La cofradía de la tierra plana por Óscar Barrientos Bradasic

"Trashumantes personajes de las puertas, desgreñados y pálidos, con sus
cabellos humosos, con su enorme saco de tristezas a la espalda, irrumpen
en la vida llenos de pesar, descoloridos y friolentos como sus sueños
echados a perder todos los días".

Rolando Cárdenas

I

La idea de la redondez de la tierra suele ser una noción tan repetitiva y persistente que el peso de su evidencia lentamente comenzó a vaciarse de significado, al menos para nosotros, los habituales del Café Caissa.

La esfera suspendida en la sinfonía planetaria, girando tras los cuerpos luminosos carece de atractivo cuando vislumbramos el plano de Euclides, como una enorme alfombra que se prolonga en una bóveda tan larga como el universo mismo.

Y es un precioso hallazgo saber que los afiebrados cosmógrafos que imaginaban la tierra como frontera de un abismo donde habitaban los monstruos de la antigüedad coincidicen en su imaginario con las gentes del vulgo, que caminaban por una tierra plana tras sus empresas triviales… todo esto, antes de Ptolomeo, la búsqueda del paraíso perdido y la vuelta experimental.

Se transita mejor por este mundo, sabiéndonos peregrinos de una carretera inconmesurable, tras las huellas y el anagrama silencioso, donde un paso llevará al siguiente, y ése a otro…

II

La Cofradía de la Tierra Plana era un grupo que se reunía los jueves en el Café Caissa, uno de los viejos locales de Puerto Peregrino. Allí se realizaban, aquel día, actividades propias de un club de ajedrez, por ello un inmenso mural en la pared, de bocetos algo rústicos, bosquejaba en todo su esplendor a la musa protectora.

Se trataba de un grupo alegórico, o dicho de otra manera, una masonería del silencio que se dedicaba a echar por la borda, las teorías físicas más elementales y comprobar que los poderes hegemónicos - auspiciados por mentes siniestras - nos habían sometido a un embuste de naturaleza catastrófica.

Los integrantes de la Cofradía eran muy variados. Habían tipos impersonales y taciturnos, pero también ancianos jubilados, bebedores melancólicos, prostitutas retiradas, gordos tristes, lisiados, enfermos terminales, adolescentes confundidos, actores fracasados y una amplia fauna de seres con pocas razones para circular por un globo demasiado redondo como para tropezar de nuevo con sus propias y respectivas caricaturas.

Durante aquellos jueves, los integrantes de la Cofradía, explicaban en disertaciones (que no mezquinaban el elogio) todas aquellas razones por las cuales la tierra era plana y no redonda.

Plutarco no estaba invitado a esas reuniones, nada de vidas paralelas ni eternos retornos. Para ellos, el mundo era más bien como un tablero de ajedrez.

Para los cofrades, segmentos nada despreciables de la historia política y económica de la humanidad se fundamentaban en escandalosos sofismas. Allí escuché que el Mapamundi de Mercator era resultado de una matemática dudosamente exacta en desmedro del método empírico, y también oí pacientemente las acusaciones de budo libelo desmesurado, imputadas a las crónicas de Marco Polo.

Alguna vez vi a alguien referirse a Mallarmé como un ideólogo de la teoría planetaria y observé atentamente, a un profesor de aritmética enseñar una nueva lógica parecida al azar, basada en silogismos a los cuales se les agregaba una cuarta sentencia a manera de moraleja poética.

Pero no sólo eso, la circularidad era el rostro visible del absurdo triunfalismo al calor del café aldeano y la mezquindad. Todos los miembros de la Cofradía coincidían en que la esfera vuelve sobre sí misma, reitera sus antípodas esperando una nueva vuelta de rueda para replantear un equívoco, el retorno sobre los propios pasos.

La aceptación de la tierra plana significa acatar que el fracaso es la marca de origen de la condición humana, y saber de antemano que la noche está incorporada a nuestros días, que caminamos por el horizonte infinito con el espíritu despejado de una redondez befa.

La rutina de todas las sesiones era un ceremonial emparentado con una solemnidad declamatoria. Los integrantes de la Cofradía de la Tierra Plana cerraban las puertas del café y entonaban una especie de salmo orgulloso de los equívocos:

"¡Hermanos de los tres puntos cardinales!

Blandid vuestros cetros señoriales,

anuncien al mundo el nuevo mensaje

la mentira se funde en el dibujo de la luna.

Marchad por la tierra plana tras la noche,

el hechicero y el artista encontrarán la paz,

el alfil y el peón en diagonal caída,

la eternidad es un cangrejo de cristal.

¡Hermanos de los tres puntos cardinales!

Blandid vuestras espadas medievales,

tras la tierra plana y prometida,

tras el sol oculto en las estrellas"

Luego de este himno ceremonial, se daba tribuna a uno de los expositores y terminada la conferencia se entregaban a los arbitrios del ajedrez.

Yo frecuenté el Café Caissa con insistencia y llegué a ser un miembro pasivo en la Cofradía de la Tierra Plana. Jugué ajedrez en sus mesas y si bien, todavía no me convenzo de que la tierra es plana, hoy tengo la certeza de que tampoco es redonda.

El fundador de esta sociedad de pensadores que llegó a ostentar un número nada despreciable de socios, se llamaba Eugenio Martel.

III

No puedo decir que fui amigo de Eugenio Martel, por lo tanto no argumentaré que me duele recordarlo. Su difuso legado, eso sí, adquiere un inusitado calibre para mí en una época vacua y cargada de gravedad, y a medida que el tiempo transcurre, va aportando nuevos elementos de comprensión de la realidad.

Haber compartido algunas palabras con él, fue como conocer un río torrentoso y desaforado, totalmente fuera de su cauce.

De su vida privada no sé casi nada, de sus ideas sobre la realidad, perfectamente podría escribirse un tratado, especialmente por su gigantesca capacidad de coleccionar teorías epistemológicas para demostrar que la tierra era plana. Nada inusual en alguien que creía en el engaño de los sentidos y que el único mundo existente era el de los sueños y las teorías.

Martel era un tipo pálido, de mirada triste y mentón cuadrado. Erguido como una regla me recordaba un galgo, aunque su eterno vestón beige con su corbata roma y el barnizado bastón de málaca, le daban un aire de galán del cine mexicano de los años cuarenta. Pero ante todo era un nihilista romántico con toda la elocuencia de un centauro herido por la saeta de inquisidores de ceño altivo.

Había en sus gestos algún ademán de estadista, un aire de dirigente sindical que arenga a los ejércitos de naipes en el país de las maravillas. Eran proclamas enérgicas, palabras intensas que se esfumaban con la puesta del sol, ya que Martel rendía un verdadero culto al espejismo.

Y era curioso, que siendo un hombre de tierra, en su mirada se dibujaban las rutas perdidas del mar, llevándose a la rastra aquellos sueños incumplidos hacia un océano salado e insondable, casi glorioso.

-En nombre de la Tierra Plana y los tres puntos cardinales se abre la sesión- decía al inicio de la tertulia.

Su pensamiento lo conocí más bien por sus conferencias en el café Caissa y a través de diversas acotaciones a las ponencias leídas por los integrantes de la Cofradía.

Según Martel acariciaba hace muchos años la idea de la tierra plana, pero se convenció cuando vio desde un balcón, junto a unos amigos, una plataforma que se insinuaba en el mar como un espejismo que aparecía y desaparecía mientras en el horizonte se insinuaban unas leves manchas blancas.

Sus amigos argumentaron que el fondo del horizonte era un barco de gran velamen, que dada la redondez de la tierra perdía sus anchas velas y la plataforma el reflejo del casco metálico, apoyado por el intenso sol de la tarde. Eso explicaba el misterio.

-Es más hermoso creer que un submarino oriundo de las profundidades marinas sigiloso nos observa- decía enfático- y es desolador saber que el barco dará vueltas por un mundo para mostrarnos de nuevo su velamen. El mundo que nos importa está en la cabeza, no en el engaño de los sentidos.

Para Martel, desvaído pensador y jefe de tribu que admiraba lo mismo a Anaxágoras que a Nietzsche, a Platón que Cornelius Agripa, su pensamiento era una puñalada al afán racionalista y una forma de definir el fracaso como un imperio de la casualidad. Por ello, definía despectivamente al método científico como "el devarío laborioso", el componente principal de los venenos de Bizancio.

Elaboró mapas con entusiasmo de geógrafo avezado para explicar cómo la tierra es un plano que navega en el espacio.

No era un plano perfecto sino más bien un trozo de espejo que se abría espacio en medio de los planetas, un cristal refractario caído de lejanos soles incandescentes. De esta manera, Martel se definía como un geómetra y un soñador de quimeras dispuestas al juicio de una verdad asimétrica y descompuesta.

Su erudición era un manantial desbordante, tanto como sus múltiples soluciones en el ajedrez, espacio alegórico donde buscaba las jugadas más hermosas y no las más efectivas. De hecho a menudo recordaba la célebre cita de Alekhine: "Sólo es valiosa aquella memoria que sepa olvidar y sea capaz de no recordar aquello que duele".

Creo que Martel hizo de la metáfora una suerte de hermeneútica, un mecanismo legítimo para acceder a los indicios que otorga la realidad. En su planteamiento todo era un tablero de ajedrez, donde cualquier estrategia cobraba sentido y se activaban los espíritus de una confrontación sincera, como los duelos caballerescos.

Eugenio Martel se sentía un derrotado experto y un adicto al vicio luminoso de la paradoja.

De repente me asombraba que un espíritu tan ingenioso no prestase servicios a la verdad histórica. Eso era absurdo en él, que veía los átomos y moléculas como fábulas elaboradas por los siniestros espíritus de todas las burocracias de un globo que en realidad era un plano. Una vez le pregunté, no sin cierta cautela, cómo, con su imaginación y dinamismo, no pertenecía al mundo del éxito.

-Qué relevancia tiene que nos definan como un conjunto de células, que vivamos en un planeta redondo y que la vida sea una rueda. Eso no resuelve la angustia de vivir- contestó sorbiendo su café cortado - El hombre desciende de un viejo fracaso. Triunfa cuando lo reconoce y camina junto a él, como un espectro amigo.

Su respuesta no pudo ser más curiosa, muy a propósito de las páginas que se han colmado con episodios históricos en torno a la victoria y tan pocos sobre la derrota, la esencia del peregrinar humano por el mundo, ya que sólo desde el fracaso se puede escribir la historia de la lucidez.

Yo concurrí a las sesiones de la Cofradía de la Tierra Plana, al principio por un interés morboso, aunque con el paso del tiempo entre enroques y gambitos una parte de mí comenzó a cerciorarse de nuevos indicios para comprender la realidad: Es más hermosa la tierra como un navío que como un bólido, es más bella la derrota como amante en lugar de rival.

En una oportunidad jugué ajedrez con Eugenio Martel, una simultánea donde me derrotó con precisión y espíritu crítico. Esa fue la única vez que intercambiamos palabras largamente sobre una idea, que con el tiempo, sería significativa para el Café Caissa.

Ahí me dijo que él se sentía una reencarnación de Savielly Grieg Tartakower, el célebre ajedrezista que comandó tropas de asalto austríaco y del que se cuentan leyendas sobre su pacto con demonios. Recordó la famosa partida entre Tartakower y Crowley en el café du Gran Palais de París, en el frío invierno de 1930.

A pesar del supuesto triunfo de Crowley que algunos atribuyen a una estratagema tramposa, la maniobra de seis jugadas para rematar le parecía la más hermosa de todos los tiempos a Martel.

-Si hubiese ganado aquella noche Tartakower, todos habrían aceptado que vivimos en un error- planteó Martel- pero a él, le interesaba más la leyenda que el triunfo.

De porqué este hombre, durante esos jueves de ajedrez, se preocupó de convencernos que los verdaderos fracasados eran los economistas de la gran banca privada, los actores de televisión y los perfectos consumidores es un tema que nunca podré explicar con claridad, para Martel todos ellos morirían con el asombro dibujado en el rostro al reconocer el embuste.

El hecho es que durante mucho tiempo fue el ángel custodio de una utopía ilusoria y solemne, y dibujó sobre ese puñado de seres un mundo tan ancho y plano como nuestros sueños.

IV

Y puedo asegurarles que la tierra no siguió girando, al menos durante los jueves, en las tertulias del Café Caissa.

De esas jornadas, sólo coloquios entre hermanos alicaídos pero orgullosos de una travesía dramática por el paso sin sentido de los días, lánguidas tardes de ajedrez, entre el café cargado y la mesa coja. Quienes asistíamos los jueves, trocamos el tedio circular por un plano de aristas originales, transformando nuestra derrota en victoria, una moneda que circula en pocas manos, la de una verdad elocuente y certera.

También diré que la Cofradía de la Tierra Plana comenzó a crecer, expandiendo su fama incluso fuera de nuestras fronteras.

No obstante, ninguna de estas divagaciones serían posibles sin los claroscuros - a la manera del tablero - si los presagios que llevaba el viento de las veletas no anunciaran el encuentro con la cruz gamada.

V

Por esos días, Puerto Peregrino recibió la visita del General Morbius, implacable gobernante de la República de Bielovia y que gobernaba el pequeño país vecino con mano de hierro. Eran frecuentes sus historias de monarca cruel, aparte de oprimir a sus ciudadanos con alevosos y brutales servicios de inteligencia, había vendido a grandes imperios económicos tres cuartas partes del país y derribado el casco histórico de la ciudad, para construir en su lugar verdaderas catedrales financieras, centros de lujo y paseos peatonales donde circulaban anónimos seres, supuestamente felices.

Célebre era su proceder tiránico en aras del progreso como su personalidad carismática. Recorrió la ciudad acompañado de sus guardias armados y de una nutrida comitiva; resaltaba su altura y su larga capa de terciopelo azul casi llegándole a los tobillos.

Para muchos habitantes de Puerto Peregrino, Morbius no era más que un tiranuelo farsante, para otros se trataba del portador de una nueva verdad de la economía y un militar honorable.

Yo paseaba por la Puerta del Viento, aquella tarde, cuando en medio de la plaza se dirigió a los ciudadanos de Puerto Peregrino:

Ilustres y egregios ciudadanos peregrinos:

Es para mí un alto honor visitar esta pequeña y pintoresca ciudad, con la cual la hermana república de Bielovia pretende estrechar los más altos lazos de fraternidad.

¿Qué puedo afirmar ante esta gloriosa audiencia?

Nuestro país ha protagonizado la cruzada heroica por alcanzar una verdad que nos conmueve. ¿Se preguntarán a ustedes como es que Bielovia puede jactarse hoy en día de una economía floreciente? ¿Cuál es la clave de nuestro éxito?

Nosotros creemos firmemente que la propiedad privada es un concepto sagrado, la expresión auténtica y el espíritu de la verdadera libertad. Bajo esta luz tutelar, hemos agregado a nuestro solemne escudo nacional el temple de algunas certezas que muchos en el mundo se niegan a aceptar y que paso a contarles en breves y elocuentes palabras.

Durante siglos se ha enfrentado al empresario con su empleado.

No existe una diferencia rotunda entre los grandes empresarios nacionales y extranjeros en relación a la clase trabajadora, se trata de una relación de mutua cooperación entre dos sectores de un mismo capital. A ese viejo y anacrónico mito de explotadores y explotados yo lo reemplazaría por una dicotomía más feliz, se trata de empresarios y empresarios de sueldo menor, pero que contribuyen, sin duda alguna, a la palanca del progreso y a los destinos más altos de la patria.

Esos mismos hombres de bajo salario, pero de confianza y honradez pueden algún día (si así lo desean) convertirse prósperos propietarios de pequeñas empresas. Hoy por hoy, se sabe que hijos de modestos y humildes hogares han llegado a ser grandes de la industria, deportistas e incluso cardenales, mejor llamados Príncipes de la Iglesia.

Otra mentira alevosa que inunda nuestra región como un cáncer contagioso es que la privatización de las grandes empresas del Estado es entregar la nación a piratas extranjeros. ¡Qué mentira más barata y alevosa!

Nuestras Fuerzas Armadas han emprendido la titánica tarea de reconstruir el país creando un individuo competitivo, capaz de vivir en un mundo globalizado, donde la generosa mano de los países vecinos pueda invertir, traer las grandes trasnacionales a nuestro territorio y así, el gran empresario trabajará con inmejorables garantías y el humilde trabajador o mejor dicho socio menor de esta gran empresa llamada país, ejecutar su tarea en armonía.

Se dice también, que nuestras Fuerza Armadas reprimen. ¡No!, sólo cuidan a nuestros ciudadanos de ideas insanas, que no se aparten jamás de la senda de la virtud y la cordura.

Para ello, nuestro gabinete ha pensado en que lo principal es la educación. No podemos dejar la educación en manos de aventureros que prodiguen el odio de clases, sino tomar la experiencia de otros países que han visto en la escuela y la universidad una prolongación de emprendedor espíritu capitalista del que ya nos hablaba Weber.

Por ello nuestro país se ha contactado con las grandes escuelas de economía radicadas en Chicago para crear un proceso enseñanza- aprendizaje que aliente el progreso tecnológico y la tecnificación de la mano de obra.

Por este motivo, también prescindiremos de las principales carreras del llamado humanismo subjetivo -eufemismo de subversión- porque en ella hemos descubierto a seres esquivos y peligrosos, potenciales enemigos del progreso.

Imagínense, algunos de ellos llegan a afirmar que la tierra es plana.

(Carcajada del General, posterior y tardía carcajada del pueblo)

¿Ese es el mundo que queremos? La palabra globalización tiene su etimología en globo. Por ello, negar estas verdades patentes es tan absurdo como negar la gravedad o que la tierra es una redonda y perfecta esfera. Hasta Dios bostezaría escuchando esas calamidades retóricas.

Les digo esto como lo que soy. No soy un político, sino un hombre de armas que cree en un mejor porvenir para Bielovia.

Me despido con unas palabras de nuestro poeta nacional que dice: "Oh, Bielovia hermosa y pujante, tú eres tierra de progreso y desarrollo".

Espero, visitarlos pronto mis queridos amigos de Puerto Peregrino"

(Aplausos cerrados para el mandatario)

Mientras la ovación continuaba y unas señoras gordas y elegantes se acercaban al General Morbius con lágrimas en los ojos, yo me escurrí entre la multitud para concurrir al café. Era jueves y ya se me hacía tarde.

Se supo que Morbius, luego de su pomposo discurso, concurrió a saludar a algunas instituciones de beneficencia y se reunió en el hotel principal con diversos organismos empresariales.

No obstante, manifestó a las autoridades alcaldicias y edilicias de Puerto Peregrino, su interés por conocer el Café Caissa y a los integrantes de la Cofradía de la Tierra Plana.

Señaló - con ligera mofa - que le parecía inquietante una institución de ese estilo en una ciudad costera donde era posible ver a un navío perderse en el horizonte.

Morbius además de su retórica concluyente se jactaba de ser un fuerte ajedrecista.

Aquella tarde, el Café Caissa estaba atestado de gente. El general ingresó con porte altivo y una expresión que no podía disimular una mezcla de curiosidad e irrisión, mientras Martel lo esperaba con absoluta seriedad.

Al darse la mano con incierta simpatía, el encuentro entre el soñador delirante y el oportunista tiranuelo se restablecía el viejo mito fundado por los filósofos, esa zona de ignota y perturbada geografía que confunde la realidad con la ficción, reconstruyendo el encuentro entre Tartakower y Crowley, el alpinista soberbio y autor del Libro de la Ley.

-He querido conocer personalmente -señaló Morbius echando una mirada al viejo café- la célebre Cofradía de la Tierra Plana y a su venerable maestro.

Martel permaneció en silencio, pero sonrió con desgano.

-Desgraciadamente- reparó el General con una fruición algo vulgar- gobierno un país inmerso en una tierra redonda. Eso no invalida, por cierto, que juguemos una partida de ajedrez, cuyas leyes no se parecen mucho a la vida, pero al menos la simulan.

Eugenio ordenó las piezas con total calma y escogió las negras, porque- según él- es mejor que la oscuridad sea parte de nuestro entendimiento. Morbius se quedó con las blancas, diciendo que él defendía cosas obvias y transparentes como ese bello color nube y con ello, denunciaba el cinismo de quien dice mostrarlo todo.

-Éste es un buen momento para saldar una vieja deuda con los equívocos- señaló Martel acariciando la corona del rey- Nosotros decidiremos esta noche como en el café Du Palais. Si usted me derrota aceptaré la redondez del planeta como verdad primordial. Si yo lo venzo proclamará ante esta solemne Cofradía que la tierra es plana y su ideario, un evangelio de sofismas.

-Le doy mi palabra -asintió Morbius- pero jamás olvide que soy un hombre de armas y para mí, la guerra es una trampa.

Al instante en que los jugadores iniciaron el juego sentí que todo Puerto Peregrino se sumió en un profundo y prolongado silencio. La partida fue realmente antológica.

Morbius jugaba con paso firme y rostro imperturbable. Su estrategia era más ofensiva, casi desde las primeras jugadas se esmeró con efectividad en atacar la corona contraria. Sobradas razones tenía el general para jactarse de ser un jugador prodigioso.

Por su parte, Martel no evadió sus jugadas habituales, enroques y maniobras defensivas que traslucían más su idea romántica del ajedrez que su capacidad de derrotar al rival. Esto, durante las dos horas que duró el encuentro, daba la impresión que Morbius iba a arrebatar la dama en cualquier momento y a iniciar una serie de asaltos conducentes al triunfo.

Pero el semblante paciente de Martel se recuperó y el cuadro cambiaría con los signos de una tempestad repentina. En pocos minutos se daba el remate Tartakower- Winter con las seis jugadas finales.

El rostro de Morbius se descompuso cuando sólo faltaba el paso final para acabar el juego. Durante ese segundo interminable todo el mundo aceptó que la tierra era plana, ya que Martel vencía.

-Lo siento General- dijo alzando la pieza- Donde dice obviedad debe decir engaño.

Morbius respondió con voz baja y delicada, sin alterar el sinsabor de su semblante:

-Le dije que no olvidara que la guerra es una trampa.

El disparo pasó silbando el café. Al principio todo el mundo se miraba sin comprender.

De pronto, vimos el pecho de Martel ensangrentado y su cara de asombro, como si no entendiese que lo habían matado. Se desplomó sobre el tablero y una histeria recorrió el lugar.

El General lamentó la muerte trágica de Martel y le hizo un homenaje de un cinismo arrollador, ya que según él, debieron ser sus enemigos quienes intentaron matarlo, errando la bala. -Hubiese querido conocerlo más profundamente.

Pero todos los que vimos la partida sabemos que Morbius mentía.

Regresó al día siguiente a Bielovia donde siguió gobernando como un anciano deplorable, declarando años después que, a veces, debió exterminar obligadamente a los que no entendían las certezas incuestionables que cimentaban su obra.

VI

Hay que tener los pies en la tierra y el alma desmembrada en lentas vértebras sucias para vivir en un mundo tan redondo.

En la realidad no hay círculo ni plano perfecto, esa idea sólo habita en las mentes. Como la misma victoria o derrota, esa que incorporamos a nuestro peregrinar cuando escuchamos con insistencia viejas canciones que recuerdan amores frustrados, como escarbando en lo que pudo ser, como navegando en remotas historias, llevando la melancolía en el viejo equipaje.

O quizás, lo obvio puede ser atroz y lo ilusorio, mágico, no lo sé.

A veces paso por el café Caissa, hoy convertido en la sección abarrotes del supermercado más populoso de Puerto Peregrino. Nada en el lugar recuerda los episodios de aquel tiempo, sólo un tremolar de coros amnésicos, un manto de olvido, nada que recuerde que la tierra dejó de girar segundos antes del jaque mate.

Me pregunto que estará pensando Morbius en la soledad de su mansión, si reflexionará sobre el progreso o está considerando como habría sido el mundo nuevo si Martel hubiese rematado la jugada.

Plana la ruta de los baguales, plano el tañir de la campana, plana la mesa del carpintero, planos los personajes de una novela de aventuras, plano al cuerpo de la amante que espera, plana la espesura del bosque de Pan, plana la sílaba de luz, plano y eterno el camino que lleva a las quimeras.

Redondos los ojos que miran la noche, redonda la dicha del gandul, redondo el engranaje que tritura a los derrotados, redonda la moneda del sepulturero, redondo el escudo de un general, redondo Dios cuando bosteza, redonda la privatización del país de nunca jamás, redonda la sinopsis del dólar, redondo el grito de un siervo herido.

En lo que a mí respecta, continué de sueño en sueño, de bar en bar, de cuento en cuento, caminando como un rey sin corona por una carretera que se pierde hasta trizar los dedos del océano, un plano ajedrezado donde un paso lleva al siguiente, y ése a otro…