Números enteros por Eduardo Yáñez Rivas

Ilustración: Victoria Leal Gómez

 

Los números siempre van corriendo con la lengua afuera. Números ateos, números judíos, números latinoamericanos, números primos, números simpáticos, números estafadores, números normales. Al principio van todos de la mano pero poco a poco comienzan a soltarse porque unos corren más rápido que otros y los más lentos no dejan avanzar porque se cansan y quieren parar a cada rato a tomar agua. El año treinta Exequiel Romano no era más que un número que iba corriendo, exactamente el número 8.365. Sin embargo 8.365 tenía un mérito que lo distinguía de los demás. Era uno de los números de la región que más rápido corría siendo protagonista de muchos campeonatos de atletismo regionales e incluso nacionales. Lo cierto es que por esos días este número venía arrastrando algunas lesiones que habían bajado notablemente su rendimiento lo que en un principio lo tuvo algo decaído, aunque a decir verdad lo logró superar rápidamente y de la única forma en que podía hacerlo: corriendo. Precisamente fue en uno de esos entrenamientos donde 8.365 vivió uno de los momentos más importantes de su vida. Al doblar en una esquina pasó por fuera de una casa que tenía las cortinas abiertas. Hubiese seguido corriendo pero no pudo evitar detenerse a mirar sin ningún complejo. Y es que ahí estaba él, el famoso 6, uno de los números más viejos y por sobre todo uno de los que generaba mayor admiración entre los jóvenes números revolucionarios y la facción proudhoniana de los decimales. En las escuelas libres, donde asistía casi un tercio de la población de los números de la región, se contaban sus historias como verdaderas proezas de los “clase 0” de modo que su vocación violentista y antisistémica era reconocida en el mundo “clase 0” como un verdadero ejemplo a seguir en la lucha contra toda opresión y autoridad. Tres mil años de cárcel, treinta y cinco mil años de destierro, 6 fue el ácrata más famoso de la historia patagónica. 8.365 tuvo ganas de golpear a la puerta y saludarlo.  Miró por última vez a través de la ventana y decidió seguir corriendo hasta que estuvo lo suficientemente cansado como para detenerse. Era la primera vez que sentía un cansancio tan extremo, al punto de llegar a pensar en la posibilidad de ir a pedir ayuda a la urgencia del hospital, lo que para alguien como 8.365 era incurrir en una falta gravísima a sus principios éticos y a la costumbre de los clase “0” de tratar las enfermedades solamente a partir de la fe absoluta en la naturaleza inorgánica de los números. Su cara no expresaba nada, al menos para mí que no tengo nada que ver con él, porque estoy seguro que si lo viera su madre diría que la expresión de la cara es de decepción. Pero no es decepción, o quizás si aunque en menor medida. Ahora, si su hermano gemelo Gerónimo fuese el que diera su opinión diría que tiene cara de resignación, es decir, una mezcla entre tristeza, pateticidad, autocompasión y tranquilidad. Aunque algo de digno tiene la resignación. Resignarse es aceptar el presente proyectado hacia el infinito más lejano e indescifrable y al mismo tiempo cachar que eso es ridículo. O suena ridículo, o se lee ridículo. 8.365 retomó el trote ahora pensando en las muchas cosas que alguna vez quiso hacer y nunca concretó. Viendo su cara daba la sensación de que llegada cierta edad se asume que hay cosas que nunca harás y al parecer eso era lo que le sucedía. La lentitud en los movimientos de las olas son similares a los lentos movimientos del tiempo en estos días, meses, 8.365 años, pensó por última vez antes de caer desplomado en la vereda.

La falta de hidratación produce una sequedad en la boca que puede ser similar a la sequedad que experimenta el cerebro en las fases previas al colapso. Es cierto que pueden pasar años esperando que ese colapso llegue. También es cierto que existe la posibilidad de que nunca suceda. A 8.365 le pasó justo unos días antes de convertirse en el pequeño Exequiel Romano.

De por qué se llega a ese momento en que el vacío envuelve todo no se puede afirmar ni negar nada porque no es fácil establecer un punto de partida. Como siempre el origen es incierto, es difuso, y por sobre todo oscuro. Un día, cualquier día, es posible acceder al vacío. No sé sabe qué representa esa idea o de qué manera hacer de ese vacío una cosa o un lugar. Solo sabemos lo que se comenta del viejo ácrata Seis y del descubrimiento de una calle en Punta Arenas que tenía la forma perfecta del vacío. Lo poco que se conoce de la historia es acerca de un pequeño pasaje en la población 18 de septiembre, en el lado sur poniente de la ciudad y de un grupo de extraños números sobrevivientes de distintas catástrofes y conflictos importantes que deambulaban ahí. Números tan antiguos que se sabían de memoria las coordenadas de ciertas galaxias ya desaparecidas, todas ellas madres del universo, aunque de los padres no recordaban nada.