Historia de una ficción por Bastián Besnier Di Biase

Ilustración: Martín Vega

 

Todo comenzó con el gen del mal. Que lo tenía José Luis Calva Zepeda, que lo tenía Luis Alfredo Garavito, que lo tenía el chacal de Nahueltoro. Imbéciles, decían en las universidades, en los laboratorios. Querer simplificar el mal… ¿Cómo podría entrar este en el ADN? Pero la ciencia funciona así; un día eres un hereje, o peor aún, un soberano imbécil, y al otro revolucionas la completa concepción del ser humano, ¡y sin embargo, se mueve! 

Todos reían en ese entonces. Primero fue el del mal. Mucho desprecio, mucha burla por parte de la academia. Luego fue el gen de la avaricia, de la imaginación y de la conciencia y ya no se reían para nada, todo cambió. Había un ambiente de cóctel, de pequeños canapés del derroche, el sonido del brindis ante el futuro prometedor. Les siguieron los de la intuición, de la satisfacción y del dolor. Fue cosa de un minuto y se les escapó de las manos. Un grupo de investigadores en Japón, haciendo caso omiso de las protestas evangélicas y los intentos de boicot de un grupo anarco-primitivista, secuenció el gen de la felicidad. Un escalón más cerca del sol, como queriendo lavarle los pies a Dios. La era de la selección genética llegaba a su pináculo. 

Después, el revuelo mediático de haber encontrado el gen de la felicidad. Algunos estaban destinados a ser infelices, hicieran lo que hicieran. Debido a la tendencia innata de buscar la felicidad como si fuese un fin, un concepto alienable de la naturaleza. Una vez identificado el gen, la pregunta a continuación era clara: ¿Cómo hacemos para tomar este gen, multiplicarlo e insertarlo en nosotros? La solución definitiva a la búsqueda incansable del ser humano estaba ahí: el sistema crisper. En mi tiempo todos lo conocían. Por su acrónimo, CRISPR era un sistema descubierto en bacterias que permite insertar genes en los cromosomas, incluso, de humanos. Estaba ahí, esperando su entrada triunfal en los anales de la Historia. El gen de la felicidad fue la última pieza del rompecabezas. Que ingenuos fuimos, imagina, hace tantos años ya y todavía creemos que existe algún tipo de fórmula para la vida misma. Pero todo calzaba, era como si las respuestas estuviesen allí. El gen de la felicidad, descifrado, más un sistema para incorporarlo. Qué ingenuos. 

Fueron los japoneses y su presión social. Lograban cosas increíbles, sí, pero no los envidiaba. Ellos juntaron ambos descubrimientos: crisper y el gen de la felicidad. En un comienzo los trataron de embusteros y poco serios, al principio. Al principio, porque con el correr de los días llegaron no sólo interesados en invertir, sino voluntarios como sujetos de experimentación. Una sola inyección, dos meses de incubación y el gen era tuyo, uno con tu genoma, esparcido en cada célula de tu humanidad. Muchos de quienes se ofrecieron eran millonarios excéntricos, claro, una tecnología tan avanzada y prometedora como para rozar la satisfacción total no podía ser alcanzable para todos. Al poco tiempo lo abandonaban todo; los activos en la bolsa, la empalagosa casa, la empleada extranjera y desaparecían quién sabe hacia dónde. Al final los que lo probaban terminaban vacunando a toda su familia y luego de sentir los resultados, desaparecían también. Muchos hablaron, pero en realidad nadie sabe hacia dónde iba la gente luego de la inyección. El impacto fue fulminante, la maravilla se esparció por todos los rincones del planeta. Desde Tokio hasta Quito, de Santa Cruz de la Sierra pasando por Qatar y desde Oslo a Mozambique. Todas las familias más acaudaladas del orbe querían probar “el beso de Singapur”, como lo llamó la prensa.

El revuelo enloqueció la economía. Los grandes inversionistas de cada país habían escapado quién sabe dónde, y con ellos, el flujo más importante de dinero en el país. La especulación comenzó a reinar. Las amplias oficinas, esas de aire acondicionado y panorámica de piso sesenta y cinco, vacías, todas vacías. De un mes para otro la gente comenzó a vivir en un éxtasis pleno de haberse librado de aquellas bestias opresoras de la maquinación capitalista. Los jefes flexibilizaron los horarios y los empleados comenzaron a tomarse la semana con dos hielos. Las botillerías estaban de fiesta extendida y en cada avenida principal reinaban las comparsas. Aquellos que vivían en el Olimpo, que explotaban al jubilado en obligación de trabajar, que despedían a la embarazada, aquellos que hacían el amor con la fuerza especial y eyaculaban dólares sobre la balanza de la justicia ya no estaban, se habían ido, habían desaparecido misteriosamente. En todas las esquinas se escuchaba la cumbia de moda, una pegajosa y repetitiva, escrita en gratitud a la ansiada libertad. La policía restante, esa porción que no tenía apellido para la felicidad y que no daba abasto para el descontrol, terminó doblegándose y se unió a la celebración. La fiesta no duró mucho, es decir, duró hasta que el alcohol comenzó a escasear. El alcohol y los cigarros. Fueron meses de desenfreno, las calles apestaban a vómito, basura y orina. 

Habiendo escapado los mayores inversionistas, de a poco se fueron debilitando las influencias del Estado y los partidos políticos sobre la población. Ya nadie trabajaba en los municipios y el gobierno no era capaz de ejercer función alguna a costa de la falta de recursos. Al final, el pequeño agricultor volvió a sus hectáreas, el pescador al mar.  Ya sin la prohibición estatal de semillas o la veda en épocas de reproducción, se extrajo todo sin freno alguno, a pesar de los pequeños intentos de revertir la situación. Hasta la helada que azotó en noviembre de ese año. Allí murió todo, no tenían para poder surgir nuevamente. Las reservas de alimento estaban completamente vacías y la gente empezó a sentir el hambre de verdad, esa de la que hablaban los grandes cuentos e historias. Debieron robar para poner el pan en la mesa y mentir para calentar el té de la once. Era eso, la fragilidad del ímpetu humano: cazar o morir. 

Los recursos se hicieron escasos. En las ciudades faltaba el papel higiénico y la gente moría en las salas de espera de los consultorios. No había anestesia, no había antibióticos ni medicinas. Día a día los asesinatos por un pedazo de pan eran más frecuentes. El desabastecimiento era la imagen de las urbes: supermercados vacíos, centros comerciales desiertos. La postal más recurrente eran las peleas a la llegada del camión de mercancías a las ferias locales. Algunos, navaja en mano, intimidaban a quien se atreviera a amenazar su pequeña porción. Muchos de ellos vendían su porción ¿Para qué? Ya nadie usaba el dinero, todos hacían trueques para salvar el almuerzo porque los productos habían encarecido, al menos, diez veces su precio normal. Y así, salir de tu casa era aventurar en la jungla. Los mendigos morían congelados en los inviernos, las madres se secaban hasta los huesos para amamantar a sus hijos. Los árboles se cernían frondosos sobre las veredas, ya no había quién los podara. Las alcantarillas tapadas y los edificios juntando el cebo de los años. El campesino llegaba a la ciudad escapando del campo; el citadino llegaba al campo escapando de la ciudad. En tiempos así la vida se convierte en una fuga de gas.

Y Eustaquio Cárdenas, la chispa. La gente desesperada depositó ciegamente su confianza en él, con tanta labia y tanto carisma. Así mismo como surgió, de improvisto, se proclamó líder ciudadano del movimiento revitalizador de la economía, la sociedad y Dios: PPF, el partido por la fe. Anclado en los restos del legado católico que todavía dirigía los corazones de las masas, juntó al pequeño clero todavía existente con los ínfimos núcleos militares que habían quedado marginados de la peregrinación hacia la felicidad. No tardaron ni tres meses para comenzar a retener bienes, usufructuar viviendas y acumular alimentos en nombre de Dios y sus enviados. Todo para lo que ellos mismos llamaron el temible despertar del Señor: que se abrirían los cielos, que los jinetes del apocalipsis purgarían el mal de los hombres y que las plagas terminarían lo que habíamos empezado los hombres. ¡Arrepiéntete, sométete! 

Esto no fue del agrado de los remanentes político-ateo-comuno-liberales que todavía no despertaban de la resaca de un comienzo. En una noche fría de abril proclamaron, a la vieja usanza (panfletos mal traducidos del alemán antiguo), que habían aunado sus consignas en un eje: declarar la guerra social a toda organización que buscase acaparar los recursos y el bienestar. Esto, en sus propias palabras, bajo un solo movimiento unificado: la Vanguardia Popular. Nadie nunca supo si adoptaron el nombre bajo una concepción castrense o si cuadraban muchos artistas en sus filas. Daba igual, no marcaba diferencia alguna. Artistas, escritores, filósofos, vagos, poetas. Todos los cuerpos hacen el mismo ruido al chocar con el suelo. Ambos movimientos ofrecían lo que no tenían para sumar gente: fusiles, terrenos, seguridad. Los más idiotas o desesperados cedían y morían, según sus familias, como mártires a la patria o a una idea. Como mártires, fueran del color que fuesen, total, los soldados son siempre daltónicos. 

En ese momento sólo podíamos escondernos y esperar. Pero hubo muchos que no lo resistieron. Fue una masacre. Nunca olvidaré a José Quevedo, compañero del colegio, en ese entonces reconocido biotecnólogo. Asesinó a su familia entera y se terminó suicidando con un disparo en la sien. A los dos meses recibí una carta suya a mi nombre, sus últimas palabras fueron: Si de algo estoy seguro es que, si existe la felicidad, no está allí afuera.

Luego vinieron los exilios, la inmigración, el desplazamiento hacia tierras más calmas. Ese era el plan, pero no existía tierra más calma que la del pasado, un pasado que cada día se volvía más lejano y difuso. Cruzamos la cordillera en busca de ayuda en el país vecino. Lo que encontramos nos quebró la moral (a los que todavía nos quedaba). Media población muerta, un quinto encarcelada y la demás obligada a trabajar en la tierra. Nos encarcelaron el mismo instante en que tocamos territorio extranjero. 

Los efectos de la manipulación genética habían sido globales y de dimensiones imprevistas. El Estado, si se podía llamar así, incitaba a los hombres de las fuerzas armadas a violar a sus mujeres para aumentar los nacimientos, que ya en ese momento sumaban negativo con la mortalidad. El sol de enero todavía no evaporaba los charcos de agua que diluían la sangre de nuestros hermanos vecinos. Así fue cómo muchos de la caravana que cruzó la cordillera decidió doblegarse y prostituir su vida al miedo. Otros, en una noche nublada y aprovechando la falta de energía eléctrica, escapamos y nos perdimos en la oscuridad de la cordillera. Rehusamos de morir así, pero algunos ya no tenían la fuerza, ni de cuerpo ni de alma. Todas las noches empujábamos por el barranco dos a tres cuerpos de alguno de nuestros hermanos muertos; abuelos, primos. 

Cruzamos de vuelta y nos preguntamos: ¿Dónde vamos? Nada tenemos y ya nada anhelamos. Largos días de discusión entre los designados de cada familia, hasta que una joven mencionó una noticia que vio en internet antes que todo cambiara. Se regalaban terrenos en el sur del país en sectores apartados y desolados, pero que ofrecían una gran oportunidad para establecernos. Quizás no hubiese nadie, quizás seríamos los únicos vivos todavía. Decidimos que era un buen plan y comenzamos el éxodo. Habíamos perdido comunicación con cualquier ciudad hacía meses y cuando divisábamos a lo lejos un movimiento posiblemente humano, nos escondíamos atrás de unos sauces o lo que estuviese al alcance. Éramos a lo sumo quince familias, a lo más cien individuos. Tuvimos que reaprender lo esencial para sobrevivir: si tenías salud cazabas, si cojeabas o sufrías algún malestar preparabas la cena, la choza semanal o enseñabas a los niños sobre la nueva vida que llevábamos. Luego ya se convirtió en la nueva manera de vivir (si no, sobrevivir). Por ejemplo, al principio fornicábamos tras los arbustos del camino, pero mientras pasaba el tiempo, encontrábamos cada vez más jóvenes fornicando a vista y paciencia de todos. Nos habíamos acostumbrado a la higiene citadina por lo que el ardor y las secreciones blanquecinas de los sexos eran problema habitual. Por suerte existía una botánica en la manada, si se podía llamar así, que a la larga fue tomando el puesto de curandera, abasteciendo de yerbas, pomadas y asistiendo los partos.

Fueron años, por lo bajo dos, hasta que decidimos asentarnos en un descampado a la orilla de un río turbio y tranquilo. Pero nuestra llegada no fue el establecimiento pacífico que imaginamos. Un grupo de gente igual al nuestro, con frondosas barbas y jeans harapientos, nos recibieron con piedras, palos y amenazas. Esta es nuestra tierra, esta es nuestra agua, decían. Intenté intermediar y me dieron con una vara afilada en el rostro. Sentí el ardor cortopunzante y un cálido hilo bajando por mis mejillas. No teníamos fuerzas, por lo que decidimos seguir río arriba en busca de otro lugar para asentarnos. Ahí encontramos la llanura en la que hoy está la villa. Aun aquí tuvimos una violenta bienvenida de otro grupo de personas, pero ahora decidimos pelear y resistir con lo que teníamos; piedras, palos y amenazas. Después, semanas de talar árboles y construir los cimientos de una sociedad, una nueva, esta misma en la que hoy vivimos. El hito de inicio de ésta no fue de celebración ni mucho menos, fue dormir y descansar, llorar a nuestros muertos. Se comía lo justo y necesario, pero se recordaba más de la cuenta. 

Con el paso de los años, los ancianos de la villa, hijos de los fundadores que nos acompañamos a sobrevivir, parecían haber sido engañados por un demonio tan antiguo como el tiempo. Acaparan las mejores cosechas, violan a nuestras hijas, escupen sobre el cadáver de nuestros vecinos mientras azotan a sus huérfanos esclavizados hasta que el dolor los convierte en páginas en blanco. Olvidaron que todos arrancamos de la catástrofe, que somos hijos del desastre. Hoy los jefes adiestran a los chicos a repudiar a los poblados vecinos. ¡Bestias salvajes!, gritan, mientras dibujan hombres horribles desgarrando niños pequeños. Les enseñan en las aulas esta es nuestra tierra, esta es nuestra agua, mientras el corazón de los chicos se inunda de un sentimiento antes desconocido.  Incluso, los niños nacidos de relaciones intervillanas han sido lanzados al río antes de la semana de vida. Nunca hemos podido vivir en paz, y creo que nunca lo lograremos.

Soy el único sobreviviente de tiempos más violentos, aun estos no me dejan indiferente. Ya en el final de mi vida la Historia pareciera ser un fractal del comportamiento humano, que independiente del avance tecnológico, se hace cuando se escribe y se revive al leer y recordar. Hoy nuestra Historia se repite y mañana se seguirá repitiendo, hasta que alguien se atreva a decir basta. Hasta ese momento, continuaremos siendo una testaruda repetición presente del pasado desdeñado.