Lilith por Ignacio Rojas Maldonado

 

Debo admitir que conocer la ciudad fue una de las peores cosas que me pasaron en la vida. Desde que conocí los vicios y entretenimientos que puede ofrecer la sociedad citadina he perdido todo interés de la vida en la estancia. El arado, el cuidado de las ovejas, el rodeo, etc. Todo me parece primitivo ahora.

Ya no ayudo a mi padre con el pastoreo, lo cual ha provocado que tenga un resentimiento hacia mí, ahora apenas me habla, pero ¿qué se le va a hacer?, una vez conoces la sencillez que puede otorgar la tecnología, la diversión de los centros didácticos, la comida exótica, la televisión, el cine y todas esas cosas, solo ves la vida del campo como algo mundano.

Admito que no es correcto pensar así, no todo lo de la ciudad es superior al campo, es decir, el aire es más limpio, el atardecer es más hermoso y las noches son calmadas. Sin contar con los asados que hacemos entre los vecinos, los cuales siempre he disfrutado, hasta el día de hoy.

Aun así, algo que hace destacar a la ciudad sobre el campo, es su misticismo. Cuando estuve en la ciudad de Puerto Jaiba escuché muchas cosas extrañas que pasaban al llegar la noche. Algunos me contaban que en el cementerio, a cierta hora de la noche aparecía una mujer que hacía parar los taxis y que cuando ella se subía al vehículo desaparecía. También me contaron sobre espíritus que rondaban en las estaciones del metro y duendes que cantaban en los parques durante la madrugada.

Esas cosas, si bien me dejaban temblando hasta el día siguiente por el miedo que me causaban, siempre sentía atracción por escuchar esas historias de ultratumba. Si tenía la oportunidad de preguntar si había algo paranormal en algún sitio, ya sea un hotel, restaurante, escuela, cualquiera que fuese el caso, lo hacía, porque la intriga que provocaban estas leyendas urbanas en mi mente, la perturbación que me causaban, simplemente me encantaba. Sonará masoquista, pero siempre me ha gustado que la gente
me asuste, creo que es por el hecho de que mi abuelo solía contarme muchas historias de terror antes de dormir cuando era pequeño.

En fin, cuando volví al campo tres años después de haberme graduado de la universidad mi padre me recibió, como ya he dicho, con mucha indiferencia al ver mi poco interés por las costumbres campiranas. En cambio, mi madre y mi abuelo aceptaron mi nueva forma de ser sin mostrar ningún signo de repudio hacia mí. Tampoco voy a culpar a mi padre, enviarme a la ciudad no fue decisión suya, sino de mi madre. No es como que haya cambiado tanto, solo ya no disfruto la vida en la estancia, pero el respeto a mi familia y sus tradiciones sigue intacto.

A un día de volver a la ciudad para volver a ejercer mi profesión, decidí salir a cabalgar con mi abuelo por última vez. Fuimos hasta un río en donde la gente va a pescar en las mañanas. Allí mi abuelo y yo nos bajamos de los caballos y decidimos sentarnos frente al riachuelo para dejar descansar a los caballos y apreciar la hermosa vista que nos otorgaba el río posicionado entre dos colinas que decían adiós al sol.

En ese momento, tras hablar horas sobre lo que aconteció de mí en mis años en la universidad y lo que sucedió en la estancia mientras yo estaba ausente, le pedí a mi abuelo que me contara una historia de terror como solía hacer antes. Él rió alegremente diciéndome “tú no cambias Martín”, le respondí con una carcajada contándole sobre las historias que había oído en la ciudad, las cuales por triste que le pareciese eran más aterradoras que las que él solía decir.

En ese momento mi abuelo se quedó silencioso, sin borrar su alegre sonrisa de su rostro. Le dije que no hablaba en serio, que él siempre sería el maestro del horror para mí. Pero mi abuelo seguía silencioso. Estuvo así durante tres minutos hasta que rompió el silencio con una frase que no esperaba oír: “¿Te he contado sobre mi viaje a la ciudad cuando era joven?”.

Me sorprendió saber que él había ido a la ciudad años atrás, pues nunca había contado nada acerca de ello, ni conmigo ni con mi padre. Mi curiosidad se disparó hasta las nubes cuando escuché esto y al parecer mi rostro tomó una expresión graciosa pues mi abuelo apenas me vio soltó una risa seguida de un comentario que me dio bastante vergüenza: “Pareces todo un infante con esa cara”.

Tras cesar la risa, mi abuelo se acomodó sobre el pasto y empezó su anécdota con un tono muy serio: “Cuando me casé con tu abuela, me vi obligado ir a comprar una cama en la que los dos pudiésemos dormir, ya que en la casa solo teníamos dos camas individuales. Tuvimos que ir a una ciudad llamada Esmeralda…”. ¡Ah, ya veo, la que está al norte de Puerto Jaiba! – Le interrumpí – “Sí, esa, ¡y no me interrumpas hijo que después pierdo el hilo de la conversación! – prosiguió – una vez llegamos nos hospedamos en un hotel que quedaba en un barrio conformado mayoritariamente por pampa y pantanos, era un paisaje bastante extraño ya que el resto de la ciudad ya se encontraba, por así decirlo, edificada. Como sea, aunque te parezca extraño, lo más difícil fue encontrar una tienda que vendiera camas, ¡estuvimos tres días buscando una maldita cama para dormir! Pero finalmente tras 8 días de ir de izquierda a derecha por la ciudad pudimos encontrar una tienda que ofrecía la cama por trescientos pavos.

Nos alegramos bastante ya que al fin podríamos salir de ese moribundo hotel. En la noche solía escucharse cómo los vecinos se golpeaban o hacían el amor.

Antes de irnos acordamos de ir a comprar carne y pescado para poder celebrar con un asado al volver. Lamentablemente tu abuela tuvo que quedarse ya que le vino un resfrío y no me quise arriesgar a que empeorara su salud, por lo que tuve que ir solo a comprar las cosas, aunque, gracias a Dios, costó menos encontrar la carne que la maldita cama.
Aproveché de comprar chicha y algunas verduras para la ensalada. Sin darme cuenta ya eran las doce de la noche y todos los locales empezaron a cerrar. Lo peor es que no pasaba ningún auto o carretilla para que me pudiese llevar, así que tuve que resignarme con ir caminando hasta el hotel.

¿Sabes algo Martín?, como ya está empezando a atardecer creo que lo mejor sería regresar a la estancia”.

En ese momento nos paramos del húmedo pasto y empezamos a cabalgar lentamente de regreso a casa. El cielo había tomado un hermoso color rosado y un ligero frío empezó a cubrir el aire.

Continuó entonces mi abuelo: “cuando iba camino al hotel noté que no había gente en las calles, por lo que la noche se me hizo bastante solitaria. Decidí aumentar el paso ya que el hotel se encontraba a muchos kilómetros de donde estaba y para ser sincero, el silencio de la ciudad me perturbaba. Ya sabrás que el silencio del campo no es el mismo que el de la ciudad. Allí puedes escuchar el agua de las cloacas al caminar en la calle, los gatos maullando o los perros aullando. Ni hablar de las casas iluminadas en donde la gente se asomaba a veces a la ventana, apenas los veía ellos se escondían. Déjame decirte Martín que, yo nunca he tenido miedo de nada, ni a la oscuridad, ni a los fantasmas, demonios u otra superstición que vaya de boca en boca entre las personas. Yo he vivido encuentros con el otro mundo, como aquella vez que te conté sobre mi encuentro con un jinete fantasma”.

En ese momento asentí con mucha alegría hacia mi abuelo, esa anécdota de su encuentro con el diablo mientras volvía a la estancia cabalgando en medio de la noche. Me contó que un hombre completamente oscuro cabalgó al lado suyo y cuando mi abuelo se volteó para saludarlo este desapareció.

“Bueno ese no es el caso, – prosiguió – lo importante es que es difícil que algo me asuste, pero lo que me ocurrió al llegar a la carretera de la pampa y lo que aconteció después aun me sigue causando escalofríos.

Verás, cuando llegué a la carretera vi que a lo lejos había una persona con el brazo haciendo señas de querer que vaya hacia ella. Como de todas maneras iba hacia esa dirección decidí acercarme para saber qué deseaba. Cuando me acerqué considerablemente a la persona me di cuenta que era una mujer, bastante hermosa para ser sincero, no exagero al decir que su belleza era de otro mundo.

Antes de poder preguntarle algo ella me dijo que su nombre era Alisa y que estaba perdida. Le dije que podía ayudarla siempre y cuando su destino estuviese en dirección al mío, pues
me encontraba muy atrasado para preparar un viaje. Ella quedó viendo el piso y no me dijo nada, esto me puso un poco nervioso y admito que también me sentí mal por haber parecido tan desinteresado por su situación. Ya sabrás Martin que siempre he sido un caballero y un buen samaritano, no hay vez que yo niegue ayudar a alguien, pero la oscuridad de la noche y la falta de personas en la carretera hizo que me comportara como alguien desconfiado. Creo que ayudarla fue la mejor opción y ya sabrás por qué.
Al notar mi falta de respeto le pedí disculpas y le dije que la llevaría a su destino sin importar dónde sea. La mujer levantó la vista y pude notar un aire de asombro y admiración en su cara. Tras otro corto silencio me dijo: “Agradezco con todo mi corazón su buena acción señor, juro que lo recompensaré bien”. Tras eso, me dijo que iba al bosque BlackMud, el cual era una propiedad privada perteneciente a una empresa de expediciones. Anteriormente, había comprado leña en un mercado que estaba a unos kilómetros de ese bosque, por lo que dejar a esa mujer era pan comido.

Cuando nos pusimos en marcha noté que Alisa me miraba disimuladamente con una expresión de curiosidad, lo peor era que llevábamos 20 minutos caminando y nadie decía nada. Por lo que decidí romper el silencio y preguntarle el por qué iba hacia el bosque BlackMud.

Ella me miró mientras caminaba y me dijo que debía recuperar algo que había olvidado.

-Pero, ¿a esta hora se le ocurre ir?
-Sí.

Con esto el silencio volvió entre los dos. Seguimos caminando sin dirigirnos la palabra, aunque Alisa continuaba viéndome. Estábamos a unos minutos del lugar cuando Alisa rompió el silencio y me dijo:

-¿Usted es casado?
-Acabo de casarme realmente.
-¿Y es feliz?
-Por supuesto, amo a mi mujer.
-¿No la cambiaría por nada?
-Jamás.

Alisa se detuvo sin razón alguna y me miró con gran seriedad. Le dejé en claro que si es que la había ofendido, le pedía disculpas. En ese momento ella se me acercó y en voz baja me dijo:

-Los sentimientos son muy importante para las personas como tú. ¿Realmente no te sientes atado a eso?
-¿Cómo que a eso?
-A sentir afecto por los demás, amar a tu mujer. ¿Cómo puedes vivir así?
-No te entiendo.
-¡Bah! ¡Es obvio que no! ¡Bueno sigamos!

Me quedé extrañado ante esa forma de hablar, se que sonará raro cuestionar la manera de expresarse que tuvo ya que apenas la había conocido, pero si supieras el tono con que lo dijo, era como si estuviese hablando con una anciana o incluso un hombre, ya que su voz se escuchó muy grave, a diferencia de cuando se presentó ante mí.

Decidí hacer como si no me hubiese dado cuenta de ello y proseguimos hasta llegar al bosque BlackMud, el cual estaba cerrado con rejas de enorme altura. Había un letrero que anunciaba el nombre del lugar y un pequeño aviso que decía “SE PROHIBE EL ACCESO A PERSONAS AJENAS AL RECINTO”.

Bueno, – le dije – espero que pueda recuperar sus cosas, fue un gusto señora Alisa. Me di la vuelta para irme finalmente a casa cuando de repente alguien me agarró el hombro con gran fuerza, voltee y me di cuenta que Alisa era quien me sujetaba. Estaba tan nervioso ante la fuerza de ella que me quedé petrificado hasta que ella me dijo:

-¿Me acompañarías?
-¿No habrá problemas de que ingrese al recinto?- le dije nerviosamente.
-No, ¿lo harás?
-Está bien.

"No quería ir Martín, te juro que solo quería ir a casa con tu abuela para largarme al campo”. Mi abuelo empezó a respirar agitadamente, le dije que se calmara y que prosiga con la historia una vez lleguemos a casa.

Me encargué de dejar los caballos en el establo y al entrar a casa, mi abuelo estaba tomando un vaso de agua. Mi padre estaba junto a él con una cara muy preocupada.

“Martín, prosigamos con la historia”- dijo mi abuelo, quien ya estaba tranquilo. Me calmé al ver que ya había recuperado la compostura y me senté en el sillón continuo a él sin quitarle mi preocupada mirada de encima.

-Vamos hijo, ya estoy bien, lo juro.
-¿Estás seguro abuelo?
-¡SI MALDITA SEA! Es solo que realmente me pone nervioso recordar eso. Pero no por eso no te lo voy a contar, puede que te prevenga de pasar por lo mismo.

Mi padre que estaba oyendo dijo “¿le estas contando una historia de terror?”. Mi abuelo asintió y mi padre se echó a reír. “¡Ya empezaste con tus historias de ultratumba viejito!”-respondió mi padre en tono burlesco. Mi abuelo, enfurecido por la burla, le gritó: “¡Si solo vas a reírte de tu padre entonces vete!”. Mi padre, aparentemente entristecido por el desprecio de mi abuelo, se retiró a la cocina para buscar algo de comer.

“Bien Martín –continuó la historia- una vez Alisa me arrastró al bosque BlackMud me percaté, por lo poco que podía ver, que no había ninguna construcción en el lugar, ni luces, ni caminos, nada.

Alisa me llevó de la mano como si ella supiera el camino de memoria. Me dejé llevar por ella, supongo que fue por miedo a que me hiciera algo. Mientras avanzábamos me dijo:
“Una vez lleguemos juro que te dejo en paz”. No le respondí nada, solo pensaba en qué clase de lugar me encontraba y a dónde me llevaría esa mujer.

Tras minutos de caminar por la tierra llena de rocas y ramas en medio de la oscuridad, Alisa se detuvo en medio de un lugar en donde los arboles rodeaban el terreno en circunferencia, era como un oasis en medio del bosque en donde la luz de la luna iluminaba con gran esplendor. Al centro había una piedra perfectamente redonda que me llegaba a las rodillas. Alisa se paró en frente de la piedra y se volteó a verme, aun recuerdo claramente esto, sus ojos estaban brillando con un rojo color parecido al de la sangre, yo estaba a punto de echar a correr del miedo pero Alisa me dijo: “Tranquilo”. Tras esto se dio la vuelta y dirigiéndose a los árboles soltó de su boca unas palabras extrañas de nuevo con el tono incómodo de hace unos momentos.

Repentinamente, de la oscuridad del bosque varios círculos rojos empezaron a brillar, me había dado cuenta que esas luces eran ojos de personas. Te juro que vi mi vida pasar por un momento, estaba seguro que iba a morir, no se por qué, solo sabía que estaba en peligro. Un enorme escalofrío pasó por mi espalda, mis manos tiritaban y sentí que mis ojos estaban desencajándose. Pero volví en mí cuando escuché de nuevo a Alisa quien estaba de nuevo viéndome: “Gracias señor, ahora déjeme darle su recompensa”. Se acercó a mí mientras sacaba algo de su bolsillo, yo estaba tieso y apenas podía moverme, ella agarró mi mano y abriéndola me puso una piedra con tres agujeros los cuales hacían parecer al objeto como si fuese un rostro espantado. “Estarás bien mientras conserves esto, y si alguna vez te cansas de tus sentimientos ven aquí”.

Tras esto, Alisa se despidió de mí y con sus dos manos levantó la piedra que estaba en el centro del bosque como si fuese una simple bola de papel y se marchó hacia donde estaban los miles de ojos en la penumbra.

De alguna forma, Dios me ayudó para salir corriendo de allí, era como si de manera automática abandonase el bosque BlackMud sabiendo toda la ruta que tomé al entrar. Una vez en la salida escuché unos gritos parecidos a la de los cuervos pero como si un humano intentara imitarlo. Puse mi vista en el cielo y me fijé que había alrededor de treinta aves
enormes volando con dirección a la ciudad. Aun me cuestiono si eran realmente aves aquellas cosas, pues no pude seguir mirando por el miedo que me causaban tales criaturas.
Al llegar a casa tu abuela me preguntó que por qué había tardado tanto, y yo, sin pensarlo, me eché a llorar. No le conté lo que sucedió, solo le dije que tuve una muy mala experiencia y que no quería hablar del tema. Han pasado más de cuarenta años desde ese día y jamás se lo he contado a nadie más que a ti Martín. Por eso, aprovechando que tienes mucho criterio y que eres alguien listo, quiero que te quedes con esto”.

Mi abuelo sacó del bolsillo de su camisa la tal piedra que le dio esa mujer. Era bastante extraña, realmente parecía ser un rostro tallado. No dudé en aceptar el misterioso objeto y apenas me lo entregó, lo guardé en mi chaqueta. En ese momento mi abuelo con gran seriedad me dijo:

-Martín, nunca uses esa cosa.
-¿Y cómo voy a saber usarla?
-Mejor aun, ¡no averigües cómo usarla!
-Está bien abuelo.
-¿Lo prometes?

Guardé silencio, mi padre entró de nuevo en la sala y le entregó una taza de mate a mi abuelo sin decir nada. “Gracias Eugenio, ahora hay que ayudar a Martín a empacar”.
Mi padre y mi abuelo me ayudaron a guardar mis cosas y después fuimos a dormir. Al día siguiente antes de subirme al taxi, mi padre me dijo que estaba orgulloso de mí y que le gustaría que volviese a visitarlos para el invierno. Lo abracé y empecé mi viaje de vuelta a la ciudad.

Mientras miraba por la ventana del taxi el paisaje de la pampa, me detuve a pensar el por qué mi abuelo decidió dejarme un objeto que supuestamente es peligroso de usar. Tras unos minutos había comprendido, si no me lo daba, él terminaría usándolo y Dios sabrá qué habría sucedido con él.