La bufanda blanca por Juan Mihovilovich

Ilustración: Martin Vega

 

La bufanda tenía dos particularidades: era larga y blanca.  De estas dos características Pedro podía ufanarse. Cada vez que salía de compras o visitaba algún museo su bufanda relucía por las viejas esquinas donde hombres opacos lo veían pasar envueltos en sus oscuras y cortas bufandas.  Pedro pasaba por el lado o en medio de ellos vanagloriándose de su nueva bufanda blanca.  La sacaba de su cuello y agitaba despectivo en un lento movimiento circular, que echaba hacia atrás, temerosas, las cabezas de hombres y mujeres.  La bufanda de Pedro revolucionó, en cierta medida, el estilo de la ciudad, la que como pocas del país estaba plena de presagios oscuros, de lluvia y viento sofocante. Quizás por ello la gente se arropaba tanto y cubría parte de su rostro escondiéndose de los elementos.  A veces uno que otro transeúnte, por olvido, salía a cara descubierta y no era extraño hallarlo tirado cuan largo era sobre las veredas heladas con las manos aferradas al cuello como el último deseo de vivir.  Por eso Pedro no quiso marginarse de los habitantes cuando llegó de tan lejos y luego del primer día compró la única bufanda blanca que nadie jamás quiso comprar, sin que se tuviera claro el por qué.  Simplemente era un tácito acuerdo ciudadano, pero Pedro cometió lo que se consideró por la mayoría, una trasgresión irreverente.  Por lo demás una bufanda blanca sobre un fondo blanco constituido por la nieve les significaba una irreligiosidad, de ahí que se decía que el contraste debía primar, sobre todo. Se le comunicó a Pedro que no cambiar la bufanda equivalía a romper el mágico encanto del paisaje, cuya monótona contradicción blanquinegra se vería rota por su osadía.  Pedro sonrió, la gente no. Lo miraron con odio. Lo remiraron y se fueron reobservándolo a medida que se alejaban de espaldas.  Pedro sintió algo de temor al quedar solo en medio de la plaza, se tocó la bufanda alrededor del cuello y contempló los árboles blancos de nieve que empezaban a gotear sin aviso. Examinó el cielo, donde las nubes cambiaban rápidamente su apariencia a oscuras tonalidades mientras una suave y negra nevazón iniciaba su caída sobre las calles de la ciudad.  Pedro sintió tanto miedo que sacó su bufanda arrojándola lejos, pero la nieve se hizo más espesa y cuando su mirada no distinguía ni los árboles, ni la catedral, ni el quiosco de la plaza, tuvo un inesperado momento de lucidez.  Corrió hasta donde había botado la bufanda, la lanzó hacia la rama de un árbol que tanteó bajo la nieve y al anudársela al cuello y balancearse débilmente, las nubes se tornaron blancas, los árboles emergieron húmedos, pudieron verse desde la plaza los edificios del centro, las campanas repicaron con alegría, dóciles y sumisas, y una suave nevada cayó tristemente sobre el cuerpo de Pedro que pendía de su larga bufanda, que ahora sí era negra.