Cuerpo de pez por Carolina Yancovic Bustos

Ilustración: Bárbara Valdés Concha

 

Para M.H

Tengo la convicción de que no existes

Y sin embargo te oigo cada noche.

Mario Benedetti

Miró mientras limpiaba el vidrio empañado de la ventana. Afuera llovía torrencialmente. Hoy no habrá buena pesca - pensó angustiado. Al salir, observó por última vez el rostro de Milena mientras que el vapor de la tetera, que flotaba por la habitación, daba a Martín la impresión que era una musa nadando en la espuma del mar.

Cabizbajo, ya en camino a su embarcación, pedía a la mar que lo bendijera con un poco de alimento. Los pescadores llevaban días sin poder encontrar nada, los peces habían desaparecido por completo. Las largas escaleras de madera mojada hacían difícil a Martín caminar con las botas de goma negra que utilizaba para trabajar. Se detuvo en varias ocasiones pensando que era una locura salir a pescar con un clima como ese, pero no había mucho que comer en la aldea y las familias pasaban hambre. Los cielos siempre grises no hacían más que entristecer a los pobladores que vivían siempre mirando hacia los canales, como esperando ayuda divina.

Una vez en la caleta, se encaminó hacia su embarcación mientras los demás pescadores lo observaban desesperanzados desde la casucha que habían construido especialmente para esperar que mejore el clima. Nadie se había animado a salir en días, pero sin oír lo que los demás hombres le gritaban, Martín subió a su barco y se preparó para zarpar.

Más tarde, cuando ya navegaba hacia la mar, observaba el pequeño caserío desapareciendo lentamente entre los grandes cerros que rodeaban la aldea. Las pequeñas casitas pintadas de diferentes colores parecían a lo lejos un cuadro impresionista, donde los árboles bordados a los cerros respondían a la planificación divina.

Dejó la popa y volvió a revisar los controles, tendría que navegar un par de horas en los canales para salir a mar abierto. Desde la pequeña ventanita miraba con tranquilidad los grandes árboles que crecían abundantemente y sus ramas sobresalientes se internaban en las aguas como brazos pidiendo ayuda. Si tuviéramos peces como árboles nadie en el pueblo pasaría hambre – pensaba desilusionado mientras giraba el timón. Llovía un poco menos, por lo que Martín esperaba que la neblina desapareciera con rapidez. Mientras la nave mantenía el mismo curso, él organizaba la red que utilizaría para pescar. Deben ser cerca de las 6 de la mañana- pensó.

Ya en mar abierto, sus esperanzas terminaron de esfumarse. Había un silencio ensordecedor. Una neblina espesa cubría la costa haciéndole imposible trabajar. Sintió angustia y sus ojos se llenaron de lágrimas al darse cuenta que tendría que volver a casa con desesperanza en sus redes. Se sentó en la cubierta con la cabeza entre sus manos y lloró en silencio.

Ya habían pasado un par de horas cuando escuchó como alguien se acercaba nadando a la embarcación. Secó sus lágrimas y se acercó a babor para ver qué sucedía. Escuchaba una risa joven que aparecía en diferentes direcciones de la nave. Debe ser una niña - pensó mientras se inclinaba sobre la baranda. La voz reía de estribor a babor y de proa a popa mientras Martín la imaginaba y buscaba incansablemente. Trató de tranquilizarse para reconocer el lugar del que provenían las risas cada vez más mágicas pero no pudo determinar el lugar exacto. Un temor comenzaba a crecer en su corazón al pensar en la posibilidad de que la niña estuviera ahogándose, pero si la pequeña estuviera en peligro no escucharía risas – pensó.

De pronto, una gran cola de pez apareció sumergiéndose rápidamente en el agua. Deben ser delfines, siempre aparecen por estos lugares – pensó tratando de explicar lo que sucedía. Ya resuelto a regresar a casa, comenzó a recoger sus redes cuando un canto suave inundó el silencio marino. Deben ser ángeles – imaginó. La voz melodiosa y suave era tan maravillosa que Martín dejó caer las redes para escuchar con más atención. De pronto, una cabecita de cabellos castaños y un rostro casi infantil emergió del oleaje suave. La muchacha iluminaba las aguas con una amplia sonrisa. Martín sorprendido, trató rápidamente de recoger las redes para huir de aquella criatura con cuerpo de pez. Pensó que había enloquecido y que aquellas criaturas eran invenciones de cuentos infantiles, pero el canto lo seducía sin dejarlo huir. Nunca había escuchado una voz tan dulce y tan mágica. Al cabo de algunos minutos, embelesado dejó de luchar contra el deseo de seguir escuchándola y se apoyó en el borde para verla saltar libremente.

Ya habían pasado muchas horas desde que Martín había dejado la aldea así que los demás pescadores decidieron buscarlo. Se agruparon en varias embarcaciones y salieron con rumbo al lugar donde estaría esa mañana. Unas horas más tarde, lo encontraron aun sentado a babor, ensimismado, con una amplia y bella sonrisa. De regreso en el pueblo nadie pudo explicar lo sucedido, ni siquiera Martín aun sumergido en el más dulce estupor marino.

 

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