El finao Melgarejo por Rubén Gómez Alarcón

Ilustración: Esteban Cárdenas Vargas

 

Los Melgarejo hombres siempre encerraban cierto misterio, un ingrediente apreciado por las mujeres que estos poseían o convertían en sus esposas, pero también un elemento de ciertas leyendas en torno al linaje. Nada muy serio, pero la gente de estos lares daba por sentado que la familia, proveniente de Chiloé, era familia de brujos. Y por alguna razón la tradición de enterrar a los Melgarejo hombres en la parcela en la que vivían acrecentaba el rumor.

Liz nunca había hecho caso a rumores que se traspasaban de generación en generación, de quizá dos o cinco familias residentes en el área rural. Además, encontraba razonable el hecho de que los entierros se hicieran en la parcela ya que el cementerio municipal estaba muy lejos. Una vez le preguntaron por qué no había mujeres enterradas en la parcela, a lo que ella respondió:

–El Amador me dijo que, en los matrimonios de su familia, los hombres mueren primero y que por lo general las mujeres se van a la ciudad tarde o temprano, los hijos las llevan al Hogar de Cristo.

A sabiendas de esto, de igual manera se casó con Amador Melgarejo esperando que el precedente no se repitiera. Los primeros años fueron preciosos, de esos que solamente la muerte puede borrar de la memoria. Liz no se explicaba la bonanza del linaje de su marido. El sólo trabajaba haciendo tratos ganaderos y agrícolas con otras parcelas u empresas. Trato que hacía, era prosperidad segura para ambos lados. Con la llegada de los hijos, la felicidad se vio triplicada y la abundancia aún más. Un día Liz no aguantó e hizo la pregunta que tenía atascada en la garganta desde que se casó con el hombre que amaba:

–¿Cómo es que les va bien en todo a tu familia?

–¿Cómo que bien en todo? –le dijo él mientras hacía dormir a Matías, el hijo menor.

–Sí, es que nunca hemos pasado malos momentos económicos y la gente de por aquí dice que la situación de tu familia siempre ha sido de ricachones.

–Soy de familia de brujos –le contestó.

–¡Hey, te hablo en serio!

Su marido soltó una carcajada.

–Ricachones. Simplemente sabemos hacer buenos negocios. Somos lo suficientemente buenos para tener estabilidad y tenemos la prudencia necesaria para no ambicionar de más –le decía intentando parecer relajado, pero no lo estaba.

Liz decidió dejar el tema ahí.

Cuando Amador cumplió cuarenta años, éste se había obsesionado con un libro forrado en cuero que siempre, después de leerlo, guardaba en un cofre que cerraba con candado. Liz le había comentado eso a su madre, quien con mucha seriedad le comentó:

–Ten cuidado, hija. Puede ser el libro de los brujos.

Liz no le hizo caso, pero la situación se tornó preocupante cuando Amador empezó a enfermar. El doctor no tenía respuesta para la rara enfermedad de su marido y él, por su parte, parecía no tener interés en curarse. El pelo se le encaneció y después se le cayó. De ser un hombre musculoso pasó a ser un esqueleto caminante. Los ojos parecían querer salirse de las cuencas y la piel se le había secado al punto de descascararse. Aun a las puertas de la muerte, su marido seguía leyendo ese libro.

–¿Qué tiene de interesante ese libro? –le preguntó un día.

–Era de mi padre. Me lo dejó cuando murió.

El padre de Amador había muerto a los cuarenta y un años al igual que su abuelo y bisabuelo antes de él. Faltaban dos días para el cumpleaños de Amador y Liz estaba asustada. A un día del festejo, mientras Liz ordenaba la casa, vio por la puerta entreabierta de la habitación de su hijo mayor, Eleazar, a su marido hablando con el primogénito. Escuchó a su hijo decir:

–Sí papá, lo cuidaré –y la conversación terminó.

El cumpleaños se celebró en grande. Llegaron los vecinos amigos y la familia por parte de Liz. Amador agradeció la compañía y la fiesta, después se disculpó y se fue a descansar alegando que estaba cansado. Los demás no se lo discutieron. Cuando la fiesta terminó, Liz fue a su habitación para ver si Amador necesitaba algo. Estaba tieso y con los ojos mirando el techo.

El funeral se hizo en una iglesia cercana a la parcela, todos llorando y pregonando las virtudes de aquel buen hombre ligado a un linaje lleno de mitos que en ese momento parecía haberse eclipsado por su repentina muerte. Al terminar la misa, unos cuantos amigos cercanos y tíos de Liz cargaron el féretro verde con bordes dorados para encaminarse en lenta marcha hacia la parcela, como la costumbre familiar lo demandaba. Los que llevaban el cajón sobre sus hombros se horrorizaron ante lo poco que éste pesaba; una cruel muestra final de los restos de Amador a causa del deterioro causado por la enfermedad. Minutos después, cuando entraban a la parcela, notaron que el féretro era muy liviano como para llevar un cuerpo. El tío de Liz, Don Eleuterio, quien también cargaba el féretro, reparó en ello y detuvo la marcha.

–¡Disculpen! –gritó a la gente que marchaba tras él– ¡En un ratito continuamos!

–¿Qué pasa, tío? –preguntó Liz.

–Tengo que abrir el féretro.

–¡Estás loco! –se puso a llorar en torrente– ¡No es momento de hacer show! ¡Mi marido acaba de morir!

–Tranquila, sobrina. He visto esto en Chiloé. Sólo me quiero asegurar.

Bajaron el féretro y sin perder tiempo, Don Eleuterio abrió el cajón. El morbo hizo que varios de los asistentes se amontonaran alrededor del féretro para ver al muerto, expectativa tornada en confusión al ver la roja tela de franela que forraba el interior del cajón sin ningún cadáver.

–¿Dónde está mi marido? –decía Liz, consternada– ¡¿Dónde está mi marido?!

El alboroto se extendió a casi todos los asistentes. Se empezó a correr la voz de nuevo del dudoso linaje de los Melgarejo, cosa que descolocó a Liz hasta el punto de desmayarse. Para acabar con el confuso e inexplicable hecho, al féretro se le echaron rocas adentro para que hubiese algo que sepultar. Mientras se enterraba el féretro de Amador Melgarejo al lado del de su padre, solamente Eleazar, quien curiosamente no había llorado la reciente muerte, mantenía la calma entre cuchicheos y desorden colectivo, mirando el féretro vacío y las tumbas de sus ancestros sin restos mortales. Claro que no debía llorar, todo estaría bien a partir de ahora, pensaba mientras palpaba una pequeña llave en su bolsillo, llave que abría cierto cofre con cierto libro forrado en cuero dentro.