me vas a decir. Que no me queje, que todos tenemos problemas, que aquí y que allá, con más allá que aquí. Tal vez por eso mismo es que quiero tratar de explicar el asunto de la mejor manera, sin que suene a queja ni reproche, ni protesta. La cosa es más bien una inquietud, una duda de esas que te carcomen día y noche a tal punto que a ratos ni siquiera eres capaz de afirmar con algún grado de certeza si es que, efectivamente, es de día o de noche.

De mi vida - digamos de ESA vida - sí, la anterior al incidente, no hay nada muy sorprendente que pueda decir debido, principalmente, a que tiendo a pensar que era bastante similar a la de cualquier otro. Supongo que todos alguna vez hemos sentido que flotamos a nuestras anchas por la existencia, flotar, flotar, qué lindo era flotar a gusto. ¿Comer? Cuando era necesario. ¿Pasear? Cuando lo estimaba necesario. ¿Por dónde? Por dónde me pareciera mejor. Acompañado, sólo, con todos, con ninguno, no había fórmulas para esas cosas. Cosas de peces, al fin y al cabo.

Vino entonces el giro; digamos “el evento”. Del hecho en sí mismo sólo tengo algunas imágenes difusas como un prolongado sueño. Tal vez ni siquiera sueño. Lo que sí podría decir es que de un momento a otro todo fue sombra, ruidos incomprensibles, un extraño mareo, movimiento carente de sentido, extrañas sensaciones en la panza y todo un sacudón. Luego de eso vino la calma, profunda calma, tal vez más de la que se podría soportar, pero con el tiempo te acostumbras. Desde entonces estoy aquí, deambulando por una senda solitaria, además de estrecha, que parece ser la única existente. De vez en cuando un giro, siempre al mismo lado, a veces va siempre a la derecha, otras veces va siempre a la izquierda, pero sea cual sea la ruta pareciera que siempre voy a dar al mismo lugar. Al final lo que me inquieta es el silencio, la soledad. Al costado del camino he visto a otros que se mueven en paralelo, pero jamás he logrado llegar hasta ellos. Son como yo. A veces me convenzo de ser ellos, o de que ellos son yo, todos ellos un yo mismo. Soy todos ellos, pareciendo ir a prisa, por el mismo camino, no sé si se preguntarán lo mismo que yo. Tal vez llevan más tiempo y están ya acostumbrados, tal vez siempre estuvieron aquí. El asunto no es tan malo, después de todo estoy tranquilo, estoy cálido, estoy seguro, ya ni siquiera tengo que detenerme a elegir algo, ya todo está decidido. Incluso de manera periódica encuentro alimento, siempre en el mismo lugar, siempre lo mismo y después de todo está bien. Digo, al menos ya no tengo que perder tiempo en disquisiciones sobre qué comer, dónde buscar, a dónde ir. No, no puedo quejarme, no podría ser tan malagradecido de mi vida.

Te preguntarás entonces de dónde viene esta angustia de la que te hablo. Creo que aquí es donde debo insistir en que no quiero que suene a queja. A ratos hasta me provocan culpa todas estas inquietudes. El hecho es que con todo esto, aún con tanto que agradecer, ocurre que sigo recordando esos días antes del incidente, de alguna manera los añoro, como si en cierto modo los necesitara. Pero ha pasado ya tanto tiempo, tanto que apenas recuerdo y en ocasiones he llegado a pensar incluso que todo eso nunca existió, que tal vez fue sólo un sueño, como si buscara engañarme a mí mismo. Pareciera que nada de eso pasó realmente y quizás siempre estuve aquí, como los otros. Esta fue siempre mi vida y mi destino y esas imágenes, esos locos sueños de libertad son sólo un desvarío, una invención proveniente, lo más probable, de mi poco juicio… ¡ah! Mira, aquí está la comida de nuevo.