Café Paris por Carolina Yancovic Bustos

 

Al llegar al Café París se siente una atmosfera especial. En días soleados, los tulipanes y pensamientos como en un cuadro impresionista, acompañan con su perfume a quienes están sentados en la terraza. Las mesas vestidas con manteles blancos y rojos y quitasoles que recuerdan los mejores balnearios del sur de Francia, esperan estoicas a las señoritas y caballeros que llegan cada tarde. Sin embargo, la magia comienza con el repicar de la campana y el aroma a café de grano. Adentro hay pequeñas mesas con manteles blancos que contrastan con el caoba de las paredes. El techo alto del cual cuelgan finas lámparas de cristal que iluminan las tazas y vasos hace del café un lugar amplio. Los arreglos florales recuerdan con su aroma dulce que la primavera ha llegado. En las paredes hay fotografías de un tiempo mejor, cuando los clientes usaban guantes y sombreros y no olvidaban dejar propina al mesero. Éstas pertenecían a los primeros dueños del café, quienes en vida habían cultivado en la ciudad el amor por los reencuentros y por Chopin, quien con sus notas melancólicas traía calma y dulzura a los comensales.

El Café París siempre está lleno. Muchos entran y salen pero siempre hay unos que están en sus mesas como si por alguna razón inexplicable no pudieran abandonar el café.

Observo desde mi mesa los personajes tradicionales del café. Una mujer me recuerda los años dorados de la clase alta. Viste orgullosa un abrigo de piel de visón y fuma incansablemente de una boquilla teñida del rojo de su boca. Lleva el cabello tomado y su pulcritud da la impresión de que pasa horas cada mañana frente al espejo dibujando el lunar junto a sus labios. Ella está siempre sola, abstraída en sus pensamientos, balanceando su  pequeño zapato de charol negro. Pide cada día un macchiato y lo bebe con serenidad, mientras las columnas circulares de su cigarrillo forman nubes que guardan sus secretos más profundos. En ocasiones acaricia las perlas de su collar blanco, recorriéndolas suavemente una por una. Luego las suelta y vuelve a comenzar. Tiene siempre la mirada absorta, perdida en sus pensamientos como si su presencia fuera solo física y nada ni nadie mereciera su atención.

Frente a mí, dos amantes toman un espresso, se observan y conquistan incansablemente hasta que beben su última gota. Ellos vuelven cada tarde para recomenzar con su ritual amoroso. No pronuncian palabras sino que se seducen con la pasión de sus miradas. Ocasionalmente ríen para luego besar el borde de sus tazas como acariciándose mutuamente. La mujer del lunar los observa de vez en cuando para recordar aquella tarde juvenil con su amante de antaño.

El repicar de la campana anuncia que el escritor con unos libros bajo el brazo está allí. Se sienta y bebe un ristretto junto a Fante. A veces se les une Faulkner y conversan sobre literatura y la vida y otras veces hablan también de cómo se confunden ambas y terminan luego tomando un ristretto en el Café París, con los amantes frente a ellos y con la mujer del lunar que balancea su taco de charol. El escritor anota en su libreta ideas sobre su próximo cuento “El perrito rio” y ríe él también al recordar que no sabe por qué ríe el perrito pero le gusta y anota algo más.

¿Por qué ríe el perrito? me pregunto también y le pregunto a Fante y luego a Faulkner pero nadie tiene respuesta.

Pasa el día y muchos entran y salen. Los amantes se van tomados de la mano, sonrientes y la dama apaga su cigarro para volver a la mañana siguiente.

 

Éste y otros relatos en: https://www.amazon.es/Caf%C3%A9-Par%C3%ADs-Carolina-Yancovic/dp/1980551510