Laberinto por Victoria Leal Gómez

Ilustración: Martín Vega

 

El edificio central del reconocido laboratorio DecodeMe era en extremo imponente, sobre todo para gente como Daniela, que en su calidad de estudiante nunca en su vida habían entrado.

Desde afuera la edificación recordaba al antiguo mito de la Torre de Babel, sobresaliendo de sobremanera en relación a las edificaciones cercanas que de por si ya eran extremadamente altas.

En esta nación industrial poblada de las sucursales de los laboratorios más influyentes en el globo era que debía presentarse esta joven estudiante universitaria quien tenía una gran esperanza de volverse toda una profesional.

Con sus sueños en su mente y sus tabletas de apuntes bajo el brazo, se internó en el edificio principal hacia aquella sala de recepción, iluminada hasta el punto de enceguecer hasta la vista del ser mecánico más avanzado.

El edificio parecía estar construido para generar la sensación de insignificancia pues aquel que mira hacia arriba siente una abrumadora sensación de vértigo y vacío mecánico. Mirando hacia arriba, podían verse todos los pisos de la tremenda estructura proyectándose hacia el cielo, y de frente a los recién llegados, una descomunal estatua de dos robots sin su cubierta de silicona que hacían un extraño dibujo con sus piernas y brazos, creando la clásica visión de doble hélice correspondiente al ADN humano.

Daniela avanzó hacia el mostrador de información, donde un amable asistente robótico emblemático del laboratorio le atendería:

—Buenas tardes -dijo la estudiante, nerviosa-¿podría indicarme cómo llego al Departamento de Psicología?

—Por su puesto, ¿tiene cita con alguien del departamento?

—Sí, verá, soy estudiante de Psicología en la Universidad del Este, actualmente estoy realizando mi especialización en Psicología de Seres Mecánicos. He venido a hablar con el doctor Weiss sobre mis prácticas…

—¿Sería tan amable de darme su nombre?

—Gauss, Daniela Gauss.

—Aquí tiene —la ginoide le entregó una diminuta llave-tarjeta— pase por el elevador, si fuera tan amable, el doctor Weiss está esperándole.

Daniela agradeció y caminó hacia el elevador, un enorme tubo de cristal con un módulo en el que apenas una persona promedio podía desenvolverse y que, en comparación con el tremendo ducto que se elevaba hacia la azotea del edificio-, parecía microscópico.

Entró en el modulo, la compuerta transparente se cerró tras ella. De las paredes, una agradable voz femenina le dio indicaciones:

—Por favor, indique con su voz el piso de su destino. Si es un visitante y ha recibido tarjeta-llave programada en el lobby, insértela en la ranura correspondiente.

Una diminuta ranura se encendió con una lucecita junto al panel de la compuerta. Daniela colocó la tarjeta-llave y de inmediato la voz respondió:

—Bienvenida a DecodeMe, señorita Gauss, llegaremos al Departamento de Psicología en un momento, ¿desea activar el bloqueo visual de la compuerta de cristal?

—No… así está bien

Indecisa, Daniela no entendía la razón por la cual entregaban la opción de bloquear la vista al exterior, mas cuando el elevador llegó en tres segundos al piso número veintiuno.

El elevador se detuvo, y se abrió la compuerta de metal que se encontraba en la parte trasera.

La voz del elevador indicó:

—Piso Veintiuno, Departamento de Psicología, señorita Gauss por favor, siga el sendero de luz hasta llegar al despacho del doctor Weiss.

Por la pared, una línea se iluminó con luz verde la cual fluía hacia afuera del elevador en dirección de los pasillos. Daniela la siguió hasta que se encontró frente a una compuerta de acero muy pulida, hasta el punto de ser un espejo que tenía grabada en una placa con letras de luz:

Doctor Eckhart Weiss.

Jefe del Departamento de Psicología.

Pensó en tocar la compuerta, pero se percató de que esta también tenía una pequeña ranura como la del elevador. Insertó ahí su tarjeta-llave y la compuerta se abrió despacio.

Daniela miró curiosa al interior del despacho. Estaba oscuro. Las luces se encendieron, iluminando la estancia, al tiempo que se escuchaba la voz de una hombre de mediana edad que decía:

-Adelante, señorita Gauss.

El doctor Weiss estaba sentado tras su escritorio. Usaba una bata de laboratorio con su gafete en ella, era un hombre de cabellos naranjos, de complexión asténica y pen manchada hasta el más mínimo rincón. Daniela notó que el doctor era un poco excéntrico pues carecía del implante en su lóbulo occipital, objeto que le abría ayudado a observarle sin tener que abandonar la butaca.

Ofreciendo la silla de su escritorio el doctor se puso de pie haciendo, un ademán de cortesía.

—Me alegra que viniera, señorita Gauss, ¿se encuentra cansada? ¿Le gustaría tomar asiento?

La estudiante apretaba sus tabletas de apuntes contra su pecho ante tanta caballerosidad, abriendo unos ojos inmensos mientras pensaba en que el doctor parecía venir del medioevo.

—Este… gracias.

—No me lo agradezca, después de todo, viajar desde una ciudad residencial a una nación industrial no es menor considerando que los vehículos son tan rápidos que uno pierde la noción de la gravedad.

—Sí, es verdad.

Tan pronto Daniela se sentó, el doctor Weiss se apartó hacia un enorme espejo en una pared distante a ellos, dando la espalda a la joven citada.

—Como sabe la Universidad de Ciencias Avanzadas y Sistemas Inteligentes le exige que usted realice un mínimo de seiscientas horas de trabajo práctico antes de poder graduarse. Entiendo que esta suma está bien para varias carreras, pero soy de la idea que en la Psicología de Seres Mecánicos valen más unas cuantas horas de trabajo excepcionalmente realizado que muchas de trabajo medianamente resuelto. De esta manera, la idea de que viniese aquí no es para plantear solamente el cómo realizará sus horas de práctica, sino también para realizarlas ahora mismo.

Daniela seguía con la vista al doctor en su estoica posición frente al espejo y trataba de seguirle en su razonamiento, mas no entendía cómo podía cumplir con sus prácticas justo ahí, en ese momento y sin ninguna preparación.

—Pero… doctor, yo no… no creo estar lista. Digo, pensé que esta sería solo una entrevista, no pensé que fuéramos a comenzar justo ahora.

—Bueno, no se preocupe. Si no desea hacer el intento de resolver el pequeño problema que le voy a plantear ahora y liberarse de sus horas de práctica prefiriendo pasar todas sus tardes de los próximos seis meses en un centro de servicio técnico explicándole a las personas por qué su robot doméstico se niega a jugar a las luchas con sus hijos o no puede tocar una simple melodía improvisada en la guitarra; está bien, es su decisión…

La seria y agradable voz del doctor Weiss hacia que tan amenazante declaración sonara incluso amigable.

La respuesta de Daniela fue sólo mover la cabeza de lado a lado, negando aquella visión de futuro tan funesta y fuera de sus ideales.

—Bien, me alegra que lo reconsiderara. Por lo de estar o no preparada, no se apure, sus clases en la universidad debieron haberla entrenado para lo que le voy a mostrar.

El doctor pasó su mano por el sensor de una pared y el espejo se volvió transparente, revelando tras ella una habitación bien iluminada, con paredes sencillas y sin decoración con una simple mesa metálica en el centro. En torno a la mesa, dos individuos uno frente al otro daban de perfil hacia la pared que se desvaneció en el despacho de Weiss.

Al lado derecho, sentado con el cuerpo hacia adelante perfectamente erguido; un hombre de cabello azul apoyaba sus codos sobre la mesa. Su mirada estaba perdida en el especio vacío de la pared de acero y no existía ningún signo de respiración presente.

En el lado opuesto, otro varón igualmente erguido y de mirada fija apoyaba sus palmas sobre sus rodillas. En una postura reflexiva, indagaba en los ojos de su contendor tratando de encontrar una respuesta inexistente.

—Acérquese por favor, señorita Gauss, puede traer la silla si gusta.

Daniela se puso de pie y contempló la escena detenidamente al tiempo que tomaba notas en su tabla.

—No reconozco a los modelos, ¿son nuevos, experimentales? Tienen la apariencia de estar fabricados en Sigma y no aquí, especialmente el de cabello azul.

—Eso no es relevante para el ejercicio.

—Uno de ellos está desconfigurado, ¿cierto?

—No puedo facilitarle esa información. Escuche por favor con atención, el ejercicio es muy simple. Sólo debe analizar los argumentos que cada uno de estos individuos expongan, y al final decirme cuáles, a grandes rasgos, son sus posturas y determinar quién de ellos tiene la razón. ¿Ha comprendido?

Daniela asintió con la cabeza y Weiss colocó su mano sobre el sensor de la pared para activar el intercomunicador de la habitación a través del muro.

Hecho esto pudo oírse claramente las voces de aquellos hombres que discutían sin muestras de ira, evidentemente ninguno de los dos tenía expresión humana así es que ambos eran androides.

—Hoy hay un estudiante junto al doctor Weiss, sería conveniente presentarnos.

—Es lo correcto. Buenas tardes, mi nombre es Xeres y tengo 20 años. Trabajo en un taller de mecánica automotriz.

—Yo soy UR-1L, un androide experimental diseñado para supervisar el Departamento de Diseño y Ensamblaje en laboratorios DecodeMe. La abreviatura de mi modelo es Uriel, puedes llamarme así, si lo deseas.

Gauss murmuró "lo sabía" al escuchar estas palabras del que había pensado que era un ser humano.

—¿Tienes inconveniente si te llamo sólo Uri?

—No, ninguno. Llámame como te parezca mejor.

A pesar de las palabras escuetas, Daniela ya formulaba la hipótesis de que uno era un humano con desórdenes psiquiátricos y el otro, un androide con “Complejo de Pinocho”. El problema era resolver cual de los dos era el humano: aquel que se presentaba de manera natural buscando esconder su delirio o aquel que hablaba de si como “modelo experimental”.

—Bueno Uri, temo que no estoy de acuerdo contigo. Verás, estoy convencida de que tú no eres un robot, tú eres un ser humano legítimo. Y no me creas si no quieres, mírate al espejo y lo verás.

—Mi apariencia es la de un ser humano, pero no lo soy. Soy un androide, una imitación artificial de un ser humano, un androide que busca parecer un hombre de carne y hueso para así no generar rechazo en la población que no maneja términos ni situaciones con seres artificiales. Puedo demostrar mi calidad de inorgánico resolviendo alguna situación que para un humano sería complicada.

Daniela escribió unas órdenes en su tabla y las envió a la IP de aquel que se presentó como Xeres, y este siguió el procedimiento al pie de la letra sin desvariar nunca.

-Vale Uri, si eres un robot esto será pan comido. Resuelve esto.

Xeres tocó un extremo de la mesa y esto activó una pantalla táctil frente a cada uno de ellos. En ella una ecuación brillaba en las pupilas de Uriel.

9.1475×2036.8=?

—Resuélvela, por favor.

Uriel la miró un instante, respondiendo  automáticamente con voz átona:

—La respuesta es dieciocho mil seiscientos treinta y uno punto seiscientos veintiocho.

—Bien —respondió Xeres —ahora ¿podrías ser tan amable de decirme la raíz cuadrada de mil sesenta y cuatro punto trescientos tres?

Sin pensarlo siquiera, Uriel ya enumeraba la respuesta:

—Es treinta y dos punto seis, dos, tres, seis, cinco, siete, cero, seis, cero, cuatro, ocho, dos, nueve, seis, cuatro, ocho, cero, cinco, nueve, cero, cuatro, seis, seis, ocho, seis, tres, uno, ocho, cuatro, uno…

-Ok, con esos decimales basta Uriel, ya sé que estas en lo correcto, ¿me permites un problema más?

—Por supuesto. La estudiante necesita datos estadísticos para probar su hipótesis.

—¿Podrías decirme cual es la derivada de la siguiente expresión?

Xeres tecleó en la pantalla lo siguiente:

f(x)= √(x^3+3x-2)

Tan pronto Uriel la vio, digitó en segundos lo siguiente:

f'(x)= (3x^2+3)/(2√(x^3+ 3x-2))

—Excelente —apuntó Xeres sin el menor indicio de sorpresa —pero temo que eso no prueba nada. Que puedas resolver esos problemas mentalmente en segundos no te hace un androide, sólo un ser humano muy inteligente.

—Estoy de acuerdo con su planteamiento.

—Sabes, yo soy un androide y no sé resolver estos enigmas porque son inútiles para las funciones que realizo actualmente. Dame una buena razón por la cual ellos y yo debamos creer que eres un androide.

—Respeto infaliblemente las Tres Leyes de la Robótica descritas por Isaac Asimov y adoptadas por las Naciones Unidas:

»Tal como manda la Primera Ley, soy incapaz de causar daño a un ser humano, o por inacción, de permitir que un ser humano sufra algún daño.

»Tal como manda la Segunda Ley, obedezco las órdenes dadas por un ser humano excepto cuando estas entran en conflicto con la Primera Ley.

»Tal como manda la Tercera Ley, protejo mi existencia siempre y cuando con esto no rompa alguna de las primeras dos Leyes.

Xeres asintió con la cabeza y relajó su cuerpo en la silla helada de acero pulido. En un gesto de nerviosismo, dejó de recibir la información de la tabla de Daniela y comenzó a comerse las uñas.

—Conozco las Tres Leyes Uriel, porque yo mismo las obedezco al ser un androide. Pero eso no te hace un robot, sólo una buena persona. Ahora, ¿serías tan amable de comerte esta manzana?

Mientras  hablaba, Xeres sacó de un compartimiento en la mesa una jugosa manzana roja y se la alcanzó a Uriel.

Tomándola, UR-1L la miró un segundo y le dio una mordida, la masticó y la tragó.

—Los robots no comemos. Los seres humanos comen, tal como tú lo haces —concluyó Xeres—Tienes que admitir que soy yo el ser artificial.

—Estoy equipado con un mecanismo de procesamiento de material orgánico. Me permite obtener energía de los alimentos, asimilando lo que puedo procesar y desechando lo que no, similar al sistema digestivo humano. De esta manera mi batería de Difluoruro de Xenón no se desvanece tan rápido y resulto ser un androide ecológico.

—¿Duermes?

—Sí.

—Yo y el resto de los robots no lo hacemos, no lo necesitamos puesto que no nos agotamos.

—Me sirve para ahorrar energía y poner en reposo mi cerebro positrónico para que sus senderos se terminen de organizar y comprender la información adquirida. Después de todo, fui diseñado para inventar, aprender y desarrollar ideas.

—¿Respiras? Yo no, puedes notarlo en la ausencia de movimiento de mi caja toráxica.

—Lo hago para terminar de completar el proceso de generación de energía, de esta manera obtengo energía para mi sistema sin emitir tantos desperdicios nucleares. Y es por eso que necesito comer, respirar y dormir. En mi calidad de robot experimental puedo poseer este tipo de obtención de energía alternativo que sea similar al humano con el objetivo de no generar contaminantes.

—Entiendo —Xeres se tranquilizaba un poco buscando no ser tan fastidioso a la vista de los científicos— ¿Sueñas?

UR-1L estudió la pregunta un momento.

—Define soñar.

—Bien pensado, Uriel —reconoció Xeres —entramos en el problema de la ambigüedad del lenguaje. ¿Me permitirías hacerte una última pregunta?

—Adelante.

—¿Tendría algún sentido construir un robot que sangre?

—No tendría ninguna utilidad implantar en un robot un sustituto o sustancia similar a la sangre. En todo caso, las sustancias liquidas que fluyen por el cuerpo de un ser artificial, como los lubricantes, lo hacen en cantidades tan reducidas que aunque fuesen perforados los conductos, su derramamiento seria casi nulo.

—Sí es cierto, he tenido algunas lesiones a razón de mi trabajo y así ocurre.¿Tú sangras?

Uriel pensó la pregunta, y dada su anterior respuesta, concluyó:

—No.

—¿Entonces de qué manera tu cuerpo transporta la energía obtenida?¿Podrías darme una demostración? Sólo un corte pequeño en un dedo o algo así.

Xeres sacó del compartimento de la mesa, una pequeña navaja, y se la alcanzó a Uriel.

—No debo. La Tercera Ley lo prohíbe, no debo causarme daño a mi mismo a menos que me lo ordene un ser humano. Deberás hacerlo tú por mí y comprobar por ti mismo que soy androide.

Uriel tomó la navaja y se la devolvió a Xeres.

—No puedo, estaría violando la Primera Ley, no está bien hacer daño a un ser humano.

Le pasó de nuevo la navaja a Uriel.

—Yo no soy un ser humano, soy un robot. Yo no puedo hacerme daño, tú si a mí ya que esto afirmaría la hipótesis.

—No eres un robot, eres un ser humano. Yo no puedo hacerte daño, tú si puedes hacerlo.

Al final, la navaja quedó en medio de la mesa, y ninguno de los dos quiso tomarla. Xeres evidenciaba confusión frente a lo que debía hacer mientras Uriel descansaba sus codos sobre la mesa.

El doctor Weiss colocó su mano sobre el sensor de la pared y pronunció:

—Gracias muchachos, es suficiente.

Deslizó su mano por el sensor y el espejo se volvió opaco de nuevo. Miró a Daniela, quien se encontraba pensativa y meditabunda.

—Y bien señorita Gauss, ¿cuál es su veredicto?

—Xeres asegura que Uriel no es un robot, mientras que Uriel afirma serlo… Además, Xeres explica que su naturaleza es artificial.

—Bien, esas son las posturas, ¿Cuál de los dos se equivoca?

Daniela lo pensó un momento, abrió la boca, pero ningún sonido salió de ella. Lo volvió a pensar, y cuando quiso decirlo, se arrepintió otra vez. Revisó sus apuntes y lo meditó más profundamente durante un tiempo.

El doctor Weiss daba vueltas por la sala blanca rascando su barbilla sin apartar de su vista la figura de la alumna.

—Es difícil.

—Lo sé.

—No me quiero aventurar a dar una respuesta equivocada, me parece que el problema por ahora no tiene solución. Necesito más datos acerca del comportamiento rutinario de cada uno entre otras cosas.

—¿Es esa su respuesta definitiva?

Daniela lo meditó una vez más, y desilusionada en medio de un suspiro, exclamó desilusionada sin poder decir algo mejor.

—Sí, lo es.

—Bien, señorita Gauss, notificaré a la universidad que queda usted liberada de sus horas de práctica. Buen trabajo.

—¿De verdad? ¿Aunque no di respuesta?

—A veces, el anticipar un resultado sin la información suficiente como para dar un veredicto es el peor error que podemos cometer, siempre es mejor tratar de buscar más datos.

—Lo entiendo, muchas gracias doctor. Sólo… tengo una duda —Daniela se detuvo en la compuerta antes de irse, miraba al doctor Weiss, interrogante -¿y si usted fuera quien realizara el corte a Uriel para ver si sangra?

—Eso resolvería el enigma .

—Entonces, ¿por qué no lo hace? Los familiares de aquel hombre con problemas mentales deben estar gastando una fortuna en el correcto tratamiento...

—Por dos razones...

Weiss miró a los ojos de la estudiante de manera tan limpia que parecía tener un dejo de inocencia.

—Primero, porque yo ya conozco la respuesta. Y segundo, porque yo no sería capaz de dañar a Uriel, fuera él un robot o un humano.