Ellos por Juan Magal Pérez

Ilustación: Catalina Flaño Ipinza

 

Todo comenzó como un juego, como una manera de llenar los agobiantes espacios de silencio, que se provocaban cuando los rostros, reaparecían desde atrás de una Olimpia o una Olivetti. O cuando a la hora del café, las miradas lánguidas se estacionaban en las hermosas manos de Velásquez.

No recuerdo haber visto manos más bellas en toda mi vida, dedos largos y finos que parecían indicar en forma permanente, algún espacio no definido donde moraba el equilibrio.

Velásquez, es nuestra compañera de oficina, llegó hace un año, luego de separarse de su marido. Se instaló una mañana, junto al calentador, en el escritorio que antes ocupara Fernández.  Cuando el jefe nos la presentó, no pudimos entender claramente su nombre completo, su mirada divagaba, siguiendo alguna línea de las tablas del piso y su voz se perdió entre el tardío silencio de las máquinas de escribir, lo único que recordamos fue su apellido, Velásquez

Decidimos llamarla de esa manera, como solíamos hacerlo entre nosotros, pero antes, le preguntamos si no era inconveniente para ella y  le explicamos acerca de nuestra antigua costumbre de llamarnos por los apellidos.  Era la única mujer en la oficina y habiendo llegado recién, no estaba en condiciones de terminar con esa  tradición que nos caracterizaba.

Lo primero que llamó mi atención fueron sus manos, delicadas y llenas de gracia, parecían ligeras criaturas surcando el aire. En aquella época yo tenía poco más de veinte años, había terminado la secundaria y al no seguir estudiando, ingresé a la empresa en cuanto me enteré de la vacante.

Inmediatamente, por mi juventud, me convertí en blanco de las bromas que proliferaban en la oficina.

Todo cambió con el arribo de Velásquez y llegó para mí una época de paz y tranquilidad que tanto necesitaba.  Ella, había puesto, sin saberlo, la nota de respeto y cordura que hacía falta.

Una tarde, se ofreció a llevarme en su auto y luego de las primeras palabras, revelaciones y residencias en el porvenir, nuestras miradas se encontraron al enfrentar un desvío que nos condujo hasta la playa.

La tarde caía y los más íntimos secretos de Velásquez, me fueron revelados de primera fuente, entre una suave melodía que nos llegaba desde la radio y el ruido de las olas que ahogaba los gemidos de su entrega.

Los encuentros amorosos se sucedieron con mayor intensidad y frecuencia, algunas veces, nos sorprendíamos vigilando el reloj de pared que indicaría la hora de salida, una mirada y una sonrisa, delataba nuestra complicidad que hasta ese momento, sólo era patrimonio de nuestras vidas.

Al principio, ella me esperaba en el estacionamiento, mientras yo ordenaba algunos papeles o buscaba alguna excusa para hacer tiempo.

Fuimos variando la estrategia a medida que sentíamos las sospechas del resto.  Quedábamos de acuerdo para vernos en alguna calle y poder afinar todos los detalles de los futuros encuentros, tal vez, buscando una variación a la inevitable rutina en que caíamos, casi sin darnos cuenta.

Fue después de una cita, volvíamos de la playa cuando Velásquez me propuso la idea de darle mayor intensidad a nuestra relación.  La consigna era renovarse o morir, desde luego, optamos por lo primero, ya que ella, como mujer madura, había llegado a un punto de su vida en que las ramificaciones de las aventuras pasan por una misma estación que es el temor a quedarse sola.  Por mi parte, como primera experiencia de ese tipo, era enriquecedora, llena de pasión y cierta seguridad, tal vez demasiada…Y eso era lo que había que variar.

Decidimos inventar dos personajes, uno sería un marido muy celoso, que acosaría a Velásquez permanentemente con preguntas, el otro, una mujer joven, que por cierto sería mi novia.

La idea, era otorgarle una cuota de riesgo a nuestra aventura  mediante la existencia de estos seres imaginarios, de esa manera, pensábamos que los encuentros serían más interesantes.

Nos pareció una excelente idea y quedamos de acuerdo en tomar muy seriamente esta experiencia. Les asignamos características físicas y psicológicas y al momento de decidir sus nombres, coincidimos en que nada sería más adecuado, para ratificar la atmosfera de misterio, que llamarlos simplemente Ellos.

Mi novia imaginaria, tenía veinte años, pelo castaño, ojos cafés, 1.65 de estatura y más o menos 55 kilos.  Trabajaba en la oficina de una financiera ubicada en el centro de la ciudad.

El marido imaginario de Velásquez, era el antiguo empleado de un banco, que después de su trabajo, se reunía con sus amigos a jugar a  las cartas o al dominó y al llegar a casa, se posesionaba del control remoto del televisor.

Tenía cincuenta años, pelo negro, ojos grises, 1.75 de estatura y algo más de 100 kilos que se evidenciaban por una descomunal barriga.

Esperábamos cada cita con gran ansiedad y aunque nos sentíamos culpables, no nos preocupaba, lo aceptábamos, diciendo que era parte de la misma intensidad que le asignábamos a nuestra experiencia y era tanta la energía que generábamos en todo este juego,  que terminábamos completamente agotados. Velásquez, me dejaba a pocas cuadras de mi casa, revelándome la nueva excusa que daría a su marido y yo, me iba caminando lentamente, pensando en lo que diría al día siguiente a mi novia, cuando me preguntara la razón por la cual no había contestado sus llamadas.

En la oficina, todo transcurría en forma normal. Las sospechas que se generaron en un principio se fueron disipando y nuestro caso cayó en la más absoluta indiferencia.

En ocasiones, al ir hacia el archivo, Velásquez, dejaba disimuladamente sobre mi escritorio algún papelillo, cuidadosamente doblado que decía:

“Esta tarde no puedo. Mi marido va a llegar temprano”

V.

Esto me hacía gracia, y estoy seguro que ella también lo disfrutaba. Al fin, habíamos despertado el interés de dos personas, que siendo imaginarias, estaban bien dotadas de realismo. Nuestra invención, aunque no lo confesáramos nos enorgullecía.

Después de darnos una tregua, reanudábamos los encuentros, poniendo en cada uno de ellos una pasión desbordante y sin límites. Era algo enfermizo que nos conducía cada vez más a la autodestrucción. Era la violenta fricción de dos piedras buscando el fuego, dos cuerpos sobrecargados de energía que luego del choque, volvían a su estado natural, un ilimitado espacio donde reinaba la abulia y la soledad.

Su auto  era amplio y muy cómodo y aunque alguna vez, le propuse ir a un motel o a su casa, me respondió que ni lo pensara, que no podíamos arriesgarnos a ser sorprendidos por Ellos.  Éramos verdaderos blancos móviles, desplazándonos por toda la ciudad en busca de un lugar tranquilo, mudo testigo de nuestra intimidad.

Establecimos una forma de comunicación secreta, ya no nos preocupaba que en la oficina se enteraran de nuestra relación.  Sorprendí algunas veces a Velásquez mirando nerviosamente por la ventana, cuando le pregunté qué era lo que le preocupaba, me respondió que se sentía vigilada.

– Es mi marido, creo que sospecha algo –

Cuando paseábamos en su  auto, le pedía que evitara pasar por el centro, me intranquilizaba pensar que mi novia podía sorprendernos en algún paradero o que simplemente, nos encontráramos con ella en alguna calle.

Sólo cuando  tomábamos algún desvío, sentía que el alma volvía al cuerpo, me relajaba y echaba el asiento para atrás, cerraba los ojos y liberaba mis sentidos, notando con agrado, como el aire marino comenzaba a ingresar por la ventanilla abierta del auto.

Con el tiempo, Ellos, fueron estableciendo un cerco en torno a nuestras vidas y no podíamos deshacer lo que habíamos creado. Nos aterrorizaba pensar en volver a nuestra antigua vida, tan rutinaria y llena de códigos ineludibles.

Ellos, iban ganando terreno, a veces, pensábamos que actuaban en conjunto, quizás, estaban de acuerdo y se movían en forma mancomunada, tramando algo, para después dejarse caer sobre nosotros y destruirnos.

Especulábamos acerca de sus movimientos y de lo que estarían planeando, quizás, estaban de acuerdo y habrían iniciado un romance, todo era posible. Ellos, habían  adquirido tanta fuerza y autonomía que frente a su avance nos sentíamos vulnerables y temerosos.

Un lunes, al llegar a la oficina, todos mis compañeros me quedaron mirando…Como si yo fuera otra persona, Velásquez, no estaba en su sitio, imaginé que habría tenido algún problema con el marido, el viernes la encontré muy rara.

Fue el Jefe  quien se acercó hasta mi escritorio, presentí algo terrible. Cuando me entregó el periódico, reconocí la foto de Velásquez de inmediato, y bajo ésta, las siguientes palabras:

Mujer, de aproximadamente cuarenta años, fue encontrada muerta al interior de su automóvil en una playa cercana. Se presume suicidio, aunque algunos testigos, aseguran haber visto a una joven, de más o menos veinte años cerca del lugar, poco antes del hallazgo

Miré el escritorio de Velásquez y traté de reconstruir su imagen, desde su larga cabellera negra, hasta la hermosura de sus manos.

El resto del día, quizás, todos pensamos un poco en ella, en su llegada a la oficina y en cómo su presencia modificó nuestras vidas. No logro entender, qué pasó por su mente aquella tarde, cuando se dirigió una vez más a la playa, esta vez, para acabar en brazos de la muerte, tan sola como siempre estuvo, aún, cuando decidió inventarnos.