Criaturas de la noche por Nigth Stranger

Ilustración: Camila Parker Contreras

 

Imagina una casa en la que no tienes cómo entrar, en la que te olvidaste de las llaves. Cualquier persona, para resolver el problema, piensa en una ventana, una forma de resolver el apuro. Dicen que para los problemas es igual, siempre tienen solución, pero algunos no tienen escapatoria. Sin importar cuánto uno lo intente, algunas veces simplemente no se está preparado para lo que viene, mucho menos para la solución.

Continué mirando por la ventana. La luna llena resplandecía con todo su brillo, dándome a conocer las criaturas de la noche. Los monstruos con sed de sangre. Aquellas que, cuando menos los esperas, están en tu propia casa: mirándote, acechándote y, sin previo aviso, te atacan; tomándote completamente por sorpresa porque, generalmente, estas abominaciones son aquellas personas en las que más confías.

Me aferré, con mayor fuerza de lo normal, a mis huesudos brazos que, en ese momento, se encontraban tan temblorosas como todo mi cuerpo. Sentía que en cualquier instante me daría un ataque de pánico.

No respires pensé, podría oírte. No llores, escuchará las gotas cayendo sobre la almohada. No muevas ni un músculo, el rechinar de la cama lo llevará hacia a ti. Las criaturas de la noche jamás desaparecen, porque una vez que eligen su presa, jamás la dejan ir. Esa es su promesa y ellos nunca las rompen.

Dejé que un jadeo saliera de mis salados y temblorosos labios. Estaba por cometer una locura, pero era una barbaridad que podría salvarme la vida. Al menos hasta que amanezca o que un milagro apareciera de la nada.

Comencé a correr, escuchando sus garras romper las paredes, intimidándome, dándole así más sabor a mi carne. Su risa macabra retumbo en los muros, los que ahora se me hacían interminables, estos angostos pasillos, que ahora no servían de nada. Gotas de sudor agolpaban mis sonrojadas mejillas, las que cada vez parecían más pálidas con las lágrimas secas, tiñendo mi cara de blanco, del tono níveo de un cadáver. Las garras de la bestia hacían chirridos en el piso de madera, diciéndome que se acercaba, que yo era su cena. Y a mí, no me apetecía ser la comida.

De repente caí de bruces al suelo, mientras que un grito ahogado salía desde el fondo de mi garganta. Escuché el traspaso de mi carne, y el siseo de su lengua hizo darme cuenta como lo estaba disfrutando. Disfrutaba ese dolor paralizante en todo mi cuerpo, era deleitante, se regocijaba con mis aullidos. Mientras más gritaba más fuerte escuchaba su distorsionada risa.

Giré ligeramente mi cabeza, para ver cómo esa placa de mármol reflejaba sus ojos negros, tan oscuros como la mismísima noche, cómo esa deformada cara que antes era hermosa, cambiaba bestialmente por el efecto de un satélite natural denominado luna.

Cuando veía mi fin acercarse lentamente, sin prisa para la bestia, que paulatinamente se aproximaba a mi oído, dejándome degustar su fétido aliento que se encontraba tan cerca de mi rostro, pensando que me mataría. En ese momento me susurró: despierta.

Escuché el ensordecedor sonido de la alarma. Me senté en la cama completamente desorientada, miré hacia todos lados, buscando un indicio de la criatura. Había sido más que un sueño. Sentí que mi corazón volvía a su sitio, haciendo que estuviera aliviada. Escuché el golpeteo de las zapatillas de mi madre, subiendo las escaleras para llegar hacia mi cuarto. Seguramente me preguntaría el porqué de mi aspecto, pero en estos momentos sólo quería desahogarme por la pesadilla recién tenida.

Y en el momento en el que mi madre abrió la puerta percibí esos ojos negros que se abalanzaban sobre mí. Inmovilizándome por completo, sin ningún cuidado. Traté de gritar pero la descomunal mano me lo impedía, para cuando pude abrir mi boca, sus garras se posicionaron en mi cuello y solo pude susurrar: ¡¿Por qué tú?!

Porque las criaturas de la noche siempre son las que menos esperas. En el momento en el que te dicen que no confíes en la luna, hazles caso. La sed de sangre es mayor que cualquier lazo que puedas crear, incluso el de madre o una hija.