Labrador por Rubén Gómez Alarcón

Ilustración: Nicole Acuña Salinas

 

Mi amo murió esta mañana.

El doctor le dijo hace unos meses que tenía tal cosa en el hígado, que otra cosa se propagaba a sus pulmones y que estaba en proceso de mestatasis… metástasis… mesastatis… bueno, algo así era. Nunca se preocupó mucho por eso, decía “de algo tienen que morir los viejos”. Nunca entendí eso. Hasta esta mañana. Tanto tiempo que pasé con él y nunca le pregunté que era la muerte. Tantas cosas me enseñaron para ser un buen lazarillo, pero nunca me prepararon para ver a mi amo inmóvil y sin respiración.

De repente alguien abre una puerta. No…  Es “La Puerta”. No sé en donde está tal puerta, pero está.

La busco, pero no la encuentro. Cuando miro a mi amo acostado en su cama, no está solo. Alguien vestido completamente de negro está sentado a su lado y le acaricia el rostro con una mano huesuda. Me pongo a gruñir y me preparo para atacar al desconocido. Cuando empiezo a ladrarle, se lleva un dedo índice a los labi… dientes de su cráneo y me mira fijamente, diciendo: Shhhhhhhh.

La serenidad del desconocido me confunde un poco. Dejo de ladrarle, pero no pierdo mi posición de ataque.

  • ¿Cómo se llama usted? - me pregunta.
  • Lázaro - le respondo con un gruñido.
  • ¿Desde cuándo está él así? - apunta a mi amo.
  • Desde esta mañana.

Me mira con los huecos negros de su cráneo, algo divertido.

  • No le haré daño si eso es lo que piensas. Ni a usted tampoco. Solo vengo a llevármelo.
  • No podrás, no se mueve.
  • No, no. No me refiero a este muchacho - dijo mientras palmeaba la mejilla de mi amo - Hablo de ti.
  • No entiendo - le gruño, algo desconcertado.
  • A él lo vine a buscar esta mañana, mientras dormías. No para de hablarme de su querido Lázaro. Y bueno, ya no está ciego y me preguntó si podía verte. Pero no depende de mí, sino de ti.
  • ¿Cómo es eso?
  • En dónde está él, es un lugar sin retorno. No te puedo pedir que vayas, pero tampoco te lo puedo prohibir.

Verlo otra vez. Era todo lo que quería.

  • ¿Qué tengo que hacer?
  • ¿Tú? Nada. Yo me encargo.

El desconocido huesudo se pone de pie y se acerca a mí. Me empieza a acariciar la cabeza y el lomo. Sin darme cuenta, mi cola se pone a menearse de lado a lado. Lo admito, es agradable. Me tiro al suelo y el desconocido me acaricia la barriga, lo que hace que me ría y cierre y abra los ojos frenéticamente, envuelto en la agradable sensación. En cierto momento abro los ojos y el desconocido huesudo ya no está, estoy en un lugar muy luminoso y quien me hace cariño es mi amo.

  • ¡Amo! ¡Está bien, está bien, está bien! - le ladro y me lanzo hacia él con la cola descontrolada. Mi amo se ríe y me acaricia el lomo.
  • Tranquilo Lázaro, tranquilo. Te extrañé mucho, muchacho. Eres más grande de lo que pensé.
  • ¿Dónde está el desconocido huesudo?
  • A él no le gustan mucho las despedidas, pero es bueno. Incomprendido, algo caprichoso, pero bueno a fin de cuentas. Ven muchacho, juguemos. Ahora que puedo ver y ya no me estorba ese ruidoso palo, tengo unas ganas tremendas de moverme.

Entonces nos ponemos a jugar, a reír, a recordar tiempos vivos y seguimos jugando.