Háblame de ti por Javier Lavanchy Verdugo

Ilustración: Catalina Flaño Ipinza

 

Lentamente entró en la oficina sin ánimos de resistirse, este suplicio ya se le había hecho habitual, y aunque cooperara no conseguiría nada. Vio junto al sofá de terapia al pequeño hombre de semblante tranquilo sentado en un cómodo sillón mientras anotaba Dios sabe qué con una letra incomprensible. No le saludó al recostarse junto a él, y a él tampoco le importó: ya se había acostumbrado a su indolencia.

– Muy bien, David… ¿De qué te gustaría hablar hoy?

– De cuánto lo odio.

Rio con sus palabras.

– Eso, créelo o no, sería un avance.

– Entonces hablemos del clima, de los autos o de ese gato que se está meando en su ventana.

– ¿Ese gato dices? Se llama Sr…

– ¿Le pregunté?

– … Se llama Sr. Muffins.

              – ¡Ay, qué divino! –dijo, con un tono amanerado.

              – Es el gato de la señora Estrada, la panadera del frente.

              – ¡Ay, qué divino!

              – Viene a visitarme de vez en cuando. Sabe que por estas horas recibo gente, le gusta que lo acaricien, así que es mucha veces la mejor forma de calmar a algunos pacientes. Para ser un gato, se da bastante bien con desconocidos.

              – ¡Ay, qué divino!

Volvió a reír.

              – ¿“Qué divino”? ¿A qué te refieres?

              – Hace algún tiempo Mariel estaba preocupada por la cantidad de groserías que decía, así que un día me obligó a acompañarla a un curso intensivo para aprender a moderar mi lenguaje, dirigido por una vieja pituca. Ahora, en lugar de decir “me importa una mierda”, digo “¡ay, qué divino!”.

Hizo un esfuerzo por aguantarse la risa, quiso parecer serio sin mostrarse molesto. Comprendió que su estrategia no estaba funcionando.

              – ¿Cómo está Mariel?

              – Usted dígame, habla con ella día por medio, prácticamente.

              – Cierto… pero tú eres su pololo.

              – Y usted su loquero, debería saber mejor que nadie, incluso mejor que yo, cómo está.

              – ¿Insinúas que ella no confía en ti? –preguntó, sorprendido.

              – ¡Alto allí! –rio– No voy a caer en ese juego, ¡no, señor!

              – Entonces dime cómo está.

              – ¡¿Cómo más va a estar?! ¡Está bien, al igual que todo mundo! ¡Ella está bien, usted está bien, esa bola de manteca rancia con pelo que se sigue meando en su ventana está bien…! ¡Y YO ESTOY BIEN! ¡¿Ya me puedo ir?!

              – … Veo que me sigues viendo como tu enemigo.

              – No shit, Sherlock.

              – Pero yo sólo quiero ayudarte…

              – Deje de cobrarme treinta lucas la hora y me va a estar ayudando el doble de lo que lo está haciendo ahora, ¡o incluso el triple!

              – Sabes que no puedo hacer eso. Además, no eres tú quien paga, es Mariel.

              – Con mayor razón entonces, lo menos que necesita es andar gastando plata en mí.

              – ¿No crees que lo valgas?

              – ¡No, lo que pasa es que no tengo ningún problema! ¡No se arregla lo que no está roto! ¡¿Tanto le cuesta entender eso?!

              – Mariel no tiene ningún problema, pero viene de todas formas. ¿Sabes por qué? Porque es bueno tener a alguien con quien conversar.

              – Para eso me tiene a mí.

              – Bueno…

              – ¡Es más! –interrumpió– Le aseguro que sé más de ella que usted.

              – Con mayor razón, dime… ¿Cómo está?

              – Está bien. ¿Ya? Por enésima vez: Está. Bien. ¿Cómo quiere que se lo diga? ¿En inglés? She’s fine. ¿En portugués? Ela está bem. ¿En Francés? Elle est très bien. ¿En alemán? Sie ist fein. ¿En chino?...

              – Ya es suficiente –lo detuvo, intentando no reírse–, me quedó claro, ella está bien.

              – Listo, eso sería. ¿Ya me puedo ir?

              – Mmmm… la verdad es que te dejaría, pero… el otro día estuve hablando con ella, y se veía… preocupada.

Previó al instante hacia dónde se dirigía la conversación. Suspiró en desesperanza, miraba su reloj preguntándose cuánto más tendría que continuar con esa farsa inútil.

              – No quiso contarme qué le molestaba, dijo que no era importante…

              – Es que en realidad no es importante –lo interrumpió.

              – ¿Qué es, entonces?

              – Está preocupada por una amiga suya que está saliendo con un imbécil, sólo eso.

              – No suena como algo que debas tomarte a la ligera.

              – ¡¿Y por qué debería importarme?!

              – Estábamos hablando de ti cuando lo mencionó.

              – ... Oh… ya veo…

              – ¿Qué cosa?

              – ¡¿Estás diciendo que soy un imbécil, no?! ¡¿Que trato mal a Mariel?!

              – Yo no he dicho eso…

              – ¡Pero lo insinúas!

              – Yo sólo…

              – ¡Debería matarte, eso debería hacer!

Se echó a reír ante la amenaza.

              – David, no seas…

              – ¿No me crees capaz? –amenazó, colocando una navaja en su cuello.

              – Ya, David –trató de disuadirlo, aún riéndose–, no hay necesidad de armar un alboroto.

              – Voy a pintar el piso con tu sangre, a ver si eso te gusta.

              – Adelante, no tengo nada que perder.

Para su sorpresa, realmente no parecía tenerle miedo a la muerte.

              – ¿Te crees más duro que yo, acaso? ¿Crees que puedes jugar así conmigo, quitándome tres horas de mi vida a la semana?

              – Yo sólo quiero ayudarte.

              – No, quieres quitarme la plata y a Mariel.

              – Yo…

              – Estás teniendo una aventura con Mariel, ¿cierto? ¿Te besuqueas con mi polola? –presionó aún más la navaja.

              – Yo no hago eso –aún sin mostrar miedo.

              – ¡No te creo nada! ¿Sabes qué? No te pienso matar, no lo vales… te voy a demandar, me las voy a arreglar para que te quiten la licencia.

              – Adelante, como gustes –concedió, aún tranquilo.

 

Nada parecía alterarlo. En ese momento ya no podía imaginarse nada que pudiese intimidarlo, que lo hiciera sentirse amenazado.

              – Me tienes cansado. ¡Todos los días lo mismo! “Háblame de esto, háblame de esto otro, háblame de ti, bla bla bla”. ¡Siempre lo mismo!

              – Bueno… ese es mi trabajo.

              – ¡¿Por qué siempre tenemos que hablar de mí?! ¡¿Por  qué no mejor hablamos de ti, eh?! ¡¿No te gustaría eso?!

              – …

              – ¡Dame acá! –le quitó el fichero donde anotaba y también el lápiz– Cuéntame de ti, ¿cómo te sientes?

              – David… necesitas calmarte –respondió nervioso, casi pálido.

              – No, yo no necesito calmarme –respondió juguetón, sin rabia, con un repentino cambio de ánimo–, pero tú necesitas decirme quién eres. Vamos, háblame te ti, ¿o de qué quieres hablar?

              – La sesión terminó.

              – No no no no no, vamos, cuéntame algo, lo que sea. ¿En qué piensas? ¿Cómo te sientes? ¿Una historia? No sé… ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?

              – ¡Jazmín!

En ese instante abrió la puerta una joven mujer.

              – ¿Sí, señor?

              – Por favor, acompañe a David a la salida.

              – Sí, señor. Por favor, señor…

              – Ya…sí, ya –dijo tranquilo, cansado, derrotado–… ya conozco la salida.

Antes de salir se acercó a la joven mujer y le susurró algo al oído, luego desapareció.

              – ¿Qué paciente viene ahora?

              – Ninguno, señor.

La joven se acercó al escritorio y abrió uno de los cajones sacando una botella de alcohol, algodón, una jeringa y un pequeño frasco de vidrio con un extraño medicamento en su interior.

              – ¿Cómo que ninguno?

              – Todos los demás llamaron para cancelar su hora –dijo mientras llenaba la jeringa.

              – Qué extraño, eso nunca ocurre.

              – Siempre hay una primera vez para todo. Y ya es hora de su medicamento, señor.

              – ¿En serio? –preguntó molesto– ¿Otra vez esa cosa del demonio?

              – No le diga así, señor –dijo mientras levantaba una manga de su camisa y limpiaba su brazo con una mota de algodón untado en alcohol–. Sabe que es por su bien.

              – Sí, sí, lo sé… es tan sólo que…

              – ¿Tan sólo que qué, señor? –preguntó mientras insertaba la aguja de la jeringa y aplicaba el medicamento.

              – Que cada vez que… que cada vez que… que cada vez que lo tomo me da… mucho… sueño –cayó dormido a un costado del sillón.

              – Esa es la idea.

              – ¿Ya se durmió? –preguntó una voz fuera de la habitación.

              – Sí, ya se durmió.

              – Muy bien –dijo entrando nuevamente a la habitación.

              – ¿Puedo decirle algo, doctor?

              – Dígame.

              – Es un muy buen actor.

              – Por favor, no me diga eso –entre risas–. Es por culpa de ello que tengo que atender a este hombre.

              – No es cierto, es por culpa mía –respondió una mujer en delantal blanco detrás de él.

              – Pero si no es… “Mariel”.

              – ¿Disfrutaste tu cita con el loquero… “David”?

              – No. Como todas, la sufrí.

              – ¿Y es que acaso no quieres hacer feliz a “tu polola” con sus caprichitos? –dijo juguetona mientras se le acercaba.

              – No eres mi polola, eres mi jodida esposa –le dio un pequeño beso.

              – ¿Algún avance?

              – Ninguno. Seguimos sin saber nada sobre él, salvo que jura de guata que es un psicólogo y que tiene un miedo terrible a hablar de sí mismo.

              – ¿Intentaste amenazarlo de muerte?

              – Nada, incluso creo que le dejé una marca en el cuello con la navaja.

              – Eso está mal.

              – Lo único aquí que está mal eres tú creyendo que podremos sacar algo de este hombre.

              – Oh, vamos…

              – Amor, por favor, míralo. Llevamos seis meses con esta farsa haciéndole creer día tras día que es un psicólogo y nosotros somos sus pacientes, y aún no conseguimos siquiera que nos diga  su nombre. Está demasiado degenerado para poder curarlo.

              – ¿Y te molesta que te quite tu “preciado tiempo”, o que esté usando tu oficina?

              – … Además –rio.

              – Sólo un día más, ¿ya?

              – Amor…

              – Vendré yo, y te prometo que si no consigo nada se lo derivaré a Raúl, el del ala B del hospital, y no volverás a verlo. ¿Ok?

              – Mmmm… ¿Lo prometes?

              – Lo prometo.

              – Mmmm... Está bien, UN día más.

              – Gracias –contestó feliz.