Domingo Franulic por Carolina Yancovic Bustos

Ilustración: Martín Vega

 

Mientras arreglaba su uniforme de primera comunión, recordaba las indicaciones que su hermano le había dado para la ceremonia. Sentados uno al lado del otro, habían ensayado innumerables veces la técnica para sacarse los guantes, de las manos dentro del bolsillo, sin que nadie se percatara. Aunque era un movimiento estratégico muy difícil, la mayoría de sus ensayos habían sido exitosos hasta ese instante. La ceremonia sería a las diez de la mañana como cada domingo. Entrarían a la iglesia vistiendo pantalones cortos, calcetines hasta las rodillas y una camisa blanca. Una pequeña biblia y un rosario les colgarían de la mano izquierda.

Sentado al borde de la cama miraba su cabello rubio, perfectamente engominado, en el reflejo de sus zapatos negros. Unos suspensores rompían la armonía de su vestir, haciéndolo ver un poco más delgado. Estaba nervioso. Daslav, su hermano mayor, le había prometido que todo saldría como habían acordado. No tendría que pasar por ese incomodo momento. En innumerables ocasiones había imaginado como sería la sensación de tener el cuerpo de Cristo en la boca. Unos golpecitos en la puerta le avisaron que ya todo estaba listo y que era momento de salir. Entonces, Boris tomó su chaqueta y fue al encuentro de su hermano.

Su hermana María lo esperaba con una vela blanca y unos guantes recién planchados. - Boris, no los vayas a perder ni ensuciar - sentenció. Y él asintió obediente. - Tampoco te los pongas hasta que lleguemos a la iglesia, ni juegues con el perro, que te va a ensuciar el traje - ordenó energéticamente. María era la hermana mayor y por consecuencia debía ayudar a su madre con la crianza de los niños. No hacía mucho tiempo que había cumplido los dieciséis años. Era  alta y delgada. Su cabello rubio caía abundantemente sobre sus hombros y su rostro se asemejaba sorprendentemente al de su padre. Tenía ojos azules y la nariz muy delgada y larga. Dueña de la misma severidad de su progenitor, no dudaba en poner las cosas en orden entre los niños, especialmente cuando su madre no estaba cerca.

- ¿Están todos listos, María?- dijo una voz dulce desde la habitación.

- Sí madre. Los  niños ya están vestidos para la ceremonia.

- Bien, entonces debemos irnos, no quiero que tu padre se enfurezca porque no estamos listos.

Una vez en la iglesia, Boris y Daslav esperaban pacientemente en la larga fila de niños que celebrarían su primera comunión. Una suave brisa movía los velos blancos de las niñas y revolvía sus cabellos. Los padres y familiares esperaban sentados en largas bancas de madera. La iglesia estaba decorada con sencillez. Lazos y flores blancas, cuyo perfume inundaba todo el templo, colgaban despreocupadas de las bancas y adornaban los pies de la imagen de la Virgen y el niño Jesús. En el centro del altar, un sacerdote se disponía a comenzar con la ceremonia.

Boris, quien por ser un poco más pequeño que su hermano, estaba unos puestos más delante, seguía nervioso y no sabía con seguridad si sería capaz de realizar semejante osadía. Dicen que si no la comes te quemarás en el infierno - recodaba Boris. Incapaz de mantenerse quieto, había logrado que lo demás niños se pusieran nerviosos. Los muchachitos impacientes jugaban con los rosarios y las biblias diminutas que debían llevar como muestra de su fe. Al ritmo del canto de los feligreses, ingresaron los niños y niñas que harían su Primera Comunión ese domingo. Una vez frente al sacerdote, se ordenaron y sentaron en las primeras bancas de la iglesia.

- Quédate tranquilo - escuchó Boris. – No vayas a echarlo todo a perder. Era su hermano que más grande y valeroso, sonreía pícaramente desde su asiento.

Boris pasó gran parte de la ceremonia moviendo los pies sin cesar. La muchacha sentada a su lado parecía tan inquieta como él.

- Pasen adelante los niños que han venido a hacer su primera comunión - escuchó de improviso. Al compás de la voz senil del sacerdote, los niños caminaron obedientemente hacia el altar. El sacerdote vestido impecablemente de blanco limpiaba la copa en la que había bebido el vino y se preparaba para entregarle la hostia a cada uno de los fieles.

- No olvides lo que hemos practicado todos estos días- escuchó. Era la voz de su hermano.

- No - respondió tímidamente. - No lo haré.

El cuerpo de Cristo - escuchaba una y otra vez mientras se dirigía hacia el altar. Amén- respondían los demás en un coro que inundaba la totalidad de la iglesia. Sus manos estaban sudadas y su corazón dudaba de su habilidad para llevar a cabo tan importante misión. El perfume de las flores ya había empezado a marearlo. Le faltaba el aire.

Finalmente cuando estuvo frente al sacerdote, abrió su boca recibiendo el cuerpo de Cristo. Amén Padre - respondió Boris. La hostia increíblemente frágil y diminuta ya se había adherido a su paladar, como si esta supiera cual iba a ser su destino. Tenía un fuerte sabor a harina y agua, y una textura áspera. Trató con su lengua de despegar el borde que se había acomodado en su boca. Ya de regreso a su asiento, trató de esconderse detrás de una de las columnas de la iglesia. El flujo de niños era constante y él no podía sacar la hostia de su boca. Franulic - escuchó repentinamente - camine directo a su puesto. Era el padre Kukac. – siga avanzando que no queremos que nos produzca un taco. Lento como siempre - continuó hablando el sacerdote. Boris obedeció de mala gana. Lejos del pilar ya no tendría la protección que necesitaba. Sentado en su lugar, empujó rápidamente la hostia con su lengua y la tomó con los dedos. Casi de inmediato se dio cuenta de que con el apuro y el nerviosismo no se había sacado el guante. Ya era tarde, la masa viscosa ya se había pegado al guante como anteriormente se había querido adosar a su paladar.

Una vez terminada la ceremonia, Boris y Daslav se reunieron con su familia. Una atmosfera solemne invadía el lugar. Por orden explicita de su padre, deberían ir al estudio de fotografía a inmortalizar el momento. Boris, que rápidamente se había sacado los guantes después de la ceremonia, entró en pánico cuando su madre le comunicó que irían a fotografiarse puesto que la hostia seguía porfiadamente pegada a los dedos como si hubiera recibido algún mandato divino que no la dejaba desprenderse de aquel algodón ingrato.

- Este será un momento que recordarán el resto de sus días - les decía el fotógrafo sonriendo.  No todos los días se celebra la primera comunión.

Boris, que ya casi no podía mantenerse en esa posición, se preguntaba si no le dolían las mejillas al fotógrafo que llevaba, según sus cálculos, unos cuarenta minutos sonriéndole a su padre, quien observaba atentamente como el artista inmortalizaba el momento. Era curioso para el niño cómo la mayoría de las personas en presencia del patriarca actuaban siempre buscando su aprobación. Era cierto que Domingo Franulic era un hombre respetado. De mediana fortuna, había logrado penetrar en los más exigentes círculos sociales gracias a una pequeña lechería que abastecía a casi media ciudad.

Una vez terminada la sesión fotográfica, la familia volvió a casa donde las sirvientas los esperaban ya con el almuerzo servido. Rápidamente, Boris y sus hermanos se lavaron las manos y ocuparon sus sitios alrededor de la mesa. En ese momento, un silencio casi sobrenatural invadía la habitación donde sólo se escuchaba el tic tac del gran reloj de caoba. Normalmente, los niños comían en la mesa de la cocina junto a las sirvientas. Sólo acompañaban al patriarca la madre y las dos hermanas mayores, María y Jovanka. Pero en esta ocasión, toda la familia acompañaría al padre durante la comida. La atmosfera era tensa, ambas hermanas habían pasado más de una tarde instruyendo a los niños sobre cómo deberían comportarse en la mesa cuando comieran con su padre. Habitualmente, los niños reían y bromeaban mucho pero ahora todos deberían tomar su sopa sin hacer el menor ruido. Boris y Daslav atemorizados ni siquiera levantaban la mirada del plato. Domingo, sentado en la cabecera de la mesa, comía sin mirar a los niños. Petronila, la madre, se esforzaba por comenzar alguna conversación que hiciera la comida más agradable.

 – Domingo, ¿No crees que tus hijos lo hicieron muy bien hoy?- dijo temblorosa, pero no hubo respuesta.

Sin embargo, Petronila, que sabía que al patriarca no le agradaba hablar durante la comida, volvió a insistir.

- Esposo.

- Calla mujer. Tráeme vino tinto.

Ella obedeció inmediatamente sin decir más. 

- Boris - comenzó el padre- El corazón de los presentes se aceleró en un ritmo sincronizado. Todos intuían lo que iba a suceder.- Cuando termines de comer quiero que te cambies de ropa y termines el trabajo que ha quedado pendiente desde ayer. Hay aún unos veinte litros de leche que hay que repartir. Luego, cuando hayas terminado, quiero que laves tus guantes de primera comunión.

- Sí, padre.

- Silencio – gritó golpeando la mesa – Aún no he terminado. ¿Crees que no me di cuenta de que no usabas uno de tus guantes?

El niño bajó la cabeza. Los cubiertos y copas en la mesa aun tintineaban. Todos hacían su mayor esfuerzo para no hacer ruido, sentían las palmas de sus manos mojadas y la sopa parecía interminable. Daslav imaginaba que su plato no se terminaría jamás y sus hermanas, una frente a la otra se culpaban por no haber puesto mayor atención a los niños, mientras que el monótono tic tac del reloj continuaba interrumpiendo sus pensamientos. – Esta semana, continuó el padre, harás el trabajo que le corresponde a tus hermanos.

El silencio regresó a la mesa junto a la madre y la comida continuó con la sonora monotonía del reloj.

Momentos más tarde, una de las sirvientas golpeaba tímidamente la puerta.

- Adelante- ordenó el padre.

- -Disculpe señor- dijo ella.

- ¿Qué pasa ahora?

- Tiene una visita. El señor Gustavo Fuentes ha venido a saludarlo.

- Hazlo pasar al estudio, voy inmediatamente.

- Sí señor.

- Petronila- dijo amenazante.

- Sí esposo, estaré allí enseguida.

El hombre salió de la habitación criticando a la empleada la calidad de la sopa a lo que la pobre mujer sólo atinó a asentir nerviosamente. Al llegar al estudio, saludó al señor Fuentes con la sonrisa más cálida y amable que podía esbozar.

- Mi querido amigo, ¿cuánto tiempo? Bienvenido a la casa Franulic - dijo cerrando la puerta.