El clasificador por Juan Mihovilovich

 

Para muchos puede parecer cualquier cosa, algo del montón. Para mí no. Mi trabajo siempre me llenó de orgullo. Es cierto que llevo años en esto de clasificar correspondencia, pero es una labor digna y me gusta. Me gusta sentir la textura de una carta, sus rasgos pulcros, sus colores. Seguramente he bajado varios miles de veces hasta el subterrá­neo de este viejo edificio de correos. Infinidad de veces aferrado a la carcomida baranda de esta crujiente escalera bajo mis zapatos. Y ello para instalarme en un metro cuadrado oscuro y que deprime a algún visitante ocasional. Rara vez alguien se sumerge en mi brumoso espacio. Esto tiene sus ventajas: siento que este sitio es sólo mío, que de alguna manera me pertenece. El ambiente grisáceo del entorno es ya una cuestión de tradición. Al principio, cuando recién me contrataron, pensé en pedir al jefe de sección que pusieran algo brillante. No sé, algún tubo fluorescente, una lámpara de rayos ultravioletas... algo más acorde con la blancura de los sobres. Pero, luego me percaté que lo gris venía con el edificio. Y más aún: resultaba inimaginable un subterráneo que desentonara con el resto. Así que de a poco me fui identificando con el escaso mobiliario. Me confeccioné un par de ternos plomizos, en ocasiones usaba oscuros mamelucos y con el transcurso del tiempo mis sienes se fueron tornando cenicientas. Aquí, en esta densa humedad que puede palparse con los dedos, voy llenando de direcciones y apellidos un libro renegrido que pesa varios kilos. Debo anotar cada sobre que me arrojan por una ventanilla. He perdido la cuenta de las cartas recibidas. Al inicio las contaba. Me entretenía desafiando a la memoria, repasando nombres que por meses y años se iban repitiendo. Después, todo sería rigurosamente igual, cada día, al anochecer, de madrugada. Ni siquiera había pausas invernales. Claro que mi estilo de trabajo otorga ciertos beneficios. Es verdad: mis compañeros de arriba me estiman.

Siempre he estado dispuesto para un reemplazo, siempre solícito para la emergencia. Si alguien se enferma piensan en Delfín; si un embarazo, Delfín cubre el pre y el post natal. Yo ni siquiera acepto el sobresueldo. Es mi deber, les digo. Cualquiera lo haría. Aunque sé que es una frase de autoengaño.  No exagero si afirmo que he pasado por todos los puestos de correos: recepcionista de giros, empleado de franqueo, funcionario de certificados... Pero, a riesgo de parecer raro, clasificar correspondencia llena más mis expectativas.  Guardando las debidas proporciones me siento como si pudiera manejar una parte del destino de los hombres.  Jugando con la imaginación me planteo hipótesis, como qué pasaría si un día no clasifico una carta decisiva, alguna que avise la muerte de un hijo prematuro o la que anuncie la definitiva llegada de Cristo. Algo se trastocaría, un sutil pliegue del destino se anticiparía y el curso de las cosas no sería igual. La idea es tentadora, pero nunca me he atrevido.  A mis sesenta y cinco años lo mínimo constituye un riesgo innecesario. Hace unos días la gerencia me llamó.  Puede acogerse a retiro, me dijeron magnánimos.  Les contesté que todavía no, que aún tenía fuerzas suficientes.  Piénselo bien, Delfín.  Es un beneficio y a sus años... No lo entienden. Para mí es como respirar, aunque se trate del sótano del correo.  Al final accedieron, no sé si por lástima o cansancio.  Lo cierto es que me retiré haciendo más venias que las necesarias.

Tiempo después constato ya no ser el mismo.  Las manos me tiemblan sin motivos, la vista me juega malas pasadas y hasta me cuesta recordar los nombres de las calles.  En este desajuste varias veces me han encontrado dormitando sobre un sinnúmero de cartas sin clasificar. Como en todo orden de cosas, al comienzo me ayudaron.  Se turnaron un par de veces por dos o tres semanas, pero después me abandonaron a mi suerte. No me quejo. Siempre he asumido mi responsabilidad. Claro que de este modo las cosas no marchan.  Sin querer he retenido las entregas.  En ocasiones me han sorprendido entonando canciones de corte epistolar. Boleros, baladas y hasta rancheras cuyo motivo central es una carta, una carta que no llegó, que llegando dijo lo que no debía, que rememorando llora una ausencia o invoca la propia soledad.  No es que me lo proponga.  El caso es que he ido sustituyendo el trabajo efectivo por una especie de ensoñación involuntaria. Quizás la molestia decisiva para los de arriba fue descubrir que me escribía a mí mismo.  Y probablemente no por el contenido de lo que me decía, sino por una razón más bien egoísta: porque obviaba el pago del franqueo o de las estampillas.  Como si fuera poco pasaba muchas horas ensimismado con las piernas de los transeúntes. Por el tragaluz del lado sur los zapatos taconean todo el día.  Así las cosas, el desenlace era previsible.

Está despedido, dijeron sin ninguna nostalgia.  En estos casos la única respuesta posible es tragar saliva con dificultad y sentir cómo se va apretando la garganta.  Tal vez mirar como un descuido la foto enmarcada sobre el escritorio o un diploma colgado en la pared.  Por eso es natural que ahora me retire cabizbajo y el trayecto del sótano a la calle se me haga interminable.  Pareciera que transito un cementerio de sobres lacrados presionado por casillas gigantescas.  A pesar de ello repaso oficinas que conozco de memoria y percibo aún el gentío silencioso.  Lo que no entiendo es la actitud del personal.  Evita mirarme.  Me ignora como si yo no existiera, como si la tierra me hubiera tragado de repente.  No me parece justo.  Y no se trata de que les enrostre mis reemplazos.  Uno espera una sonrisa, un apretón de manos, un gesto solidario.  Pero, ya no fue.  Y no es que quiera parecer obsceno si en medio de esta plaza llena de jazmines orino el viejo tronco del acacio. Nada de eso. Simplemente me atrajo un nombre tallado en su corteza.  Un nombre escrito cuando yo era apenas un muchacho y lo único gris estaba en el fondo de mis ojos.

 

(Del libro El Clasificador – 1992)