Caín por Kent Figueroa Perales

Porque siempre fuiste tú, Julito, porque de los dos tú eras el que acaparaba todo. ¿Acaso no recuerdas cuántos juguetes me quitaste? ¿Cuántas noches mi mamá Fátima veló sobre tu cama? ¿Cuánto tiempo importó más tú llanto que mi llanto? Porque para mí fue difícil, no exagero, la indiferencia me cobijaba diariamente mientras ellos corrían hacia tu cama esperando a que vuelvas de aquellas pesadillas que te encadenaban minutos y sólo te permitían gritar histéricamente. Entonces mi papá Sebastián arrugaba una hoja de periódico, creaba una bola de papel, y lo frotaba por tu paralizado cuerpo invocando al padre, al hijo y al espíritu santo. Y luego, cuando tu llanto se silenciaba, cuando se aparecían el padre, el hijo y el espíritu santo, abrías los ojos con ligereza, bostezabas estirando las manos, y preguntabas muy curioso el porqué de nuestras caras; logrando que papá soltara una enorme carcajada y mamá te besara la frente.

Pero, ay, Julito, tenías que adueñarte de todo, y lo noté cuando más se agravaba tu condición, cuando te hacías más frágil. Yo lloraba y no me escuchaban. Gritaba auxilio y nunca venían. Me dejaban olvidado en el cuartucho con recortables y juguetitos, a orillas de la soledad más grande, de la oscuridad más tétrica; acorralado entre la peligrosa imaginación infantil y las ilusiones ópticas de los objetos, aterrado por las incontables sombras que bailaban a oscuras al otro lado de la cama. Sin embargo, contigo era otra cosa, para ti estaban disponibles las veinticuatro horas del día, especialmente mi mamá Fátima que había renunciado al trabajo para cuidarte de la enfermedad, porque andabas soñando y gritando y requetegritando todas las noches por culpa de esas malditas pesadillas obtenidas por zonzo, por despertarte en plena operación cuando te cortaban un cachito de hueso. Y nuevamente mi papá invocando al padre, al hijo y al condenado espíritu santo; entes fieles a tu desgracia e indiferentes a la mía.

Luego comenzaron a llegar los juguetes, las propinas, los recuerditos de mis tíos Shirley y George que andaban por allá en Quebec. Mientras que a mí sólo me quedaba un estúpido Pato Donald de pico deforme que mi mamá había comprado en la Parada. ¿Pero a ti no te bastaba no?, ¿para ti nada era suficiente, verdad, Julito? También querías mi Pato Donald, llorabas desde tu cama con mocos y saliva pidiéndome que te lo prestara, que te lo diera un ratito, un ratito nomás. Y cuando me negaba, cuando te decía “NO”, mi mamá Fátima me molía las carnes con el sanmartincinto adquirido únicamente para mí. “Préstale a tu hermano”, decía furiosa, cansada, a punto del colapso, y te daba mi Pato Donald resignándome a la condición, al hecho de que todo era tuyo y casi nada era mío. Bueno, el cincuenta por cierto mío. Porque el Pato Donald era cincuenta por ciento mío, y las historietas de Superman y la tacita de Esnopi también.

¿Recuerdas aquella vez en que me gané un run-run en una matiné y tu lloraste pidiendo que te lo prestara? Ja, cómo me reí cuando te lo tiré en la cara, cuando rebotó en tu nariz arrancándote fuertes lágrimas. “¡Ahhhh”, gritabas como mongolito, “me ha pegado, me ha pegado”. Y nuevamente fui testigo de que tus alaridos importaban más que los míos, ya que te bastó sólo uno para alarmar a toda la familia que charlaban a gusto en el jardín. Que siempre estás fregando, decía mi papá Sebastián jalándome las patillas. Que debes querer más a tu hermano, ¿no ves que está enfermito?, decía mi tía Carla con las manos en la cintura. Que no sé por qué este niño me ha salido tan malo, decía mi mamá Fátima enjugándose las lágrimas. Que es probable que lo hayan engreído mucho, decía mi abuelo Zósimo sacándose el cerillo con la llave.

Después de eso, me pegaron (atentar contra ti era maldad pura), mi papá me agarró a chicotazos a pesar de mi incontrolable llanto, de mis gritos de dolor, de mis suplicas. Entonces te agarré odio, Julito, sí, te agarré odio, mucho odio. Te escupía en el plato cuando te llevaba la comida, cuando te entregaba el cuaquer. Sonreía por cada cucharada que te llevabas a la boca, por cada vez que inclinabas la taza. Tiraba tus juguetes a la bolsa de basura; tus espidermans y tus soldaditos suizos que los idiotas de los tíos Shirley y George te habían mandado sólo a ti. Te aflojaba tus pañales con caca mientras dormías; era todo un espectáculo verte avergonzado, pidiendo disculpas a mi mamá Fátima por haber manchado las sábanas. Te inventaba mentiras que tú fácilmente creías, te decía que a los niños enfermos les ronda el Diablo, que a los duendes les gusta pasearse bajo la cama de los inválidos, y te odiaba, Julito, te odiaba con lo más profundo de mi ser.

Pero un día, mi mamá Fátima me encontró con la flema colgando de mi boca, a pocos centímetros de tu caldo de pollo. “¿Qué estás haciendo infeliz?”, vociferó quitándomelo de las manos. Luego vinieron los golpes, el castigo, el imparable llanto, mientras tú desde tu cama le preguntabas a mi mamá por qué me había pegado. Y esa pregunta, esa tarada pregunta que fingía interés hacía mi diminuta y sombría persona, fue el detonante para tu asesinato. Oh, porque Julito, tú lo acaparabas todo, ¿recuerdas?, a mi mamá, a mi papá, al padre, al hijo y al espíritu santo, a mis tíos Shirley y George, a mi pato Donald, a mi tía Carla, a mi abuelito Zósimo. Además, no sufriste mucho, fui bien bueno contigo, tu cuerpo no se movió tanto cuando apreté la almohada contra tu cara. Sólo te dejaste llevar, sólo dormiste calmadamente sobre los brazos de la muerte, soltando una triste exhalación, un par de lágrimas, un ligero gesto de ensoñación.

Sin embargo, ay, Julito, lo acaparabas todo, caray, TODO. Hasta muerto lo seguías haciendo. Y lo digo porque mi mamita Fátima se volvió loca, loquísima después de ti; bebía lejía, no miento, la bebía de a pico, como trago, como solución a la pena. Parecía alcanzar el foco del techo con los manos, y resoplaba, antes de la inconciencia, tu nombre. Bebía lejía porque decía que quería quemarse los órganos que te dieron vida, arruinarse el útero, el vientre. No muy contrario a mi papito Sebastián, que vaciaba botellas de cerveza y lloraba con esos boleros cantineros que hablan de los hijos que se van al cielo, envenenándose el hígado, el alma. ¿Te das cuenta? Mira tú; les importó más tu muerte que mi crimen, Julito. Valía más Abel con los sesos esparcidos que Caín con la piedra en manos. ¿Me entiendes? Importaba más el mártir que el condenado, el resguardado que el maldito, el que ganó el cielo que el qué tendrá la eterna tortura. Pero… de eso hace ya mucho tiempo, hace años, ufff, muchísimos. Ahora sólo hablan de ti como quien recuerda una vieja película, como quien mira una foto. A veces mi mamita Fátima dice el Julito era bien cariñoso, ¿no? Y yo respondo sí, bien cariñoso era, y la abrazo y le prometo que me portaré bien, que comeré toditita mi comida, y que haré méritos para ganarme la ciudad y hacerle compañía dentro de poco, porque, como sabrás, mi papito Sebastián se cortó las venas y la ha dejado solita y triste. Abandonándola. A la espera de que mi resguardo se acabe, y toque la puerta de la casa para apretarla entre mis brazos, y llene ese vacío del cual fui negado en mi infancia.