Desaparición por Carolina Yancovic Bustos

Ilustración: Nicole Acuña Salinas

 

Como cada mañana, abrió los ojos y apagó el despertador. Se levantó y fue al baño donde observó su pijama a rayas azules de franela. Sintió que ese sería un día especial así que contento se lavó la cara y fue a preparar el desayuno. Más tarde, mientras se duchaba, repasó cada una de las cosas que haría esa jornada. Otra mañana en la oficina y por la tarde visitaría algunos clientes.

Betsy, su mujer, estaba de visita en casa de su madre por lo que él debía preocuparse de la cena. Ya en el auto, manejó a la oficina mientras escuchaba In a sentimental mood de Coltrane. El ritmo suave de la música le hacía recordar a Betsy y los ricos pies de manzana que le preparaba los domingos por la tarde. Luego de comer, salían a dar un paseo por el vecindario. Particularmente disfrutaba mucho esas largas tardes junto a Betsy, mientras caminaban por las anchas aceras y los parques donde veían jugar a los niños.

En general, era un hombre feliz. Su vida, como la de muchos hombres jóvenes casados, no tenía grandes sobresaltos. Hace poco habían comprado una casa nueva, así que Betsy se hacía cargo de la decoración. Él, como era esperado, se preocupaba de proporcionarle lo que ella necesitaba.

Aceleró el Chevrolet master. Una vez en la oficina, se percató que su jefe aún no llegaba así que tuvo tiempo de ir por un café. Le gustaba bien fuerte y con poca azúcar. El aroma lo relajaba, y para disfrutarlo se recostaba sobre el respaldo del sillón. Una vez en su cubículo, repasó los documentos que tendría que rellenar y revisar. Había un cliente muy importante que visitar en la tarde así que almorzaría en algún restaurante del centro.

Durante la tarde, organizó los documentos y la visita a su cliente. El día estaba soleado y las sombras de las plantas decoraban las alfombras de la oficina como si fueran parte de un patrón romántico. Se detuvo frente al ascensor y esperó que este subiera al piso en que él se encontraba. De pronto, se percató que su sombra no se dibujaba completamente en el suelo así que miró con más atención. A su sombra le faltaba un brazo. Al escuchar la campana del ascensor, se dio vuelta y entró intrigado ya que nunca le había ocurrido algo así. Ya en el primer piso, acomodó su chaqueta y salió del ascensor para subirse al auto.

Una vez en casa, mientras preparaba la cena, recordó lo ocurrido con su sombra y al mirarla con detenimiento, se dio cuenta que ésta no tenía cabeza y que le faltaba la mitad del tronco. Asustado, se tocó el cuerpo temiendo no encontrarlo, pero para su sorpresa aún estaba allí. Prendió todas las luces de la cocina y miró su sombra con atención. Ésta parecía desaparecer lentamente. Pensó que quizás tendría algún problema de visión y decidió ir al médico a la mañana siguiente. Le aterraba pensar que su sombra estuviera desapareciendo o peor aún, perdiera su vista paulatinamente. Comió un sándwich de pavo parado junto a una lámpara mientras observaba cómo su sombra continuaba esfumándose. _ ¿Y si desaparece por completo mi sombra? _ se preguntaba _ ¿Cómo me presentaré al trabajo mañana? Pensó en llamar a Betsy para contarle pero luego imaginó que ella no le creería, así que desechó la idea. Se puso su pijama de franela y se fue a descansar. Esa noche trató de dormir pero no pudo, estaba profundamente perturbado por lo que estaba sucediendo; pasó la noche dando vueltas en la cama.

A la mañana siguiente, despertó con la alarma del reloj. Eran las seis treinta de la mañana. Agotado, se dirigió al baño para lavarse los dientes.  Luego, recordó lo sucedido pero no le dio mayor importancia ya que creyó que era una pesadilla. Se duchó y repasó en su mente los quehaceres de la oficina. Betsy llegaría al día siguiente así que pensó en preparar algo especial para ella.

Ya de camino al trabajo, mientras conducía por la ruta 85, reflexionó sobre lo acontecido el día anterior. Por un momento pensó en la posibilidad de que fuera cierto. No creía posible que algo así le sucediera e incluso en algún momento pensó que se estaba volviendo loco. Sin embargo, su temor era que en algún momento su sombra desapareciera y su jefe o sus compañeros de trabajo se dieran cuenta. ¿Qué le diría a Betsy? ¿Cómo reaccionaría ella? Sudaba, sus manos temblaban y sus pies perdían fuerza. Era difícil para él conducir en ese estado así que decidió volver a casa. Ese día se reportaría enfermo. No podía ir a trabajar en ese estado, se dijo. Durante el regreso pensó en su situación y cómo ésta era tan delicada, no podía decirle a nadie, así que resolvió quedarse en casa hasta encontrar una solución.

Al llegar, cerró todas las cortinas excepto las de la cocina. Suponía que sólo con un poco de luz solar podría observar y tal vez remediar el problema. Resolvió ponerse el pijama. Ya de regreso en la cocina, se sentó en una silla para pensar en cómo salir de ese lío en que estaba metido. Pensó que quizás con algo de luz artificial podría entender qué estaba ocurriendo así que encendió algunas lámparas. Luego pensó que algo de ejercicio lo ayudaría, cambió los muebles de lugar y corrió de un extremo a otro. Luego probó con abdominales y flexiones de brazos pero no tuvo resultado. Saltó por toda la cocina hasta que le dolieron las piernas. No hubo resultado, su sombra seguía desapareciendo. Desesperado, cubrió sus ojos y permaneció así un momento. Le dolía la cabeza. Sentía como si alguien lo hubiera golpeado con un mazo. No podía creer lo que le estaba pasando, se sentía como una víctima de esos programas de bromas donde unos desconocidos crean un universo paralelo y donde las víctimas son el hazmerreír eterno, pero en el fondo sabía que nadie podría jugarle una broma de ese tipo. Luego miró a su alrededor, la pieza le daba vueltas, sentía que moría.

Despertó unas horas más tarde con el sonido del teléfono. Se incorporó a contestar. Era su secretaria.

_Hola_ respondió nervioso.

_Señor, le llamo para consultarle si vendrá a la oficina hoy._ dijo ella con un tono de oficinista.

_Buenos días Jenny, hoy no iré, creo que estoy enfermo así que trabajaré desde casa_ Mintió.

_Muy bien señor, espero se recupere pronto_ dijo la secretaria despidiéndose atentamente.

Colgó el teléfono aliviado pero aún nervioso así que se sentó en una silla para calmarse. De pronto, se dio cuenta que su pie había desaparecido. Con terror, subió su pijama. Toda su pierna había desaparecido, pero era extraño ya que aún podía sentir y tocar cada uno de los dedos de su pie. Al revisar su otra pierna, vio que ésta desaparecía con rapidez. Se paró y caminó por la habitación. Prendió y apagó las luces para asegurarse que no fuera un problema de luz. Su segunda pierna había desaparecido ya casi hasta la rodilla. Desesperado, subió ambas piernas de su pijama y vio como desaparecían lentamente. Inmediatamente pensó que estaba perdiendo la razón. Todos los acontecimientos pasados lo habían llevado a ese desenlace. Como aún podía caminar, fue al comedor. Había comprendido que no tendría solución así que decidió escribirle una carta a su mujer.

Escribió como pudo una carta telegráfica y fría. En ella le explicaba a Betsy que su matrimonio debía llegar a su fin, que él no era un buen esposo y que debía dejarla lo antes posible. Al terminar, se dio cuenta que eso no tenía sentido así que arrojó la hoja contra el espejo que había frente a la mesa de roble. Volvió a comenzar otra carta pero no encontró ninguna excusa que pudiera explicar su inminente desaparición así que arrojó las hojas lejos. Mientras observaba el papel esparcido por el comedor pensaba en que su relación con su mujer era incomparable y ambos eran muy felices. No sabía qué hacer para no ocasionarle dolor. Se acurrucó en el suelo y lloró.

Unas horas más tarde, cuando ya casi había anochecido, decidió que se emborracharía, así que buscó el whisky que tenía celosamente guardado bajo llave en uno de los gabinetes de su oficina, y los habanos que fumaba con su suegro cuando éste lo visitaba. Sacó también un disco de Miles Davis y lo puso en el fonógrafo, las suaves notas ayudaban a tranquilizarlo. Davis era uno de sus músicos favoritos. Siempre lo escuchaba en compañía de su mujer los viernes por la tarde después de cenar. Mientras tomaba de la botella, observó como parte de su cintura había desaparecido. Angustiado, tomó otro gran sorbo. Luego prendió el habano con el encendedor alemán que había heredado de su padre. El aroma a tabaco lo relajaba. Fumó largamente sin prisa y sintió cómo el humo recorría cada milímetro de su cuerpo. Se preguntaba cómo nunca antes se había permitido un placer tan humano. Recordó a Betsy la primera vez que la vio en la feria con su vestido floreado y cómo su cabello rojo brillaba con una intensidad divina bajo la luz del sol. La recordaba con su cabello suelto, sus ojos azules y un pequeño sombrero. Luego cerró los ojos y recordó la primera vez que la besó. Sus labios eran suaves y sus besos cándidos como los de una adolescente. Respiró hondo y disfruto de los aromas del whisky y el habano y cerró sus ojos. 

Betsy quería regresar antes a casa, le preocupaba dejar mucho tiempo solo a su marido, así que decidió volver en el tren de las siete de la mañana. Ya en la entrada, dejó su maleta en la acera para buscar las llaves. _El auto aún está en casa, Jack no ha ido al trabajo hoy_ pensó. Le pareció extraño que las cortinas de la casa estuvieran cerradas, así que se apresuró en abrir la puerta. Al entrar sintió un fuerte olor a alcohol y cigarro. La casa estaba en completo desorden. Llamó pero no obtuvo respuesta. Dejó su maleta en la puerta. Estaba molesta al ver aquel desastre pero también extrañada porque su marido nunca sería capaz de hacer algo así. Se dirigió a la cocina y vio las lámparas encendidas. Extrañada las apagó y volvió al comedor. Luego subió al segundo piso y lo buscó en el baño, pero Jack tampoco se encontraba allí. Luego en su habitación, vio la cama desecha. Como no lo encontró bajó al primer piso y se dirigió al living. No entendía qué había sucedido con su marido, ni menos por qué su pijama a rayas se encontraba en medio de la sala extendido, como si alguien lo hubiera dejado así a propósito. Pensó en llamar a la policía para reportar su desaparición pero luego resolvió esperar. Sin poder entender lo que sucedía, se sentó en el sillón a contemplar la habitación cuando de pronto se percató que había algo extraño con su sombra.

El brazo derecho había desaparecido.

 

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