El perrito rio por Carolina Yancovic Bustos

Ilustración: Esteban Cárdenas Vargas

 

“El perrito rio” curioso título para un cuento, pensó el escritor. Luego revolvió ligeramente el latte que había ordenado hace unos minutos. Le gustaba el título, le parecía sugerente hasta misterioso. Pensaba que podría escribir algo bueno. En seguida dejó la cuchara en el plato y volvió al cuento sin tomar el café. Escribió una frase pero enseguida la borró. Luego miró el latte y lo culpó de su falta de carácter, de su indecisión, de todo. Ordenó un espresso y mientras lo esperaba, miró la textura lechosa del latte y se preguntó por qué habían pasado tantos años antes de cambiar de café. Al latte le faltaba carácter, sabor, textura.

No entendía por qué llevaba tanto tiempo cuidándose el estómago con un latte cuando podía morir con un espresso. El escritor del latte no podía escribir cuentos, no como “el perrito rio”. Ese era un cuento superior, lo sabía hace mucho tiempo. Él quería ser un escritor superior de esos que superan la barrera del tiempo, de esos que dejan de ser un humano común y corriente y se vuelven el nombre de una calle, una placa en la plaza o una nota en un libro de Historia.

No tenía la más mínima idea de qué iba “El perrito rio” pero le gustaba la idea y porque el título era musical y le provocaba mucho. Tenía un gran deseo de escribir. Pasaba tardes fantaseando por qué reía el perrito pero nada parecía tener sentido. Escribía algunas páginas que luego las botaba. Molesto, siempre volvía a la hoja en blanco. De alguna u otra forma sentía que ese era el cuento que lo llevaría a la fama, al reconocimiento que tanto ansiaba.

Terminó su espresso, tomó sus cosas y salió del Café París. Las calles soleadas eran una invitación para el escritor. Caminó en dirección al centro para pasear un poco. Le encantaba la ciudad en primavera y el espresso le había dado más energía. Caminó directo a la plaza y se sentó en una banca. La plaza en esa época del año era muy concurrida. Los niños corrían libremente y los ancianos se reunían a jugar a veces cartas o ajedrez. Algunas mujeres, sentadas en las bancas laterales, tejían para el invierno. El escritor se quedó unos minutos allí observando, buscando algo de inspiración. Tiempo después, siguió paseando por la calle principal. Se sentía enaltecido, casi en las nubes, como cuando alguien gana la lotería. Él seguramente se la había ganado con ese espresso.

Al detenerse en una esquina, miró a una mujer que paseaba un poodle frente a él. Ella, cubierta por un abrigo de paño negro y tacones rojos, miraba hacia el frente sin prestar mayor atención al escritor, la única persona al otro lado de la calle. El poodle, igual de estirado que su dueña, esperaba nervioso el momento de cruzar, movía su cabeza de lado a lado zarandeando sus orejas perfectamente peinadas, no sabiendo de qué lado venían los autos. Junto a la luz verde, el escritor y el poodle cruzaron la calle mirándose inquisitivamente. Al llegar al otro extremo, el escritor siguió con la vista al poodle, que se detuvo y sonrió absurdamente mostrando hasta su diente más pequeño.

Extrañado y sorprendido, el escritor buscó a algún testigo pero al no haber nadie siguió caminando con la mirada gacha. No entendía lo sucedido. Creyó por un instante haber visto al perrito sonreír pero luego creyó que tal vez pensaba demasiado en su cuento y decidió volver a casa.

Al llegar, calentó como siempre un vaso de leche y sentado en su cama antes de dormir leyó un poco de Fante y lo envidió por “El perrito lloró”. Hace un tiempo que había leído Pregúntale al polvo y ya casi no la recordaba bien, sin embargo a él le gustaba pensar que el perrito de Fante lloraba. Porque Fante sabía exactamente por qué lloraba el perrito. El perrito de Fante hacía mucho sentido pero el suyo no. Inquieto, trató de dormir sin conseguirlo. Se despertó en muchas ocasiones y pasó largo rato escuchando en el silencio nocturno el tic tac del reloj pero nunca pudo hacer que avanzara más rápido. Su atención se alternaba entre el sonido rítmico del reloj y el de su corazón y como el segundo en contraste con la máquina cambiaba de ritmo. Cada tanto, se secaba la frente con el pañuelo que tenía sobre la mesita de noche junto a la lámpara que había heredado de su abuela. Pegado mirando al techo trató de solucionar el dilema de la hoja en blanco. Torturado, dio vueltas en su cama hasta el amanecer.

A la tarde siguiente, luego de su espresso, salió rápidamente del café para repetir el paseo del día anterior. Se detuvo nuevamente en la esquina frente a la mujer, quien esa vez paseaba un afgano no un poodle que lo miraba sonriendo mientras su pelo se movía al viento como si fuera una blondie en una película hollywoodense. Extrañado dio media vuelta y caminó hacia la banca más cercana. Allí sentado, refregó sus ojos y miró al suelo, contando las rayas del cemento. La situación era más absurda de lo que él quería admitir. Al levantar la vista, el afgano que paseaba la mujer le reía con una vocecita musical mientras caminaba hacia él. El escritor lo siguió con la vista anonadado hasta que desapareció disminuido por la distancia. Nadie miró al afgano ni al escritor. Estaban el escritor y el afgano mirándose mutuamente sin que el mundo supiera de su existencia.  Camino a casa lo único que el escritor podía preguntarse era por qué reía el perrito, por qué reía el poodle y por qué reía el afgano.

Días después, luego de su espresso, el hombre decidió  ir por otra dirección así que tomó el camino junto a la playa. Paseó tranquilamente por algunas horas observando los niños jugar en la arena y la brisa marina menear suavemente los quitasoles. El sol  que se reflejaba con majestuosidad en el mar y el cielo limpio eran signos de un día esplendoroso. Se sentó en una banca para tomar un poco de aire fresco. Recostado, con los ojos cerrados, respiró hondo y recordó que aún no sabía por qué reía el perrito y luego recordó también al afgano y al poodle riéndole como perros photoshopeados en un aviso de publicidad. Trató de llegar a la conclusión de por qué un perro reiría así pero fue inútil. Frustrado levantó la cabeza para ver un grupo de perros observándolo mientras le reían sin parar. Sin saber qué hacer, tomó sus cosas y trató de alejarse caminando. Al mirar atrás, le pareció que los animales le seguían en manada con su sonrisa falsa. Apresuró el paso asustado de aquella visión, pero al percatarse que los canes lo seguían, corrió enloquecido sin mirar atrás lo más rápido que pudo hasta llegar a su casa.

Una vez más sentado en su mesa en el Café París, el escritor pensó en el espresso pero terminó pidiendo un latte. Tenía frente a sí la enorme taza blanca humeante servida como lo había hecho durante los últimos veinte años. Con el mismo pantalón beige de casimir, la camisa almidonada blanca y la boina gris, volvió al cuento inacabado, tomó la taza y bebió lentamente tratando de resolver su interrogante. ¿Por qué ríen los perritos? Se preguntó ¿Por qué me ríen? Volvió a preguntarse mientras bebía resignado, intranquilo. Levantó la cabeza y miró a la dama que cada día se sentaba a la mesa frente a él y se maravilló de ver tanta serenidad. La observó tomar su macchiato como él nunca lo había hecho. Acarició cada detalle como si ella se hubiera convertido en su musa. Aceptó su lunar y su boquilla encendida, su vestido negro y la estola que abrigaba su cuello. Admiró su elegancia y se preguntó también por qué una mujer tan hermosa se sentaba sola cada día en un café. La observó incansablemente hasta el atardecer.

Ya varias horas llevaba el escritor observando obsesivamente a la mujer que sólo detuvo su taza para mirar por un segundo al sujeto frente a ella. Miró su pantalón beige y sus suspensores subir por su pecho y regresar por su espalda. Miró la tela barata  de su camisa y la libreta vacía que tenía sobre la mesa. Trató de adivinar qué hacía pero luego no le interesó saber nada más y volvió a sentir el aroma de su café sin que le importara nada en ese lugar perdido en el mundo.

El latte de Berto estaba frio, su inspiración gastada y en la hoja sólo permanecía el título. Ya resignado a volver nuevamente a casa sin siquiera comenzar el cuento, observó por última vez a la mujer, recorriendo su collar de perlas y la estola de zorro que descansaba sobre su hombro izquierdo. Inesperadamente al observar con más detención, le pareció ver que el zorro abría sus ojos sonriendo sutilmente.

 

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