El ascenso por Pablo Cifuentes Vladilo

Ilustración: Victoria Leal Gómez

 

Acababa de discutir con su pareja. No era capaz de recordar cómo comenzó todo. De seguro algo relacionado con el auto, había que pagar la casa, si queremos tener niños, tienes que ordenarte, hasta cuándo sigues con eso, ya eres un hombre, compórtate como tal, la tapa del baño, aféitate bien, nunca me escuchas, pareciera que no me conoces, hace tiempo que ya no sé quién eres, sólo soy yo, mírame bien, siempre he sido el mismo triste idiota. Y la maldita corbata. Cómo detestaba esa corbata. Dio un portazo al salir. De seguro no fue de rabia, fue un descuido, siempre das portazos cuando te enojas, estás cada día más violento, juro que fue sólo un descuido, se me fue de golpe, lo haces para llamar la atención, todos están mirando ahora. Haces un escándalo de todo. Cómo detestaba esa corbata y todo el atuendo que sujetaba. Los primeros pasos que dio fueron imprecisos, atolondrados, sin saber si irse andando o más bien subirse al repollo que tenía por auto. A ella le encanta el verde. Odiaba el verde, no lo soportaba, le daba náuseas. Otras veces al salir sobrepasado por el aire asfixiante de su hogar había sentido vergüenza de ir programando su propia revolución sentado en el asiento suave de ese repollo elegante, vestido con su corbata, se veía tan exitoso, nadie podría haberle dicho nada, era todo un hombre. Le daba vergüenza. No. Esta vez no se quería subir a esa maquinucha. Titubeó un par de veces, se veía más idiota que en otras ocasiones al retraer sus propios pasos inconclusos sin una dirección determinada. Nunca has sido un hombre de decisión. Te faltan huevos. Ya deberías hacerte hombre. Claro, que decida, debería decidir las cosas que ya han decidido que decida. Qué carajo, que no soy hombre. Soltó un gruñido con intención de significar algo. No lo logró. Se puso a andar, en el sentido opuesto a la dirección que señalaban las sombras. El sol hacía algún rato que anunciaba lanzarse en picada sobre la línea de los cerros y le hacía guiños inequívocos. Ven por mí. Voy por ti, cabronazo. Se puso a andar y le dolieron las rodillas. Hace tiempo no usaba las piernas más que para golpetear el suelo durante las reuniones tediosas en el trabajo. Siempre se le venía esa misma caricatura de canción. Golpeteaba, I believe in a thing called love, el pie como loco y las manos golpeteando suaves sobre los muslos, luego cruzar las piernas, cambiarlas cuando se dormían, we’ll be rocking till the sun goes down, seguir moviendo, un pie, la pierna entera, hasta que el sol se oculte, sí, claro. Ven por mí decía el otro. Que voy por ti cabronazo. Las piernas se iban cansando, pero al rato se acostumbraban. Caminar ahora no era ejercicio, era un asunto de supervivencia. Pasaron a su lado las personas, las no personas, los colectivos llenos de gente, de historias, de ojos aburridos tras las ventanas, de audífonos que convertían el monótono camino a casa en una epopeya heavy metal. Pasaban las micros con los vidrios empañados de vaho, de frío, de tufo de las ocho de la noche, del cigarro de después del trabajo. Pasaba la calle bajo sus pies, venían los árboles alargando las sombras y caminó aprisa. No por llegar, sino para irse. No importaba adónde, sino de dónde.

Pausa.

Tuvo que detenerse al cruzar la avenida. La luz estaba en rojo. No venía nadie. La luz estaba en rojo. El pie impaciente golpeando la acera, las manos amuñando el interior de los bolsillos. La luz en rojo. Qué diablos, voy a cruzar. Ahora vienen todos los autos, como siempre. Desde cuándo es tan larga la luz roja, no dejan de pasar los autos, a toda velocidad, imperceptibles, de todos colores, haciéndole volar la corbata. Bueno y qué. Se puso a caminar, un poco esperando que lo atropellaran, un poco con las manos sudadas en los bolsillos amuñados por dentro. Se oyeron las bocinas, frenazos, chirridos, aweona’os y conchetumares volando por los aires, un par de ellos casi le vuelan la cabeza al pasar muy cerca. Logró hacerles el quite sin detenerse. Caminó. Al poner el primer pie sobre la vereda contraria la luz pasó a verde. Dejaron de putearlo, ahora ellos tenían rojo y estaba bien esperar, aunque no venía nadie. Era más lógico detenerse porque el semáforo estaba en rojo que porque cruzaba alguien. Del otro lado de la vereda se sintió seguro y un poco desilusionado de no haber terminado debajo de ningún auto. Hubiese sido una muerte heroica, casi poética. Había cruzado la avenida, sólo debía sortear un par de obstáculos más. El supermercado, los malabaristas de la esquina, los imbéciles que reparten volantes por cualquier causa perdida. Qué ganan. El suelo está regado de papeletas con la consigna “cuidemos el medio ambiente”, y la consigna “basta de las viejas promesas, hagamos el cambio”. La misma vieja promesa de no hacer viejas promesas. Y suma y sigue. Escupiría al suelo si no me diera asco mi propia saliva. Siguió caminando, el asunto era ese. Apartarse. Al salir de todo, pronto se hubo encontrado en los márgenes de la ciudad. Salía de todo, sólo quedaba dentro de él mismo. Faltaba lo más importante. Abandonó la ciudad y al hacerlo los ojos se le llenaron de lágrimas (y el labio superior de mocos). Pudo ser el frío, pudo ser el sol o incluso el cansancio. Pudo ser cualquier cosa. Daba lo mismo. Se pensó como esos perros que tras una carrera en el frío tienen la gotera de mocos colgando de la nariz. Pudo ser algo así. Dejó la ciudad atrás y caminó por esas calles semi-rurales de la periferia. Aquí las micros llegan vacías. Qué pocos ojos se tientan a mirar sobre los márgenes. No ha llovido en semanas y esto sigue siendo un barreal. Será de tanto que lloran los pobres. El barro fangoso se fue pegando en sus zapatos de caballero. Zapatos de tecnología de punta, con aire, megaflex, cubierta interior antibacterial, suela antideslizante, taco sonoro. Cuánto patán trabajará para hacer un par de zapatos cagones. Cuánto pobre tipo le meterá mano en las fábricas y cuánto loquito de bata gastará sus días en diseños y tecnologías que sólo son evidentes a la hora de los comerciales. Tanta tecnología en esos zapatitos de caballero que ahora estaban llenos de mierda. Los zapatos estorban. Se quitó los zapatos y caminó por el fango y sus pantalones se fueron embarrando. Por qué la corbata sigue ahí. De un tirón la arrancó de su cuello. Absurdamente intentó doblarla con cierta prolijidad, como pensando en guardarla. No la necesito. La corbata se quedó mal enrollada entre el barro. Alguien al encontrarla se imaginará una historia, tendrá su propio cuento. Dejó el barro atrás. Entró en la pampa amarillenta cuesta arriba, los faldeos del cerro lo saludaban como una invitación y el pasto frío recibió a sus pies. Sus pobres plantas no estaban hechas para caminar descalzas por el pasto agudo. Se lastimaba el empeine, por lo que flectó levemente sus rodillas para apoyar su peso sobre las almohadillas de sus pies. El viento que bajaba corriendo por las laderas lo obligó a inclinar su cuerpo hacia adelante. Avanzó por el descampado cuesta arriba. Sus pantalones mojados y embarrados eran ahora una molestia. Se arrastraban tras sus talones, detenían sus pasos. Se los quitó. Las bandurrias se reían de sus piernas flacas y blancuchas. Pronto la carrera tras el sol lo llevó hasta el final de la pampa, llegaron nuevos árboles, los de verdad. No como esos de la ciudad, disfrazados de ciudad. Estos eran de verdad. Agrestes y rudos, bajo ellos una mezcla de tierra suelta y hojas caídas. Sus ramas tupidas y rasgadoras. Su ropa se enganchaba entre ellas y el camino era cada vez más empinado. Avanzó en ascenso. Entre las ramas se sentía como las semillas de un palo de agua. Así rebotaba de una a otra, y cada paso era una melodía, como agua. Su ropa se enganchaba por lo que acabó arrancándose la camisa. Sus pasos se apuraron, las ramas lo detenían pero el sol se iba. Voy por ti cabrón, no te me vas. Caminó con ganas entre las ramas salvajes y su camisa ya no se enganchaba. Su piel resistía el ardor de los rasmillones. Pronto se vio desnudo caminando en medio del bosque. La pendiente se hizo cada vez más pronunciada, debía ayudarse con sus manos para poder avanzar. Hace tantos años que sus manos no sentían la humedad de la tierra al atardecer. Fue como un golpe. Pudo respirar esa humedad térrea a través de sus manos. Podía sentir el pulso de la tierra vibrando bajo sus movimientos cuadrúpedos. El bosque se estrechó sobre él cuando el sol comenzaba a zambullirse en el horizonte. Juntó sus fuerzas y galopó enérgico pasando su cuerpo por entre el diminuto espacio que dejaban las ramas, para alcanzar la cima del monte. Al pasar sus brazos y sus hombros sintieron el roce abrasivo de la madera aguda. Pasó a toda velocidad sintiendo el dolor sobre sus carnes y dejó escapar un grito que llevaba años guardado en su vientre. Estaba en la cima. En el claro que coronaba la cima. En ese grito había dejado atrás el último obstáculo. Había salido de sí mismo, por fin. Acuclillado y jadeante se admiró en la cima del monte. Desde allí podía ver con claridad el escondrijo en que se guardaba el sol suspenso durante la noche. Ya no se iría a ningún lugar. Ya no necesitaba mirar hacia atrás.