Iscariote por Eric D. Haym Fielitz

 

El sacerdote levantó la vista del antiguo pergamino que estaba revisando y cerró los ojos, murmurando una plegaria a Dios. Con lentitud, enrolló el manuscrito, lo tocó con la frente en señal de devoción y se levantó. Aunque no había llegado a los cincuenta, sentía el paso del tiempo como un lastre y sus ojos, luego de muchas noches en vela tratando de entender la voluntad de Adonai, ya no le respondían bien.

Colocó el rollo en su lugar de la estantería a un costado de la habitación, alisó con sus manos la larga túnica negra, adornada solamente con los símbolos de su rango, y humedeció los labios con un sorbo de vino. La puerta, de golpe, se abrió.

- Disculpa que te interrumpa, Rabí, pero tienes una visita inesperada.

El sacerdote que entró en la oscura estancia era de menor edad y sus ojos claros como el agua helada delataban un espíritu fanático y burlón que impulsaba sus jornadas. La ironía era su terreno predilecto.

- Ya no es hora de recibir a extraños… - protestó el más viejo.

- Dame permiso para insistir. Este hombre parece venido desde los mismos infiernos…

- Oh Annas, ¿acaso debo atemorizarme con su presencia? – preguntó el sacerdote. – Dime ya, ¿quién es?

El otro sonrió con algo de malicia, se hizo a un lado y el visitante nocturno entró.

Con pasos lentos, el recién llegado se ubicó en el medio de la habitación. Las llamas de las lámparas le iluminaban mal, pero a pesar de ello el sacerdote le reconoció. El tiempo había cambiado su fisonomía. Sus ojos, otrora centellantes, aparecían mansos, derrotados. Su cabello, encanecido con premura, caía a su espalda atado por una sucia cinta de color indefinido y la barba, larga y gris, acentuaba su imagen de abandono.

- Esta es una visita sorprendente, querido amigo – dijo el sacerdote cuando logró salir de su asombro inicial - ¿A qué debo el honor esta vez, Judas, hijo de Simón? ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última oportunidad en que nos vimos? ¿Cuatro años, quizás?

- Tres…

La voz de Judas sorprendió a Caifás. Seguía siendo aguda como el silbido de la serpiente.

- Tanto tiempo, y tan poco… Pero toma asiento, por favor. Por tu semblante y tus raídas ropas diríase que has caminado mucho para llegar hasta aquí. ¿Tienes hambre o sed?

- Agradezco tu hospitalidad, pero no voy a quitarte mucho tiempo.

Caifás avanzó hasta el centro de la habitación. A tres pasos de Iscariote le observó con detenimiento. Oh Adonai, pensó, este hombre se está consumiendo. Parece más bajo que en mis recuerdos.

- Después de la muerte del hijo del carpintero, desapareciste. Habíamos cifrado esperanzas de que siguieras colaborando con nosotros, pero todos los esfuerzos por encontrarte fueron vanos. Creímos que habías retornado a tu pueblo de Karioth, en Judea.

- Me fui de Jerusalén. Renté una casa rodeada por un campo yermo al sur de la ciudad, lejos de los caminos transitados.

- Treinta siclos bien invertidos… - murmuró Caifás.

- El precio de un esclavo a cambio de un pequeño beso – deslizó Annas a su espalda.

Iscariote se estremeció al sentir esas palabras, pero logró dominarse. No deseaba que los sacerdotes se aprovecharan de su debilidad.

- He venido a hacerte un presente, Caifás, a cambio de una respuesta. Luego de ello, me retiraré en paz.

- Has sido bienvenido en esta morada en paz y así lo serán siempre los amigos. ¿Qué deseas saber de mí? – preguntó Caifás con dulzura.

- Solamente una cosa: ¿valió aquello la pena?

Un instante de silencio se interpuso entre ellos. Sus miradas se sostuvieron, pero ninguno pudo adivinar los pensamientos del otro.

- Extraña pregunta la que me formulas, Judas, hijo de Simón. Es algo que, creo, debes haber meditado más de una vez durante todo este tiempo. ¿Valió acaso la pena para ti?

- Él era mi rabí, mi maestro. Y le entregué por el precio de un esclavo… - dijo Iscariote con un hilo de voz.

- Sin embargo, recuerdo que esgrimiste razones poderosas cuando te presentaste en esta sala para ofrecer prenderlo – sostuvo Annas – Un revolucionario, un blasfemo, un rabí que pretendía reclamar para sí el trono de Israel. Eso sostenías. Y tenías razón en cada palabra. ¿Ya nada de eso tiene valor? ¿Qué ha cambiado con su muerte, que ahora la duda te hace temblar como una hoja en otoño?

- ¡No tiemblo por ello! – dijo Iscariote con vehemencia – Solo sé que fui engañado por Adonai.

Con un gesto, Caifás impidió que Annas contestara la blasfemia. Los años le habían enseñado el valor de la tolerancia.

- Adonai no engaña, mi amigo. ¿Crees acaso que tú fuiste el instrumento exclusivo de su voluntad? De alguna forma, todos lo somos, ya que todos somos sus hijos. Somos su pueblo elegido. ¿Por qué razón estás convencido de haber sido engañado?

Iscariote sabía que sus lágrimas se habían secado hacía mucho tiempo.

- Mi maestro abandonó su comunidad en el desierto para convertirse en conductor de su pueblo – contestó – Buscaba su libertad. Quería restablecer el orden de Dios en esta tierra. Su tierra. Le conocí predicando en los caminos y creí, no sé bien cómo, que él era el mesías de la Casa de David anunciado por los profetas, el elegido de Dios para liberarnos de la tiranía de Roma. Pensé que enardecería el alma del pueblo en contra de los extranjeros, que tomaríamos las armas, que se haría valer y asumiría el papel de Rey y Sacerdote, tal y como enseñan nuestras tradiciones… Sin embargo, de sus palabras surgían otras razones. Su idea de luchar contra el enemigo no era convencional. Creía que les podíamos ganar, no con la guerra, sino con la paz. ¿Puedes imaginar eso, Caifás? Mi incertidumbre era absoluta. ¿Cómo era posible comenzar una guerra amando a tu enemigo? Era inconcebible… Con el tiempo comencé a sospechar que yo era un revolucionario que se equivocó de revolución.

- Yo le recuerdo en el patio de nuestro Templo, abofeteando a los comerciantes y destruyendo sus pertenecías… Parecería ser que sus seguidores no comulgaban mucho con tus ideas, Judas – intervino Annas, mientras Caifás bebía un sorbo de vino.

- De hecho – dijo Caifás con un tono tranquilo - apenas su cuerpo se enfrió en la tumba que nuestro colega de Arimatea le cedió, sus acólitos se dispersaron y no hemos vuelto a saber de ellos, por suerte… Soy curioso, Judas. Yo puedo entender que un rabí harapiento, surgido de esas cuevas de serpientes del desierto, pudiera ser peligroso en potencia para los intereses que tratamos de preservar en Jerusalén. Los equilibrios que debemos mantener siempre se pueden vulnerar cuando un loco pasea por las calles enardeciendo el ánimo de la gente. También era peligroso para Roma, en una extraña coincidencia que nos unió… Por eso le ejecutaron. Pero ¿era acaso peligroso para ti? ¿En qué momento te decepcionó tanto como para traicionarle?

- Yo no le traicioné – sostuvo Iscariote casi en un susurro.

- Ah, ¿no? – contestó Annas, sonriendo con maldad - ¿Y cómo llamas acaso el vender su libertad y poner la vida de ese miserable en manos de los salvajes sanguinarios que nos gobiernan?

- No hice nada que no contara con su aprobación…

- ¿Cómo? – exclamó Annas con vehemencia, sin poder aceptar lo que estaba escuchando – ¿Acaso el pobre loco quería morir como mártir? ¿En nombre de quiénes? ¿De nosotros? ¿De ti, Judas? Es inaceptable… ¿Tanto desprecio tenía por su vida?

-  El maestro no deseaba morir como mártir, sino que esperaba una señal de Dios.

- Una señal de Dios… ¿El hijo del carpintero quería que los cielos se abrieran y Dios apareciera en persona? ¡Es una locura! ¿Una señal para qué cosa? – preguntó Annas, apenas conteniendo la indignación.

Judas cerró los ojos un momento y meneó la cabeza.

- Tan ciegos son… ¿Acaso no lo ven? Su plan era sencillo y su fe en Dios inquebrantable. Se haría prender por los romanos y a una señal de Dios, el pueblo se rebelaría contra los tiranos y contra quienes les ayudaban… Sí, contra ustedes mismos. Esa noche habló conmigo, lejos de los demás. Dios le había manifestado su voluntad, me dijo. Yo debía venir a tu presencia, Caifás, y ofrecer prenderle. Luego, Dios haría lo suyo. Hasta el último momento esperó ese signo que anunciara el comienzo del fin de la dominación de Roma. ¿No le escucharon al final implorar por Dios? Pero Dios no apareció…

Un escalofrío recorrió la espalda de Iscariote al recordar a su maestro, colgado de un madero, cubierto de sangre, sudor y barro luego de recibir un castigo inhumano. Ya casi sin aliento, con las muñecas y los pies atravesados con clavos y apenas pudiendo respirar, buscó con la mirada extraviada a su esquivo dios. Pero nadie había ahí. En ese instante supo que todo había sido en vano. El martirio y el sacrificio no levantaron al pueblo contra los asesinos invasores, el cielo no se abrió y la ira de Dios no cayó sobre las cabezas de sus enemigos. Su dios, al que amaba tanto como a un padre, le había abandonado a su suerte en esa cruz sin hacer algo para impedir su muerte.

- Era mi amigo - dijo Iscariote en susurros - Con ninguno de los otros hablaba de estas cosas, salvo conmigo... Los otros me odiaban por extranjero, por no haber nacido en Galilea, porque el rabí me confiara el bolso de la comunidad. Yo era el encargado de las beneficencias. A ellos les contentaba con parábolas, con enseñanzas sencillas y sin vuelo. A ninguno le confiaba sus deseos, sus miedos, sus ambiciones, salvo a la de Magdala y a mi… Ninguno de ellos estaba preparado para la lucha. Ninguno entendió cuál era su misión. Le seguían con la mansedumbre de un cordero, guiados por un pastor de otro mundo.

- Tus quejas ya son vanas e inútiles, Judas, hijo de Simón – dijo Annas – Ninguna de esas lamentaciones, por más sinceras que sean, va a hacer posible que ese pobre diablo se levante de su tumba. ¿Quién era él para designarse a sí mismo como representante de Dios? ¿No lo somos todos acaso? ¿De dónde sacó tanta soberbia? ¡Qué extrañas y peligrosas ideas conciben esos locos del desierto!

- Hoy me preguntaste si todo ese sacrificio había valido la pena. Tú ya sabes la respuesta. Siempre la has sabido. La sangre derramada por un solo hombre no vale tanto como la vida de un pueblo entero – Caifás parecía cansado. Miró a Iscariote con benevolencia y cierta ternura paternal. Le tomó por los hombros y le abrazó. Annas supo que ese era un gesto que él jamás hubiera concedido.

- Nada debes temer, mi amigo. Lo que hiciste, ya fuera por mandato de un loco o del mismo Adonai, bien hecho está y nada lo puede remediar. ¿Hay algo más que desees saber o que pueda hacer por ti?

Iscariote permaneció unos instantes en silencio. Su mirada vagó por la habitación, los rollos de la Ley, las lámparas que a esa hora hacían proyectar las sombras de los hombres sobre las paredes desnudas. Nada había cambiado desde aquella tarde cuando se presentó ante el sumo sacerdote. Sin embargo, todo era ahora distinto.

Las palabras de Caifás eran sinceras. Las razones de los hombres siempre se pueden escrutar. En cambio, Adonai, desde los tiempos pretéritos de los profetas, jamás se había dignado en comparecer ante su pueblo para explicar sus erráticos procederes. Una sonrisa más parecida a una mueca de dolor le adornó el rostro.

- Has sido honesto conmigo, Caifás, y te lo agradezco. Este presente es tuyo.

De entre sus ropas extrajo una bolsita de cuero y la extendió hacia el sacerdote. Caifás la tomó con curiosidad y la abrió. Al hacerlo, sintió como si ese saquito se hubiese convertido en una braza ardiente y le quemara la mano. Dio un grito ahogado y lo dejó caer al piso de piedra. Las monedas de plata rodaron hasta los pies de Annas.

- Mis manos no están manchadas con la sangre de un inocente. Pero las de tu dios sí lo están. Que tengas una larga vida, amigo Caifás.

La oscuridad de la noche se tragó la triste figura de Judas hijo de Simón, conocido como el Iscariote. Pocas personas supieron de él desde entonces. Vivió una larga vida, aunque alguno jure que vio su cuerpo colgado de un árbol junto al acantilado.