La invitación por Rubén Gómez Alarcón

La señora Elieda era una mujer de supersticiones. Se dedicaba a plantar frutillas blancas en su parcela, negocio de carretera que le cundía a pesar del clima magallánico. Había heredado el terreno de su padre, Don Laurindo, pero no solo eso. Las leyendas de la zona eran una pasión para él, pero a Elieda la espantaban. Perros que aúllan cuando viene la muerte, pájaros de cementerio, brujos, entre otros. Aún así pensaba que estaba a salvo de todo eso. Pero una noche…

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

Los pasos en el techo la despertaron. Pasos ligeros pero ruidosos.

- Animal desgraciado- decía Elieda mientras se levantaba de la cama.

Había vivido tanto tiempo en el campo que prácticamente tenía olvidada la existencia de los gatos en el reino animal doméstico, lo cual no quitaba lo raro en el que haya un gato por esos lares. Prendió su estufa y se puso a hervir agua. Los gatos no le inspiraban el mismo rechazo que los perros, pero rechazo a fin de cuentas por la supuesta mala suerte que los gatos negros traen consigo. De pronto se empezó a escuchar un fuerte maullido y más pasos.

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

-¡Gato de mierda!- gritó Elieda.

Gato negro o no, Elieda no soportaría ser molestada por ese felino. Ya la tetera chiflando, salió de su casa con un jarro lleno de agua hervida y una linterna. Iluminó el techo buscando al gato.

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Pasos rápidos por la derecha. Elieda iluminó la esquina derecha de su casa y vio unos ojos verdes brillantes. El gato dio un maullido amenazador.

-¡Fuera de aquí!- gritó y le tiró el agua hervida.

El gato lanzó un alarido para nada felino, ronco y escalofriante, como si se quemara un hombre en vez de un gato. Lo último que Elieda vio fue una cola peluda y negra desapareciendo rápidamente en una carrera por la pampa.

Una semana después, mientras Elieda cocinaba una cazuela, tocaron a la puerta de su casa. Pensando que era un cliente, atendió rápidamente al llamado. Cuando abrió la puerta, vio a un hombre alto vestido con un abrigo negro, botas negras, guantes grises y un sombrero fedora en la cabeza. Elieda se horrorizó al ver que este señor tenía la mitad izquierda de la cara quemada. El ojo izquierdo parecía querer salírsele de la cuenca. Aun así Elieda mantuvo la calma.

-Hola señor ¿Qué desea?

-Buenas tardes señora Elieda, quiero que me invite a cenar.

Elieda quedó algo anonadada. Un extraño elegante llega y le pide que lo invite a cenar como si nada. No supo que responder de inmediato, pero cuando recobro la compostura trató de hacerse cargo de la situación.

-Disculpe señor, se debe estar equivocando de lugar y de partida no lo conozco…

-Me lanzó agua hervida la semana pasada. Recién hace dos días mis quemaduras están curándose bien.

Elieda quedó petrificada. El gato negro…

-Sé que cuesta creer esto, señora Elieda, pero debe creerme cuando le digo que esa noche no quería molestarla, simplemente estaba en mi acostumbrado paseo nocturno.

-Usted está loco, se…

-Claro que no y lo sabe. No quería molestarla, pero su comportamiento tampoco fue el óptimo. Invíteme a cenar a su casa esta noche y no la molestaré más.

-¡Está loco si cree que lo voy a invitar a comer a mi casa!- y le cerró la puerta en la cara.

Esa misma noche mientras Elieda trataba de dormir, en su techo se empezó a escuchar: ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Cuando los pasos se detuvieron, fuertes maullidos llenaban los oídos de Elieda.

¡MIIAAAAAAAAAAAAAAAAU! ¡MIIAAAAAAAAAAAAAAAAU! ¡MIIAAAAAAAAAAAAAAAAU!

Elieda no podía creer que esto le estuviera pasando a ella. Aun así trató de dormir, pero no pudo. Al otro día durante la tarde, otra vez llamaron a su puerta.

-Señora Elieda, por favor, puedo seguir haciendo esto todas las noches.

-¡Déjeme tranquila, brujo!- y le cerró la puerta en la cara otra vez.

Esa noche el gato volvió. Y la siguiente. Y la siguiente. Elieda no aguantaba más. Quería dormir pero el “gato” no la dejaba. En la sexta noche no aguantó más los maullidos. Se levantó y salió de su casa con la linterna. Iluminó el techo y vio al gato negro con la mitad del cuerpo quemado.

-Lo invito a cenar en mi casa mañana.

El gato la miraba fijamente y movía la cola de un lado a otro. De pronto Elieda escuchó.

-Guarde cualquier motivo religioso que tenga dentro de su casa- y el gato se fue.

Al otro día Elieda se levantó y de inmediato guardó crucifijos, rosarios, estampitas y adornos de santos. En la tarde preparó una cazuela. A las ocho en punto llamaron a su puerta. Abrió, y el hombre de negro entró a la casa.

-Buenas noches, señora Elieda.

El hombre comió con voracidad mientras Elieda lo miraba, recelosa. Ninguno habló. Cuando el hombre terminó su cena, se levantó.

-Estuvo delicioso, señora Elieda. Lamento todas las molestias.

-¿Me dejará tranquila?- le preguntó ansiosa.

-Claro que sí, señora. Soy un hombre de palabra.

El hombre se dirigía a la puerta para retirarse, cuando Elieda lo detuvo.

-¿Cómo hace eso?- al ver la confusión en el rostro del hombre, especificó- Gato y hombre.

-Señora Elieda- abrió la puerta- Hay cosas que simplemente deben quedar como leyenda.

Y se fue. La señora Elieda jamás volvió a ser molestada.