Él fue un hombre exitoso por Javier Lavanchy Verdugo

Ilustración: Andrea Araneda Miranda

 

Él fue un hombre exitoso.

Muchos relacionan el éxito con cuánto vale tu billetera; otros lo relacionan con “cuánto valen” tus amistades; hay algunos que lo relacionan con haber encontrado a tu media naranja; nunca faltan los que lo relacionan con haber encontrados a Dios, o ser encontrados por él; los ambiciosos lo relacionan con el poder; los sabios lo relacionan con darse cuenta que no lo necesitas… y a decir verdad no hay por qué seguir con esta lista, pues de quien les hablo tenía todo aquello ya mencionado, y más. Él fue, sin lugar a dudas, un hombre exitoso.

Desde pequeño se supo que era diferente, pero pese a serlo no fue discriminado por sus compañeros, como suele suceder. Es más, todos los niños querían jugar con él y, de hecho, las tías del jardín soñaban con algún día tener un hijo como él.

Una historia similar le sucedió cuando entró al colegio, desde el primero hasta el último día de su vida como escolar tuvo una conducta intachable y un cuaderno de notas tan brillante como su uniforme o esas dos corridas de dientes que en una sonrisa hipnotizaban a todas las chicas. Nunca se agarró a combos con ninguno de sus compañeros, ni aún los profesores se atrevían a contra argumentarle sin saber qué perderían. Muchos le odiaban por eso, es cierto, pero ninguno jamás se atrevió a enfrentarlo.

En la universidad no fue muy distinto. Aunque más de algún mal episodio viven todos durante esta etapa de la vida, para él ésta simplemente ocurrió como todas las demás. Conoció a grandes personas, muchas de ellas fueron sus amigos por hartos años más, y también lo fueron sus nunca correspondidas admiradoras, muchas de las cuales no vieron en el matrimonio un impedimento para dejar libre la imaginación o incluso las esperanzas. Sin embargo hubo una excepción, una chica de la otra sección a quien amó infinitamente y quien le acompañó todos estos años hasta el altar y más allá.

Habiéndose titulado, con honores, no le fue difícil encontrar trabajo. Un mes después de haber laborado para una connotada empresa internacional como un peón más, fue ascendido a jefe de piso, casi inmediatamente después a jefe de todo el departamento y no muchos años más tarde a director general de las sedes nacionales. Con esto en mano, y aunque suene contradictorio, le fue fácil no sólo hacerse de verdaderas amistades, sino que también de amistades influyentes en distintas áreas de la política, del derecho y de la economía, por mencionar generalmente a las más importantes.

Él fue, como ya he dicho, un hombre exitoso.

No digo que su vida haya sido perfecta, jamás he dicho eso y tampoco lo creo. Como todos, tuvo problemas, algunos bastante serios, pero él siempre, de una u otra forma, lograba que todo fuese para mejor o, por lo menos, para su conveniencia. Mucha gente le aborreció con implacable determinación, algunos por envidia y otros por simple maldad, pero aquellos que le enfrentaron, fuere cara a cara o por la espalda, terminaban sometidos por las circunstancias o arrepintiéndose, volviéndose así amigos de él. En el amor tuvo sus altos y bajos, mas todas sus relaciones fueron de por lo menos dos años y, aunque suene machista, éstas terminaban siempre por culpa de la mujer. Pero luego, como ya dije, conoció a su amor verdadero con quién crio dos hermosas niñas que adoraban a su padre.

Él fue un hombre exitoso, pero también fue una buena persona. Unos pocos rezagados dicen lo contrario, aunque poco vale su opinión puesto que son ellos los que no pudieron tirarlo abajo, botándose así ellos mismos. Él nunca le hizo daño a nadie intencionalmente e incluso evitaba hacerlo sin querer, nunca promovió la discordia, fue discípulo fiel de la paz hasta el último día. Es un pena que haya muerto joven, pero, a decir verdad, y digo esto pensando en él… agradezco que así haya sido.

Muchos creen o saben que fue un hombre exitoso, pero pocos sabemos por qué murió y a tan temprana edad.

Estaba un día conversando con él en su oficina, me había citado pues quería charlar sobre un libro que había escrito hace un tiempo atrás, aunque sabía yo que no lo había entendido, y saber cómo me encontraba, qué contaba de nuevo. Fue en un momento en que se asomó por la ventana, miró los edificios a su alrededor sin apreciarlos, ninguno más alto que aquel donde nos encontrábamos, y me dijo con honda reflexión que sonaba a melancolía: “¿Sabes…? La vida es un juego de ajedrez, gana quien sepa poner el tablero a su favor. A los hombres les gusta complicarla, como una suerte de masoquismo colectivo, pero en realidad es simple… tal vez… demasiado…”.

Se colocó una mano en el pecho como si le doliera y se dejó caer forcejeando contra lo que parecía ser un paro cardíaco. Lo acompañé en la ambulancia hasta el hospital, donde los doctores no sabían qué le había ocurrido. Le hicieron todo tipo de exámenes y estos salían negativos, no decían nada o arrojaban cifras irreales, ni aún los mejores doctores que pudo contratar sabían qué le pasaba. Estuvo hospitalizado un par de días hasta que lo dieron de alta sin medicamento alguno y sin ningún tipo de resguardo, solamente que volviese si ocurría nuevamente. Tres días después así fue. Frente a la desesperación, los doctores acordaron hacerle un trasplante de corazón, que se llevó a cabo al día siguiente.

Lo acompañé junto a su señora hasta que lo llevaron al quirófano, me quedé conversando con ella intentando calmarla hasta que alguien nos trajera las buenas noticias que nunca llegaron.

Una hora después de haber entrado a pabellón salió el doctor encargado de la operación con una mueca de horror y el rostro pálido. “Vengan”, nos dijo. Sin saber qué esperar, lo seguimos hasta donde se estaba llevando a cabo la cirugía. Todos allí tenían la misma expresión en sus rostros.

Lo vi postrado sobre la camilla con el pecho abierto, miré al doctor, quien me hacía gestos para que me acercara, y asomándome por sobre él vi donde debía estar su corazón… nada. Los doctores no habían movido nada en absoluto, tan sólo hicieron el corte notando de inmediato que su corazón simplemente no estaba.

Su esposa, entre la confusión y la pena, se entregó al llanto. Yo creí por un momento que era una broma de mal gusto, hasta que me di cuenta que también habían abierto su cráneo. Su cerebro era gris, metálicamente gris y, en lugar de esas líneas onduladas que le dan su forma tan característica, tenía sobre él líneas rectas de color azul brillante, como los circuitos de una computadora. Miré con cuidado sus pulmones, no había nada extraño con ellos, eran los pulmones de un hombre sano que disfrutaba trotar tanto en casa como al aire libre y que nunca conocieron el vicio del tabaco, pero no tenían brillo alguno, como si nunca realmente le hubiesen servido de algo, como si nunca hubiesen estado vivos.

Pero qué importa que esta parte de la historia, después de todo…

Él fue un hombre exitoso.