Amanecer en la Patagonia por Abel Ruiz

 

Pleno verano magallánico. La estepa tapizada en coirón la atraviesan caminos en todas direcciones. El sol emerge radiante, esparciendo haces de intensas luces anaranjadas. Protejo mis ojos con la mano en forma de visera. Estoy en lo más alto de la torre de perforación, sintiendo el movimiento bajo mis pies con una leve oscilación a medida que el trépano comienza nuevamente a horadar la entraña en busca del ansiado oro negro. Aprovecho a engrasar los ejes de las poleas, más arriba, responsabilidad asumida por ser el enganchador del Equipo. Estamos ya cerca de los tres mil metros. El reloj marca un poco más de la cinco de la mañana. Giro en trescientos sesenta grados y aprecio como el horizonte une esa estepa con un cielo claro, puro, sin nubes, todo azulado: me recuerda al Dios del día y de la noche… ¡un espectáculo maravilloso!

Cierro los ojos. Mis párpados aplacan los rayos del naciente sol. Disfruto de la calma, la soledad y del aire en toda su pureza al inhalarlo profundamente hasta llenar mis pulmones, y trato de retenerlo lo más posible. La exhalación es fuente de agrado y sosiego, hasta me olvido de estar a más de cincuenta metros de altura, como si mi cuerpo flotara, cubriendo toda esa inmensidad magallánica. Mi interior palpita, haciéndose eco en mis sienes. Cómo detener el tiempo para seguir volando y experimentar, entre sueños, el ir y venir de pensamientos…, sin destino…, sólo volar.

De pronto, me veo transitando por la arteria principal de mi ciudad, Punta Arenas, agradeciéndole a Dios este don de la imaginación. Mis pasos me llevan hacia ese edificio blanco de ENAP en la esquina de la Plaza de Armas, contrario a la iglesia catedral. Me entretengo al ver tantos rostros, sumidos en dichas, preocupaciones, o tal vez qué tipos de pensamientos que surcan sus propias mentes. Allá, un grupo de estudiantes, inmersos entre risas y gritos de satisfacción emulan algún chascarro traducido en euforia sin par y con tintes de descontrol. El saludo de algún compañero de trabajo me despabila y me hace sentir contento, después de tanto tiempo sin vernos, acompañado del típico y amistoso palmetazo en nuestras espaldas, hábito plasmado en cada uno de nosotros como enapinos. Recuerdo cuánto deseaba ser un funcionario de esa repartición, sin pensar siquiera lo que me depararía el futuro. Cada cierto tiempo consultaba por mi solicitud de ingreso, entregado casi dos años. Recibía la misma respuesta: “ten paciencia, ya te llamarán”. Pero esa paciencia tiene un límite y empieza a perder fuerza. El desánimo hizo de mí tener la osadía de ir, como se dice en jerga campechana, “directamente a la cabeza”.

Entrego la carta a la secretaria del Gerente General de la época, retirándome con la idea de tener alguna esperanzadora respuesta, a pesar de éste yo interno, recalcándome con ironía…, “que esperara sentado”.  Pero no fue así. Transcurrieron solamente siete días, y el 19 de febrero de 1968 comenzó mi primer día laboral. Al día siguiente, era uno de los tantos pasajeros del avión Avro en viaje hacia la capital del petróleo: Cerro Sombrero, en Isla Tierra del Fuego. Y de allí, como destino final, vía terrestre, Cúllen, distante unos sesenta kilómetros.

Todo era un manto tapizado en coirón. Los gasoductos y oleoductos ocupaban sus espacios paralelos al camino de tierra; otros los atravesaban, con las señaléticas correspondientes y, más allá, una gran bola de fuego, rugiendo en la soledad del campo, signo floreciente de las entrañas de la tierra. Varios caserones desfilaban ante mis ojos a medida que nuestro bus devoraba la distancia, cuya carga humana se aprestaba a otra jornada de veintiún días laborales, sin importar festivos, Navidad o Año Nuevo. Las estancias aparecían una tras otra, adornadas con mantos de lanares, en un interminable coro de balidos, mientras los recién nacidos, en cuclillas, succionaban la leche siempre lista y refrescante, unidas en melodía, con sus diminutas colas en continuos movimientos.

Ya en el campamento, seguí a los trabajadores, rumbo al casino, quienes fraguaban variadas ideas culinarias ante el emergente aroma circundante. Todo era novedad, sin importar siquiera el no haber tomado precaución en acercarme a alguna oficina y saber dónde pernoctar durante mi permanencia.

Durante un año y medio, me vi inserto en distintas labores: aseo de oficinas en general, gimnasio y dependencias aledañas, jornalero en el camión recolector de basura; y, finalmente, la temida Cuadrilla Auxiliar, teniendo como lema tatuado en carne viva:  … “¡sale bueno…, o revienta!” ..., paso obligado para continuar en las Torres de Perforación: los nómadas de las tareas petroleras.

Varios golpecitos metálicos hacen separarme de mis divagaciones. Un compañero de trabajo los emite contra la pata principal de la torre cuyo sonido se propaga por toda la estructura, percibiéndolo algo alejado pero nítido y claro, allá arriba. A lo lejos, un vehículo deja tras de sí una columna de polvo. Es el turno de reemplazo. Me despabilo, estirándome con los brazos en alto, deseando alcanzar aún más altura. Bajo los 114 peldaños hasta la base de la torre en un descenso lento, seguro. Escucho el bramido de cada uno de los tres motores, envolviéndome cada vez más en un manto de agradable calor.

Después de guardar todos los elementos de seguridad, el reconfortante desayuno, y el retorno a nuestra base: Cúllen. Dejamos atrás los ruidos, sin importar la incomodidad de los asientos del pequeño bus, dejándonos llevar por el sueño dominante. En algún instante, al abrir los ojos, distingo el nombre de Estancia Las Flores, esculpido en una gran tabla apoyada en sendos troncos, cuidadosamente ornamentados. Un bache del camino me obliga a reacomodarme y diviso la zona de Bandurria, cercana al campamento… ¡Bandurria!, musito para mis adentros. Esbozo una leve sonrisa y, esta vez, el recuerdo me traslada hundido a media pierna en un terreno de barro y mazacote, característico de esas zonas, con camionetas y camiones enterrados hasta los ejes. Sólo es posible moverlos con tractores. Hasta el equipo se estaba ladeando, saliéndose más allá de su verticalidad. Se tuvo que colocar tablones, previo uso de grandes gatas para levantar su estructura. El sueño me trata de vencer en complicidad con el vaivén del vehículo, que me acerca, cada vez más, hacia esa reconfortante y tibia “camita”, mientras Morfeo se prepara para mecerme al son de su música griega entre arpas, flautas y liras.

–¡Ya, chico, despierta… ya llegamos! –me avisa mi compañero de pieza, el Mono Luengo.

No sé si ducharme o dejarme caer sobre mi cama y seguir gozando del sueño reparador. Total, puedo hacerlo a eso de las dos de la tarde… ¡no lo sé!  Además, la pieza está temperadita, como una tentación más para dejarme acariciar por las frazadas y la textura de la almohada.

Al despertar, veo a mi socio en igualdad de condiciones. Su pensamiento fue también el mío. Ni siquiera sentí sus leves y cortos ronquidos. Me acurruco, esta vez, bajo el cubrecama, sintiendo como abraza mi cuerpo, mientras me sumerjo nuevamente en el acariciador mundo del sueño, para llevarme en viaje a recorrer la Isla. ¡Donde se vive la plenitud del potente silencio de la pampa magallánica…!

¡Del imponente...     espacio…!

¡Del impon… espa…!

*  *  *

Han transcurrido ya quince años desde los inicios de mi carrera funcionaria. Cumplo con el gran anhelo propuesto tiempo atrás y logro realizar mis estudios superiores con el gran apoyo de mi esposa, asumiendo roles de padre y madre para cumplir con las obligaciones contraídas. ENAP me destina, nuevamente, a cumplir una nueva etapa, esta vez, bajo la mirada de un profesional, para adecuarme a las nuevas funciones a desempeñar… Y una de ellas es pasar un tiempo en el Equipo N° 5 de Perforaciones en Isla Tierra del Fuego.

Efectúo el mismo trayecto que hiciera hace tantos años atrás. Otros rostros desfilan frente a mí en dirección a los comedores, ingresando en fila india para ocupar alguno de los asientos disponibles.

–¡Chico…, chico!...  –son palabras de alguien inolvidable. Se dirige a mí con un caminar rápido, zigzagueante, con esquivos movimientos de pies para no golpear las patas de las sillas, brazos en alto. Mastica y traga dentro del más mínimo tiempo. El abrazo apretado, más allá de lo normal, reflejaba el aprecio, la amistad, la gratitud y el afecto de mi ex compañero de pieza.

–¡Hola, monito… cómo estás! –mientras me lleva del brazo hacia su mesa, instándome a sentar y acompañarlo. Hablamos de todo, de su vida y la mía.

–Como podrás imaginarte, chico, esto sigue igual, tal cual cuando te fuiste a Punta Arenas. Pozos y más pozos, pero esta vez se viene unas zonas de exploración: superarán los cinco metros de profundidad. Se usarán barras de aluminio para aminorar el peso de la columna. ¿Vas a estar con nosotros?  Si es así, vamos para la pieza, estoy solo, así es que estaremos nuevamente juntos.  ¿Cómo está tu familia, tu esposa, tus hijos? Termina ya tu postre y vayámonos al tirante. Estoy en el turno de día. Saldremos mañana temprano. Estamos cerca de San Sebastián, al lado de la frontera con Argentina. Son como sesenta kilómetros. Tenemos una hora y media de viaje, tal vez dos. El camino está malo. Mañana cambiamos de turno y entramos de amanecida. Ahí tendremos más tiempo para conversar.

Estaba eufórico. Sus palabras salían a borbotones, como en tropel. Una vez en nuestro aposento, me habló de los ausentes como consecuencia de los traslados o de alguno que otro accidente, y de los que habían dejado este mundo.

Cuando íbamos rumbo a San Sebastián, para estar a las doce de la noche en el Equipo y reemplazar el turno, no podía distinguir el manto verde de coirones, sólo mi imaginación calmaba el interés por ello. Algunos caseríos cercanos al camino parecían figuras fantasmales ante la penumbra de la noche. Los perros de las estancias emitían sus lúgubres ladridos, haciéndose eco en la noche circundante. A lo lejos, se divisaba la diminuta estructura de la torre del equipo, iluminado en medio de la pampa patagónica, junto a esas antorchas, en un continuo aullar hacia el cielo infinito.

Los saludos fueron calurosos y espontáneos junto a los abrazos algo atolondrados como una forma de demostrarnos una alocada alegría de vernos, después de tantos años. Pudimos conversar un buen rato, pues el Equipo estaba en su etapa final de operación, preparándose para ir a otra zona a seguir en busca del ansiado oro negro. Nos deseamos buenas noches para después continuar con nuestras pláticas, pues todo el personal del Equipo íbamos a estar juntos e iniciar el comienzo del desarme, labor que se realiza solamente de día.

Nos trasladamos unos cien kilómetros de nuestra posición. No sólo es mover todo un Equipo, sino también el campamento. Pude apreciar en toda su magnitud, nuevamente, ese paisaje pleno de coirones, guanacos por doquier en manadas, piños de ovejas y corderos en traslado de los campos de invierno a los campos de verano, para el aprovechamiento total de los pastos que ya estaban aptos para la alimentación del ganado ovino en particular.

Esperaba con ansiedad estar en el turno de amanecida, para apreciar la salida del sol en todo su esplendor y rememorar desde la parte más alta de la torre la inmensidad del espacio, de ese espacio infinito. Ahora no sólo me permitía apreciar el horizonte, sino también volar y hasta circundar la tierra para volver a mi punto inicial, en un recorrido astral sin precedentes. Pero antes, me dediqué a admirar ese cielo límpido, claro, sin nubes, plagado de estrellas por doquier y en toda su magnificencia, a la espera de los primeros vestigios del amanecer. Allí, en lo alto, estaba Las Tres Marías y, más allá, La Cruz del Sur, como compitiendo entre ellas de cuántos fulgores podían emitir dentro de sus propias formaciones estelares.

Fue algo reconfortante, pues ahora, después de quince años, mi apreciación era de una intensidad mucho más profunda. Como si hubiese podido ver mis propios ojos, sabía que ellos fulguraban de gozo. El palpitar de mi corazón se hacía sentir en mis sienes, e inhalaba lentamente ese aire en toda su máxima pureza. Enfrenté los rayos emergentes del sol, rememorando todo... ¡todo!

Me detengo en mis divagaciones. Mi mente me hace recordar el pronto regreso, pues mi entrenamiento está por terminar y enfilar rumbo a otro lugar. Debo volver a Tres Puentes a cumplir otras funciones y, el solo afloro de este pensamiento me entristece, invadiéndome sentimientos de tribulación y congoja.

Oigo ese ruido metálico emergente en la estructura de la torre. Veo nuestro transporte acercándose. Recorro, por última vez, los peldaños y los cuento… ¡uno en uno! Desayunamos e iniciamos el retorno a Cerro Sombrero. Mientras mis compañeros duermen, yo los miro a cada uno de ellos, rememorando todas nuestras vivencias y hasta es posible que no nos veamos más, salvo algún encuentro casual por las calles de Punta Arenas, dándonos los abrazos atolondrados y los palmetazos en la espalda. Divago desordenadamente, mientras me sumerjo en un sueño apacible acunado por el vaivén de nuestro bus.

–¡Ya, chico, despierta… ya llegamos!

Después de la ducha, siempre reconfortante, me amparo bajo las tibias sábanas. Quiero seguir recordando mi estadía en la parte más alta de la torre de perforación. Me sumerjo en un mundo de tranquilidad, de paz, de sosiego, de tranquilidad arrulladora para mi alma, del silencio de mi pampa patagónica…, y del imponente espacio, de la noche estrellada. En un instante, una estrella fugaz quiso hacerme compañía y disfrutar de ese imponente espacio.

¡De aquel imponente…          espacio…!

¡Del … impon… espa…!