La vida inauténtica por Eduardo Yáñez Rivas

Ilustración: Esteban Cárdenas Vargas

 

Ana Rocha, sentada sobre el pasto del parque La bandera, está aburrida aunque también podría decir que está desmotivada. Estoy seguro que hace tres mil años las motivaciones eran tan explícitas y urgentes que no había tiempo ni razones para sentirse desmotivada. La imperiosa necesidad de comer era suficiente motivación. En el caso de Ana, hay que ser honestos: nunca ha manifestado gran interés por nada, mucho menos por la carrera que estudia. Igual se da ánimos convenciéndose de que la Escuela de Teatro de la Chile es la mejor en teatro experimental, lo que se contradice con la certeza, siempre presente, de que todo eso no es más que una vergonzosa exageración. Lleva tres horas tratando de entender el método de Piscator, esa parte que explica el uso de los elementos técnicos y el modo en que este método supone la fusión entre actor y luz.

A propósito de luz: el color de las hojas del libro son de una incandescencia inusual lo que dificulta aún más la concentración y la lectura. No son blancas o son de un blanco que se esfuerza por mantenerse discreto pero que, inevitablemente, supera su propia claridad. Entonces lo razonable es pensar que es el reflejo del sol en las hojas lo que provoca esa incandescencia. Ponte las gafas le susurro, como si no quisiera despertarla o sacarla del letargo de esta tarde. Ahora está con las gafas puestas y puede distinguir mejor cada una de las letras que componen ese complejo método en el cual las sombras son parte esencial de la estructura.

Siento algo de lástima por ella. Antes de ponerse las gafas sus ojos se veían cansados y tristes, a punto de desaparecer atrapados por unas grandes y oscuras ojeras. Me pregunto si está mal sentir lástima. Hay una mujer que aseguró sentir lástima por mí hace unos días y es que, tal vez, me veo tan cansado como Ana. ¿Está mal que sientan lástima por uno? Bien, ni yo ni esa persona, sabemos a qué nos referimos con “sentir lástima”, porque entre todas las posibilidades, no muchas realmente, podría ser que la lástima hacia el otro, sea la misma lástima hacia uno y de eso no queremos saber, al menos no todavía.

Otra vez le hablo al oído. Deja el libro a un costado y estira las piernas, pequeña, pero el hormigueo propio de los ansiosos la empuja a tomarlo y abrirlo en la página 26. La misma urgencia del cosquilleo hace que lea sin detenerse hasta toparse con una palabra tan extraña que cuesta transcribirla, una especie de palabra impronunciable que, incluso, parece impensable. A ella no le importa o no se da cuenta.

El pasto perturba la mirada ahora que se puso ocre. Para Ana, estudiante de teatro y aficionada a la pintura, la definición del color ocre no representa mayor inconveniente. Muerde una manzana y la apoya sobre el pasto. Las hormigas captan su presencia y comienzan a explorar el lugar buscando la forma más expedita de abordar ese gran pedazo de materia viva y apropiarse de lo que podría ser el sustento de una colonia o de un grupo importante de obreras. En mi caso, o sea lo que yo hago en estas situaciones, es aplastarlas de a una con mi dedo pulgar hasta dejar una mancha negra sobre el pasto o la superficie en la que se esté llevando a cabo la matanza. Muchos, al igual que yo, se divierten jugando al dios despiadado y caprichoso que llevamos dentro y que es la manifestación más clara de nuestra cobardía. Esto me complica. No sé cómo decirle que no lo haga. Si todo vuelve a empezar y Ana abre el libro en la página 26 y lee hasta llegar a la línea 15, encontrará esa palabra incrustada en la hoja y deberá utilizar alguna herramienta para extraerla. Sus opciones son escasas: una pala, un diablo, un destornillador, un cuchillo, un cortaúñas, las manos de la abuela Norris, un prospecto. Se decide por el destornillador que lleva en la cartera. Ese es el comienzo de otra historia, la del destornillador que lleva en la cartera. No hay modo de evitar el encuentro. Le digo que se aleje, intento con sutilezas y luego con gritos y amenazas pero no me escucha porque, evidentemente, para ella no existo. ¿Para mí, existo?

Por cierto. Escribo estas líneas mientras espero que Ana reaccione porque la palabra incrustada será la causa de todas sus pesadillas y sus desventuras. Ella no lo sabe y esa ingenuidad la envenenará tarde o temprano. Deseo que algo llame su atención y la distraiga para quitarle el libro y permitirle situarse en las antípodas de su futuro que sería como llevarla de regreso a su pasado. ¿Para qué?

Volveré a hablar de Ana sólo para decir que está luchando, literalmente, con las hormigas que buscan apoderarse de su almuerzo y que a pesar de haber alcanzado a tragar algunas no hace lo que yo hago en estas situaciones porque ella representa algo que ya no existe. Quiero pensar que son los artistas los que crean, que el resto solo destruimos o nos paramos a contemplar la destrucción, impávidos e inútiles, que solo nos destruimos a nosotros mismos mientras los verdaderos artistas aman. Ana piensa que ella sí es una verdadera artista porque siempre ha dejado que la naturaleza sea la creadora de sus valores.  Ahora, eso del amor, todo eso del amor y el arte, el amor y los artistas. ¿Has amado alguna vez Ana Rocha? Las hormigas se apoderan de tu cuerpo y te dan ganas de aplastarlas. La manzana a tu lado se ve cada vez más grande.

Al brazo de Ana le han salido patas, pequeñas patitas llenas de pelos. Se siente tan cómoda que no duda haber encontrado su estado vital. Lo descubre cuando se da cuenta que está luchando con las otras por el pedazo de manzana que se ve gigante y suculento. La vida inauténtica es lo que propone Piscator pero Ana ya no piensa como se piensa, ni desea como se desea ni quiere como se quiere, porque ahora es evidente que la fuente de la creatividad está en la vida más que en el conocimiento.