El censista por Ignacio Rojas Maldonado

¿Les ha pasado que saben algo muy extraño pero no quieren decirlo por temor a que no les crean y los tomen por locos? Pues eso es lo que me pasó a mí hace dos semanas… y sinceramente desearía que no me hubiese sucedido.

Había preparado una junta en mi casa con mis compañeros de la universidad para celebrar otro año invicto de exámenes. La junta fue bastante piola, compramos unas cuantas chelas junto con mucha comida chatarra. Pero ese no es el caso, lo importante es lo que sucedió en el momento en que ya estábamos hartos de tanto comer y la cerveza ya formaba parte de nuestra sangre.

Decidimos contar historias al azar para reírnos un rato de nuestras desgracias y momentos bochornosos. Yo por mi parte, apenas podía moverme, pero logré prender mi cámara grabadora para poder grabar el momento en que empezáramos los relatos bochornosos, para así después disfrutarlos en el futuro. Dejé la cámara en un estante que lograba capturar toda la parte de los sillones del living (en donde estábamos sentados).

Le conté a los chicos acerca de una vez que intenté ligar con una chica en la disco y como estaba tan nervioso para hablar y la música del recinto era tan fuerte, la chica terminó espantándose de mi presencia al punto en que tuvo que llamar a sus amigas, las cuales me recibieron con patadas y chuchadas. Obviamente mis amigos estallaron de la risa ante mi patética y tragicómica anécdota. Lo peor fue que me resaltaron mi actitud pasiva y tartamudeos que hacían presencia cada vez que me acercaba a hablar con alguien que no conozco.

Tras esto, Anastasia, una amiga del liceo que se encontraba estudiando medicina, nos contó sobre un hombre que la siguió tras salir del cine con una amiga. Nos habló sobre cómo el tipo la observaba a una cuadra mientras, aparentemente, le tomaba fotos con el celular.

-¿Y qué hicieron finalmente con ese hueón? –le pregunté muy preocupado, aunque lo borracho me quitaba la seriedad.

-Agarramos el primer taxi que pasó y le contamos al chofer que por favor nos llevase a dos lucas hasta mi casa. El viejo súper buena onda aceptó sin titubear, incluso nos preguntó si le tomamos nosotras una foto al raro ese, pero le dijimos que no pudimos hacerlo ya que nuestros celulares tienen cámaras de mierda, como diez pixeles las fotos culiás.

En esto se echaron a reír otra vez mis amigos, pero yo por mi parte me sentí muy preocupado por su historia. Lo que pasa es que había recordado una vez en que, siendo un infante, mi madre y yo salimos de la presentación de bailes típicos de mi Liceo. En ello, mientras íbamos a casa caminando (ya que no teníamos auto ni dinero para el coleto) mi

madre notó que un hombre la venía siguiendo desde el momento en que salimos del Liceo. Yo no supe de este detalle hasta que crecí y debo decir que me perturba bastante.

Volviendo a las anécdotas, no me había dado cuenta sobre en qué momento empezamos a hablar sobre cosas paranormales y recuerdos traumáticos. Miguel, mi mejor amigo que estudia en otra universidad, habló sobre un edificio que quedaba al lado de su casa en el cual, cuando era niño, solía asomarse de una ventana del último piso una vieja que le gritaba que se alejara del jardín, que no se atreva a entrar, etc. Típica vieja amargada que nunca tuvo hijos o una familia que la amara.

Yo por mi cuenta, les conté sobre una época en que, cuando solía vivir en un departamento, tocaban siempre la puerta en la tarde o en la noche y cuando íbamos a abrir nunca había alguien. Lo más extraño era que, si bien pudo haber sido algún vecino que intentaba molestarnos, habían veces que apenas tocaban abríamos la puerta y aun así no había nadie, ni siquiera sonidos de alguna puerta cerrando o una persona huyendo.

Entre todo esto, creo que fui el único que notó el malévolo rostro de René, otro antiguo compañero del Liceo el cual ahora se encontraba estudiando ingeniería comercial. No podía quitar mis ojos de su cara, era como si estuviese esperando su momento para que le preguntáramos sobre alguna historia, o simplemente estaba como mazo. Finalmente le pregunté el por qué de su cara tan bizarra. En ello, se sacudió el abrigo que tenía lleno de frituras y tomó un sorbo de cerveza.

-¿Recuerdan que fui censista el año pasado? –dijo con mucha intriga mientras posicionaba sus manos debajo de su cabeza.

-No me digas que encontraste la casa de alguien extraño –dije.

-Así es.

-Déjame adivinar, era una vieja con puros platos con imágenes de gatitos.

Nos partimos de la risa por el comentario de Anastasia, no es que tenga algo en contra de las abuelitas que tengan sus platos de gatitos en sus casas y los exhiban como si se tratasen de trofeos, pero encuentro muy divertidos los estereotipos así.

-No, es algo mucho más raro…

-Pues cuenta la hueá de una vez po –Miguel ya estaba impaciente por la intriga que generaba René.

-Ya, verán, lo que pasa es que me asignaron el barrio sur de la ciudad, ya saben, donde está la costa y las casas, en su mayoría, son del año del peo. Aunque la gente era buena onda, había una casa de una señora que me ofreció once, me comí un pan con jamón y tomé un vaso de leche. En otra me ofrecieron unas galletas de avena que estaban súper azucaradas las hueás, igual estaban buenas eso sí. La gente de ese barrio era muy hospitalaria.

-Supongo que eso es lo raro, ¿no? –Anastasia se moría de la risa al preguntar estupideces para burlarse de René. Ella y yo nos reíamos porque la borrachera nos quitó toda nuestra seriedad.

-Bueno, ¿entonces qué diablos pasó como para decir que fue raro si el vecindario al que fuiste era de pura gente amable? –Miguel estaba bastante metido en el asunto, por lo que no se reía por los chistes de Anastasia, de hecho, se irritaba.

-Lo que pasa es que ya era tarde, tipo nueve de la noche, al terminar toda la zona decidí dar por cumplido mi deber y procedí a retirarme. Pasé por el camino que tomé al empezar, en donde había un parque para los cabros chicos y unas cuantas máquinas para hacer ejercicio, esas que la alcaldía dejó para formar ciudadanos más “sanos” pero todo sabemos que apenas la usan las personas. En fin, la cosa es que pasé por una calle estrecha que conectaba con la Avenida por donde pasaban la mayoría de coletos y taxis. Entonces, me aventuré por ahí mientras escuchaba música por mis audífonos, pero al mirar al lado derecho del pasaje noté que había una casa ahí.

-¿Cómo no te diste cuenta al llegar? –le pregunté.

-Lo que pasa es que no pude pasar por esa calle porque, como ya dije, era estrecha y en la mañana había un auto que impedía el acceso. Como sea, estaba pensándola en si debía ir a censar el lugar porque por lo que podía ver con la linterna del celular, era lo que denominaríamos como “casucha”, porque la casa era de un piso y un poco más larga que este living. Pero además, la cosa estaba toda descolorida, había moho en las paredes de afuera, incluso parecía que le habían robado las cercas porque solo estaban los fierros de soporte en el piso. Aun así quise asegurarme de que no hubiese nadie en el lugar, pensaba que después me iban a acusar de no haber censado la casa y que me acusarían de clasista o alguna cosa así. Me acerqué y golpeé la mohosa puerta que sonaba como si estuviese agrietada. Esperé unos segundos y tras no recibir respuesta decidí irme, pero cuando di un paso, atrás escuché que la puerta se abrió, me volteé y concha su madre hueón, ¡casi me cago del susto loco!

En ese momento René empezó a frotarse las manos y mover las piernas como si tuviese frío. Obviamente nosotros nos reímos por la exageración gestual que estaba haciendo, aunque Miguel estaba muy inquieto también, le exigió a René que prosiguiera con la anécdota.

-Bueno cuando me volteé, vi que en la puerta había un tipo con una túnica que cubría todo su cuerpo y llevaba puesta una máscara en donde estaban dibujados unos ojos y una boca ennegrecidos. Me quedé petrificado al verlo, lo peor es que se quedó ahí viéndome como esperando que yo dijera algo. Finalmente tras unos segundos, cedí y le dije “soy censista, venía a ver si alguien vivía en este recinto”. Entonces, por mala suerte, el tipo abrió más la puerta como invitándome, me pasé puros rollos como que me iba a matar o algo así, pero luego pensé que en una de esas era solo un tipo intentando asustarme. Como sea, tuve que entrar nomás, la casa estaba muy oscura y fría, el señor prendió una ampolleta que iluminaba muy bien la sala, la cual estaba compuesta de una cama hecha de, al parecer, puras sábanas, una mesita con dos sillas y una radio que al parecer no funcionaba, aunque estaba muy sucia la casa para ser sincero. Me ofreció asiento y una vez sentado saqué los formularios del censo para empezar a preguntarle, él se sentó al frente mío sin decir nada. Y allí empezó lo incómodo…

Le pregunté qué tipo de vivienda era ésta, pero solo miró alrededor del lugar como examinando en dónde se encontraba, se levantó y fue hacia su cama, de la cual sacó debajo de ella unos papeles en blanco y un lápiz. Allí él escribió “no sabría decirte”.

-¡JAJAJAJA pero cómo tan bizarra la hueá!

-Si me estaba asustando pero luego pensé que pudo haber tenido algún accidente que lo incapacitó de hablar y tal vez por eso tampoco mostraba su cara. Si cuando empezó a escribir noté que estaba usando guantes de látex. La verdad es que no podía ver nada de su cuerpo.

Pasé a la siguiente pregunta, “¿cuál es el material usado en esta vivienda?”, y el tipo escribió “de madera”. Y así estuvimos harto rato, yo dictando las preguntas y él escribiendo las respuestas. Tras varios minutos así, yo ya había asimilado la situación en que me encontraba. “¿Cuántas personas viven aquí?”, me quedó “mirando” por así decirlo y tras unos segundos levantó lentamente el dedo índice de su mano. “¿Se considera perteneciente a un pueblo indígena u originario?”, de nuevo me quedó viendo y asintió lentamente con la cabeza, le di el listado de tribus nativas que había en la hoja y él, tras leerlos, escribió “otros”.

Estaba a punto de hacer la última pregunta cuando, el tipo se levantó de la silla y me hizo una señal como que esperase, se fue a una habitación que se notaba que era el baño. Me levanté y quedé viendo un poco más a detalle la casucha. No había ninguna pintura, retrato, calendario, ni siquiera un reloj. Solo noté una cosa, un papel que parecía un grabado el cual estaba al frente de la cama del señor, había como el dibujo de lo que parecía ser un enorme continente, arriba de éste decía “Mu”.

-¿Mu?, ¿Qué es ese lugar? –pregunté.

-Váyase a saber. Me dirigí a sentarme, el tipo enmascarado justo cuando salió del baño se tropezó y cayó al piso, me di cuenta que se le había caído la máscara, aunque la túnica seguía cubriendo su cuerpo, y en vez de ayudarlo, como que algo me decía que me voltease mejor. Decidí darme la vuelta y cubrirme los ojos, estuve así un buen rato hasta que alguien

tocó mi espalda. Obviamente se trataba del señor de la máscara. Me quedó viendo y le dije que no había visto nada, a lo que él asintió y me mostró un papel que decía “¿estamos listos?”, le dije que sí y procedí a dirigirme a la puerta. Le eché discretamente una mirada al sitio en donde se cayó y vi unos cuantos gusanos retorciéndose en el piso. Ignoré esto y me despedí del señor. Pegué la calcomanía del censo y me fui.

-¿Y qué pasó después? –preguntó Anastasia.

-Nada, me fui a mi casa.

-Que rara la historia, ¿de verdad pasó? –Miguel estaba desconcertado.

-¡OBVIO QUE PASÓ!, ¿NO CONFÍAS EN MÍ? –René sobresaltó con gran ira al decir esto.

-No en tu aliento –Y tras esto las risas volvieron.

Vimos que ya era muy tarde por lo que los chicos tuvieron que irse, yo por mi parte me dirigí a la cámara para apagarla.

Pasados varios días decidí volver a ver la grabación para después mostrárselas a mis amigos en una junta que haríamos en la noche para así reírnos un poco de lo borrachos que estábamos aquél día. Pero una vez que reproduje la cinta, el video estaba borroso y el audio distorsionado. Lo peor fue que adelanté la cinta para ver si se salvó alguna parte, pero la cámara se apagó sin previo aviso. Intenté encenderla durante varios minutos, la dejé recargando e incluso la golpeé hasta que finalmente encendió, solo que ahora no había ningún archivo en la memoria.

La cinta de aquella noche misteriosamente desapareció junto con todas mis fotos y videos. Al principio me sentí perturbado, pensando que pudo haber sido la anécdota de René la causante de que la cámara se corrompiera, pero luego pensé que solo fue una coincidencia, ya que la cámara estaba muy vieja.

No fue entonces cuando sonó mi celular y vi que era una llamada de Anastasia. Al contestar no alcancé a decir “¿hola?” ya que Anastasia empezó a gritarme muy asustada: “¡Nicolás, René se ha perdido, no lo encuentran desde hace tres días!”. Me quedé atónito, le pregunté en dónde estaba y ella me respondió que se encontraba en casa de René. Me levanté exaltado y me dirigí a la puerta para salir, pero apenas la abrí escuché el sonido de la cámara prendiéndose. Me acerqué lentamente al aparato que emitía sonidos parecidos a la de una radio sin sintonía, la levanté y al ver la pequeña pantalla de la cámara, solo había una imagen fija de René con una sonrisa repitiendo una y otra vez “gusanos… gusanos… gusanos…”, tras esto se volvió a apagar la cámara y nunca más volvió a encender.

Hasta el día de hoy las autoridades buscan a René. Yo por mi parte intento encontrar la casa del hombre enmascarado, porque estoy seguro que él tiene algo que ver con esto, pero por más que he buscado, no encuentro nada. Puede que la casa no haya existido y que todo fuese invención de René, pero, ¿cómo se explica lo sucedido con la cámara?