En la suela de los bototos por Rubén Gómez Alarcón

Ilustración: Camila Parker Contreras

 

No soy un conocedor de la cultura e historia de mi zona, aquella que por el simple hecho de ser magallánico debería dominar y sentirme orgulloso. No, la verdad es que nunca se despertó en mi interior ese sentimiento regionalista y nunca se me pasó por la cabeza interrumpir su sueño. Pero eso era antes de la tierra en mi puerta.

Yo solo vivía el día a día, haciendo lo que mejor sé hacer que es la producción de queso, un negocio prospero para el natalino que sepa hacerlo y venderlo, como yo. Mi “competencia”, Amek Nahuelwal, supuestamente un descendiente indígena de no sé que pueblo, radicado en Puerto Natales desde hace unos 10 años, con dinero otorgado por el gobierno inició su negocio de venta de queso y otros productos. Lo sé porque afuera de su propiedad en donde hace sus productos, hay un gran cartel que dice “Proyecto financiado por el gobierno y bla bla bla…” sólo para hacerle saber a la gente que los políticos hacen algo por el pueblo, enorgulleciéndose de hacer posible un proyecto como si eso borrara las cagadas que se han mandado. En fin, nunca me preocupó que estuviera inmerso en el mismo ámbito laboral que yo. Si le iba bien, genial por él. Yo ya tenía mis clientes habituales y además, por recomendación de ellos mismos, los turistas y visitantes de fin de semana iban a mi parcela a probar y llevarse sus buenos lotes de queso. Bueno, la cuestión es que hace un mes más o menos, Nahuelwal se fue de viaje. Según me contaron fue a visitar a su familia en Tierra del Fuego. A las dos semanas después, mientras salía de mi parcela camino al centro para comprar unos víveres, lo vi caminando por su terreno. Lo saludé amistosamente desde mi auto, saludo que Amek respondió con una mueca de desagrado muy cercano a la repugnancia. No le di mayor importancia y seguí con lo mío.

En la noche de ese mismo día, justo antes de entrar al mundo onírico, escuché un impacto en mi puerta, un ruido disperso y granulado. Recuerdo que internamente me pregunté qué carajo había sido eso, pero el cansancio pudo más que la curiosidad, por lo que me dejé caer en los brazos de Morfeo. En la mañana del otro día, revisé la entrada de mi casa, solo para encontrar tierra esparcida en la escalera y en el tapete con el típico “Welcome”. Tierra negra con lo que en un principio creí, eran piedritas blancas. Algo había escuchado yo respecto a lo que significa que te tiren tierra a la puerta, y justo como era viernes, mi hermano, como hace una vez al mes, vendría de la Isla Grande de Chiloé a visitarme y a pasar el fin de semana conmigo, quien además es un fanático y gran conocedor de las leyendas y mitos de toda la zona sur de Chile.

  • Dices que cuando te levantaste, encontraste esta tierra en tu entrada ¿Verdad?- me preguntaba mi hermano, Tobías, examinando la tierra con un interés casi científico.
  • Sí. Me acordé de cuando el tata nos contaba sobre los males de ojo y todas esas cosas, pero yo nunca escuchaba. Tú eras el que ponía una atención obsesiva a eso, por eso te quería consultar a ti.
  • Le achuntaste medio a medio con eso, Camilo. Pa que te hayan lanzado un mal o deseado la peor de las suertes, la tierra tiene que ser de cementerio ¿Conoces a alguien que te quiera ver jodido?
  • A nadie- pero en mi mente, una cara de repugnancia saltaba como candidata.
  • Qué raro ¿Ves estas cosas blancas en la tierra?
  • ¿Las piedras? ¿Qué tienen de interesante?
  • Pues no son piedras. Son huesos molidos.
  • ¡Me estás webiando!
  • No te estoy webiando, son huesos molidos. Menos este - de la tierra sacó una piedra puntiaguda que a diferencia de los blancos fragmentos de hueso, este era gris muy oscuro, cercano al negro-. Parece una punta de flecha.

Después de toda la innecesaria conversación que me hizo con los mitos y leyendas de Chiloé, me ayudó a limpiar mi entrada y nos metimos a mi casa para comer el pancito chilote que trajo, con queso derretido de unos de mis lotes. El domingo, antes de que se fuera, me pidió que me cuidara y me pasó el número de un “especialista” para que pudiera quitarme las dudas respecto a la punta de flecha. Y con “especialista” me refiero a un guía de museo que sabe de cosas de pueblos originarios. La cuestión es que para el lunes ya estaba reunido con Don Milton en un café de la ciudad.

  • Interesante objeto ¿Sabe usted que es esto?- me preguntaba Don Milton mientras examinaba la piedrita puntiaguda.
  • Parece una punta de flecha.
  • No se equivoca. Pero esto en realidad es una punta de flecha característica del pueblo Selk’nam. Originarios de Tierra del Fuego y exterminados en el genocidio impulsado por José Menéndez Menéndez y …

Yo ya no lo escuchaba. Sin necesidad de un cerebro prodigioso, uní los hechos hasta tener una sola cosa en mente, una duda que no estaría dispuesto a llevar por más tiempo en mi cabeza.

  • Disculpe- lo interrumpí-. Amek Nahuelwal ¿Es un nombre Selk’nam?
  • Bueno, ehh… Nahuelwal es mapuche. Ahora, Amek sí corresponde a un nombre Selk’nam. Significa “Hermano Mayor”.

Le di la punta de flecha a Don Milton y yo me fui a mi parcela para ponerme a trabajar en lo mío. Para ese entonces me armé una teoría no del todo loca. Me va bien en el negocio, a Nahuelwal no. Tiene envidia de mi prosperidad y se va a Tierra del Fuego para buscar tierra de cementerio Selk’nam y tirármela a mi puerta, esperando que toda clase de desgracias cayeran sobre mí. Para aclarar la situación, me subí al auto y fui al terreno de Nahuelwal a pedirle una explicación, pero grande fue mi sorpresa al ver una ambulancia afuera de su casa. Según me contaron los vecinos, le vino un fuerte ataque epiléptico, dejándolo muy mal por lo que fue hospitalizado por dos semanas.

En el transcurso de ese tiempo, contrario a las desgracias que supuestamente la tierra con huesos me presagiaba, mi negocio se vio en alza, ganando como nunca, gracias al hambre de queso natalino de los turistas y clientes habituales. Estaba contento, pero la situación con Nahuelwal no terminaba de obsesionarme. Investigando sobre los Selk’nam, encontré todo tipo de interesante información. Su cultura, sus rituales, el genocidio y otras cosas. Pero su mitología fue lo que más me gustó y lo que más leí.

Cuando Amek volvió a su parcela, lo hizo con una muleta en cada brazo y muy débil. Estaba impaciente por aclarar lo de la tierra con ese desgraciado, pero decidí dejarlo descansar. A la semana después, decidido a terminar con mis incógnitas, me encaminé a la casa de Nahuelwal. Toqué el timbre, después la puerta, pero nadie acudía. Empecé a llamarlo por su nombre, esperando que en algún momento se dignara a salir. No lo hizo. Rondando la casa, encontré una ventana para ver si se encontraba adentro. El corazón me saltó del pecho cuando lo vi tirado en el piso. Fui hasta la puerta y la derribé de un empujón con el hombro. Ya dentro de la casa, pude ver la escena con escalofriante detalle. Amek estaba inmóvil, en un charco de su propia sangre. Me acerqué para ver si había alguna señal de vida, pero no. Al lado de su cabeza, lo que hace no mucho tiempo era parte de su lengua, ahora era un considerable pedazo de carne arrancado a mordiscos. Su último ataque epiléptico lo mató de una manera horrible, dejándolo con una cara de terror y desesperación, con los ojos mirando a la nada en busca de una salvación que nunca llegó. Iba  a salir de la casa para no contemplar el cadáver, pero no lo hice. Algo había llamado mi atención. Me acerqué otra vez al cuerpo y me fijé en los bototos que Amek tenía puestos. En la suelas de estos,  tierra con fragmentos de huesos se alojaban entre los recovecos del caucho.

A la media hora de llamarlos, la policía llegó para llevarse el cuerpo al Servicio Médico Legal y hacerme las preguntas pertinentes sobre la situación. En la noche de ese macabro día, intentando conciliar el sueño en el calor y seguridad de mi cama, me asaltaron algunas preguntas sobre el fatídico final de Amek Nahuelwal. Si había merecido terminar así y cosas por el estilo. De lo que si estaba seguro, era de que la envidia lo había llevado a actuar ciegamente, sin ver los posibles finales que desencadenaría su ofensa al lugar de descanso de los indígenas Selk’nam, ya fueran enterrados por sus pares en sus tiempos vivos o por los genocidas de José Menéndez Menéndez. Las fuerzas que despertó lo acompañaron hasta su casa, escondidos en la tierra que se alojó en sus bototos para hacerle pagar con su vida el acto profano. Tal vez  el mismo dios de los Selk’nam, Temáukel, ofendido por su insulto e intenciones oscuras, hizo que Amek perdiera el control de sí mismo hasta morderse la lengua para después morir desangrado.

Y todo porque la gente prefería mis quesos.