Bucear en su alma por Juan Mihovilovich

Ilustración: Martín Vega

 

"Todas las gotas de la mar
Son tantas gotas de mi sangre
Todos los peces de la mar
Son tantos trozos de mi carne"

Kalevala-Elias Lonnrot

                                                                            -A Ricardo Gidi

¿Cree usted que descendamos de los peces?  ¿Que nuestro origen radique en el océano?  Es una interesante teoría.  Así como este mundo se erige sobre tierra sólida han de existir planetas acuáticos.  ¡Qué importa que no haya antecedentes probatorios!  Sólo procure imaginarlo.  La imaginación es una cualidad que nos remueve la vida física.  Si careciéramos de ella ningún avance sería posible, ni siquiera podríamos enamorarnos.  ¿Sabe por qué?  Uno imagina otra presencia, la reviste de virtudes y defectos, efectúa la suma y concluye.  Sin duda, el amor a primera vista es una alternativa, a menos que se adolezca de dicho sentido.  Y ni, aun así.  Claro que esa atracción inicial no pasa de ser eso: una atracción, lo que se denomina con cierto eufemismo, química entre los cuerpos. Volviendo a la eventualidad de un mundo acuático, ¿sabe que el Síndrome de Down tiene su origen en planetas líquidos?  Yo también lo ignoraba.  Hasta que una vez alguien me instruyó sobre ello.  Por supuesto, mi recelo fue instintivo.  Si un día cualquiera se le acerca un individuo y le espeta a boca de jarro que los seres mongoloides nacen y se desarrollan en un medio marítimo ¿cómo reaccionaría?  Igual que yo, ¿no es verdad?  Esa misma actitud desconfiada, esa mirada calculada, su tensión corporal, el cuestionamiento de sus reflexiones me invadieron de inmediato.  Además, quien me musitaba tal aserto era un niño con Síndrome de Down.  ¡Figúrese! Únicamente podía establecer distancia, retraerme y mirarlo desde lejos, como si se tratara de un ser sospechoso, insólito, e incluso, peligroso.  Su nombre es Ricky, nombre extraño para un crío que no obedece a nuestros patrones usuales.  Ricky tiene unos veinte años, aunque la edad, dadas sus características, es un dato irrelevante.   Ellos no viven demasiado.  Como su anatomía difiere de la nuestra les cuesta más adaptarse al nivel físico que usted y yo encontramos tan normal.  Para Ricky, en cambio, desenvolverse por las calles y avenidas de una ciudad común es una odisea.  Mire, es hijo de un amigo partidario de la causa Palestina.  Alguna vez me confidenció sus reuniones ocultas con un emisario árabe efectuadas en el sótano de una casa de Santiago.  Puede parecerle extravagante, según mi amigo, aquél líder vino en secreto en más de una ocasión a este país para recolectar fondos, ¿qué otra cosa podía hacer en un sitio como éste?  Si está informado sabrá que la colonia Palestina en Chile es  la más numerosa de Sudamérica.  En ese contexto las contribuciones de sus paisanos resultaban un aporte significativo.  Claro que no vino sólo a pasar la escudilla para las monedas.  Su interés también se basaba en informarse sobre los movimientos judíos en La Patagonia.  No me mire como si yo estuviera desvariando.  Sé que con tal acopio de información cualquiera se asusta.  Primero, un niño mongoloide que procede de otro planeta, y después las visitas de un paladín árabe que investiga raros desplazamientos hebreos en el sur del continente.  Ya lo sé, cualquiera se espanta o llama al siquiatra.  No tema, aunque mis pasos se encaminan hacia la locura, ella, me parece, todavía está distante.   Ninguna de las aseveraciones anteriores se aleja de la realidad.  Si considera que no las tomé al azar, sino que me fueron, a su vez, transferidas, la cosa cambia, ¿no cree?   Mire, el caso de Ricky es singular.  Un día me toma de las solapas del vestón, me escruta fijo y termina sonriéndome con esa dulzura que sólo un niño mongoloide es capaz de transmitir.  Sentí en esa mirada una invitación, un llamado a incursionar en los orígenes de su mundo particular.  No es que, precisamente, Ricky me hablara e intentara explicarme lo inexplicable.  No era eso.  Fue la absorción de su mirada la que me llevó hacia adentro de él e ir más lejos.  Lo vi convertido en un ser acuático, braceando con inigualable maestría en contra de las corrientes marinas de un océano desconocido.  Su deslizamiento elegante y seguro equivalía al desplazamiento de un delfín. ¿Ha notado la gracia y precisión con qué nadan a ras de la superficie marina?  Ricky era un delfín en estado embrionario.  Saltaba sobre las olas y se zambullía con tal seguridad que me resultaba inimaginable verlo erguido en el mundo terrenal.  Y lo increíble es que en esa visión retransmitida su destreza no era exclusiva.  Otros como él acompañaban el rítmico pase de sus giros, quiebres y serpenteos.  Un cardumen, y perdone el término, de seres mongoloides danzaba bajo las aguas reproduciendo el vuelo de las aves.  Ricky, en ese entorno natural, parecía feliz.  Mejor dicho, lo era, y también los que buceaban a su lado.  Esos delgados ojillos estirados como los de un pez me daban la impresión de sonreír en cada inmersión, en cada ascenso ondulante.  Sin embargo, Ricky quería compartir conmigo toda la dimensión de su secreto.  No que lo viera solo en ese estado original.  Deseaba que supiera quiénes nadaban con él bajo las aguas.  Con mis limitadas facultades humanas yo trataba de entender, hasta percatarme que ninguno de mis sentidos me otorgaría la apertura hacia su alma.  Si yo era absorbido por sus intensos ojos azules debía dejarme caer por ellos al abismo de su procedencia.  Allá al fondo, en esa navegación sublime, habitaba también su familia,  sus padres, sus hermanos de raza, sus amigos.  No se trataba de una fantasía más, sino del origen de su especie. Entonces sentí que ese misterio insondable se había trasladado a este planeta para enseñarnos algo.  ¿Ha visto que seres como Ricky tienen una morfología diferente de la nuestra?  Sus rasgos mongoloides, sus ojos achinados, sus labios extendidos, esas orejas escamadas, ¿le dicen algo?   Añada la suavidad de sus formas, la redondez del volumen corporal, la tersura sedosa del cabello, ¿no tiene la impresión de visualizar a un ser que emerge del océano?  Si en principio su aspecto obedece a una alteración cromosómica, por favor, no se equivoque: ningún niño con síndrome de Down es un retrasado mental, como tan livianamente se cree.  Yo había notado de qué manera Ricky se vinculaba con el líquido elemento, cómo lo disfrutaba, de qué modo reía a carcajadas si su padre lo bañaba con una manguera en el patio de su casa.  ¿Sabe cuántos minutos resistía buceando en el fondo de la piscina?  Era increíble.  Podía caminar con lentitud bajo las aguas, asirse a la escalerilla y sin ascender a la superficie, mirarme largo rato con una sonrisa indescifrable.  La mirada de Ricky me decía que eran seres irrepetibles, cuyas aparentes deficiencias eran parte de un mensaje cifrado.  Esa ternura natural, esa gracia inigualable, esa torpeza física cuidada, la calidez infinita de sus gesticulaciones me enunciaban la clave del mensaje.  Recuerde que sigo anclado a sus ojos mientras sus manos continúan aferradas a las solapas de mi vestón.   Comprendí, o hice al menos el intento, de saberlo dotado de una necesidad de amor que era compartida.  Ellos habían emergido de las aguas para involucrarnos en la moldura de sus gestos.  Esos gestos primitivos, desprovistos de cálculo o medida, nos imploraban que cambiáramos.  Él carecía de voluntariedad, al menos como solemos entenderla.  Su existencia emanaba de una espontaneidad sorprendente.  Lo demás, su relación con nosotros, su forma de acceder a los objetos, de tocar a un animal o mirar a las estrellas, nacía de ese principio tan elemental: su infinita capacidad de ser.  Ellos eran, Ricky era, ¿qué cosa tan sencilla, no cree?  Destilaban amor por todos los poros de sus anatomías como si una esponja acuática fuera eternamente exprimida.  Y he ahí la crueldad de una paradoja que aprecié de manera atroz.  Podían sentir de un modo mucho más extremo el desprecio de sus semejantes. Nosotros constituíamos esa extraña similitud.  Se nos habían aproximado para evidenciarnos el sufrimiento del mundo.  Sus cuerpos, supuestamente imperfectos, recibían nuestra lástima, nuestro castigo y sus condenas.  ¿Cómo no habíamos descubierto todavía sus cualidades internas?  ¿Por qué nunca nos sumergíamos hacia el fondo de sus almas?  Querido amigo, sumidos en nuestros egoísmos, la llegada de un ser mongoloide a este mundo constituye una desgracia.  Vemos su desequilibrio físico como un maligno error de la creación.  Y el error nos pertenece.  No obstante, Ricky me enseñaba el conocimiento a través del corazón.  ¡Qué extraordinaria sensación el caer por sus ojos al encuentro de un ser que jamás sería tan común y corriente como yo!  Su inercia y desgano engañosos conformaban el barniz de su llamado.  Sentí que me convocaba para ayudarlo a mitigar su terrestre materialidad.  Si a algún dolor era permeable ese sufrimiento, emanaba de nuestro rechazo e indiferencia.  Nadie percibía esas actitudes como él.  Debo señalarle que le fascinaba pasear conmigo y el encanto era recíproco, sobre todo cuando me tomaba de la mano y me llevaba hasta un puentecito escondido a orillas del océano.  Me hacía reír, con ese humor tan desprovisto de dobles intenciones.  Recuerdo que una vez, luego de mirar desde allí la puesta de sol, lo llevé a casa de un amigo.  El caso es que en tanto toqué el timbre, Ricky se arqueó como un puerco espín.  Dio una ojeada a los costados, giró sobre sí mismo y me tironeó de un brazo.  Yo no comprendí esa reacción hasta que la puerta se abrió.  Mi amigo posó su mirada en él como si yo no existiera.  Y en esa mirada había un rechazo contenido, escudado en la falsedad de su sonrisa.  Ricky advirtió aquello antes de que la puerta se abriera, ¿de qué manera?  No lo sé.  O en ese entonces no lo advertí.  Como después aprendí a descifrar parte de sus sensaciones capté que poseía una sensibilidad mayor que la normal.   Podía anticiparse a los gestos porque veía el alma de la gente.  Sé que suena extraño; como su naturaleza no emanaba de una densidad tan pesada como la nuestra, su capacidad de apreciar las emociones pasaba por el filtro de sus células acuosas.  Si tiene dudas es cuestión de tocar y de medir.  El antecedente también es físico.  Vea cómo se moldea ese elemento líquido y vital en un recipiente.  Y vea, además, cómo se escurre y sumerge en la tierra si fuere indispensable.  Ricky moldeaba sus impresiones de manera instantánea.  ¿Intuición?  Usted lo ha dicho, intuición pura, percepción directa ajena al cedazo mental que tanto obstruye nuestro discernimiento.  Como está exento de los vicios acostumbrados es capaz de irradiar su ternura de forma elevada.  Claro que si uno acepta y deduce que su apariencia física es circunstancial, que es un señuelo y una pista, es posible envolverse en su amorosa serenidad.  Es cierto: así como Ricky es permeable al amor lo es también a nuestro rechazo espurio.  Por eso hay que verlo desde adentro, asimilarlo a la apostura de un ángel.  De un ángel marino, si usted quiere.  De ahí que cuando Ricky me soltó las solapas del vestón pudimos abrazarnos como si nos reconociéramos.  Me había dado la mejor de las lecciones: debería aprender a amarlo, tan simple como eso.  ¿Qué tiene que ver todo esto con la reflexión inicial?  Lo ignoro. Como ignoré un buen tiempo la desaparición de Ricky del radio de acción ciudadano.  Desconozco también si a estas alturas mi amigo sigue aferrado a su causa perdida o continua soñando con la liberación palestina. El caso es que dejé de ver a Ricky tan suavemente como había llegado a mi vida.  Cuando le consulté por él a su padre me miró sin verme como si respondiera por la indagación absurda de un ser inexistente. Sin embargo, comprendí de golpe.  Ricky no había desaparecido, al menos no en el sentido común que le atribuimos a una desaparición humana cualquiera.  Su partida sin aviso era la consecuencia natural de su paso por nuestro mundo.  Si de repente dejamos de verlo no era porque no estuviese cerca.  Lo estaba, sólo que, de un modo atípico, como lo era todo aquello que se vinculara con él.  Quizás por ello decidí buscarlo en el único lugar que me pareció probable.  Me encaminé a la costanera, hacia el puentecito escondido dónde alguna vez Ricky y yo lanzamos piedrecitas al océano, y me senté en el banco que daba a la bahía en instantes en que el sol comenzaba a declinar.  Puede parecer otra extravagancia, o una extensión de la visión interior que tuve cuando Ricky soltara las solapas de mi vestón. Admito esa posibilidad.  Y es dueño de creerme o no, pero en la quietud del oleaje Ricky brincó como un delfín, surcó el espacio que mediaba entre nosotros y me sonrío como nunca nadie ha vuelto a hacerlo. Por supuesto, ¿qué sentido tendría contárselo? A menos que usted acepte que Ricky también se ha apoderado de una parte de su corazón, ¿no es cierto?