Péndulo por Toko – Toko

 

Cuando entramos a la sala después del saludo del director, los que íbamos más atrás en el grupo empujábamos la fila para que entraran a la sala. Sólo cuando el silencio atronador que se produjo en la sala nos permitió ver el péndulo en que se había convertido el cuerpo de Martínez en medio de la sala entendí la demora, entendí el tumulto en la puerta, entendí los gritos y empujones del profesor y luego del inspector y luego de otros profesaurios, entendí el sonido de una sirena de ambulancia, otra de la policía, entendí los trajes blancos y azules que bajaron de esos vehículos, los primeros se llevaron al péndulo, los segundos se quedaron por un buen rato.

La sombra alargada que tiene el liceo distrajo por mucho tiempo a los detectives en indagar e interrogar a los profes y a los directivos, los curas estaban pálidos, uno lloraba, era una maraca, desde siempre. Al parecer, el llanto del cura llamó la atención porque apenas pareció volver a la calma, lo tomaron y se lo llevaron para interrogarlo. ¿Por qué llora tanto un hombre de casi 40 años por un pendejo de 15?

A nosotros nos sacaron de la sala y nos llevaron a la biblioteca, que era una suerte de casa de vidrio, podíamos ver todos los movimientos desde ahí, pero también parecíamos estar en vitrina. Los más cercanos a Martínez no estaban, los tenían aparte para hacerles preguntas, me imagino, o para consolarlos.

Después de varias horas, la teoría del suicidio pareció convincente, coherente al menos. Todos empezaron a evocar recuerdos depresivos del loco éste, de lo sensible que era – maraco era, el muy saco’ wea - y cuanta cosa más que son solo consuelos para la familia. La mayoría no tiene idea en qué ocupa el tiempo libre uno, los profes con suerte se dan cuenta si vas o no a clases, cuando tienen que poner notas se acuerdan de ti. Más allá de eso, no existes. Martínez no era una excepción en ese asunto.

Me tocó responder algunas preguntas, primero sobre cómo me llevaba con el fiambre, el muertito, el finao, luego sobre desde cuándo lo conocía, que qué hacíamos juntos, y cosas por el estilo.

Bien. Como con cualquiera. No era un sujeto problemático, era más bien callado. Piolita. Era tela, la verdad. Lo conozco de siempre, o sea, no sé si siempre sea la palabra, pero desde que tengo recuerdos en el liceo que lo conozco, y antes también. Vivimos en el mismo barrio, a veces nos encontramos en la micro y llegamos juntos, por lo general, atrasados. No, nada, no hacemos nada juntos, con excepción de estar en el mismo liceo, el mismo curso, el mismo barrio, nada más. El Martínez y yo, señor, no tenemos nada más en común. Es una lástima que se suicidara. Quizás qué rollo tenía en la cabeza.

Cuando pronuncié esas últimas palabras sentí que ya estaba hablando demasiado. Intenté disimular esa preocupación con una dosis repentina de tristeza. Intenté recordar algún partido de fútbol, alguna pichanga en que nos hayan boleteado, alguna final perdida, alguna eliminación prematura, me acordé de Mohamed Alí, me acordé de cualquier pretexto que ayudara a llorar. Recordé que mañana teníamos prueba. ¿La haría de todos modos el insensible del profe de lenguaje? Ese tipo era un desastre, era capaz de faltar a su propio matrimonio con tal de revisar pruebas.

En esas cosas merodeaba mi mente cuando ya me estaba poniendo de pie y saliendo de la salita en que nos iban interrogando uno a uno. Sería un largo día.

Con los días vino el velorio, no lo hicieron en el liceo, como se había suicidado – según la versión oficial – era un pecador consumado y era un conflicto ponerlo en la capilla. Dicen que el cura viejo tampoco quiso que fuese velado aquí por el trato que recibió de los detectives y de la familia. Les enrostraron, en el caso del papá del Martínez, creo que era más rabia, dolor e impotencia que realmente creer que a su hijo se lo habían despachado los curas. No sería primera vez, de todos modos, pero este caso era improbable. La mamá del Martínez era una estatua sollozante, no articulaba palabra alguna, a duras penas inclinaba la cabeza, se mantenía silente, casi inmóvil. La hermana del Martínez estaba muy bien. O sea, estaba triste, claro, lloraba como una Magdalena, como se dice, pero estaba muy bien, no sé si me captas.

Luego del velorio, que se hizo en la sede vecinal del barrio, lo llevaron a la capilla que estaba a pocas cuadras, fue una misa multitudinaria, fue el liceo completo, casi completo, apostaría a que todos. Luego del velorio, como decía, el funeral se hizo en un cementerio a las afueras de la ciudad, por lo que solo fueron los que iban en automóvil. También había algunos buses y micros que llevarían gente. El mismo liceo dispuso de unos cuantos para movilizar a sus estudiantes.

Me quedé de pie mirando cómo se iban los autos, el único ruido que parecía haber en el mundo eran los motores de esos vehículos. La gente iba desapareciendo entre los pasajes del barrio, otros se subían a los autos y seguían la procesión. Un detective se acercó a donde estaba y me habló mirando en la misma dirección que yo.

Está todo en orden, fue un suicidio. Me dijo, con una voz indiferente, por completo; me pudo haber dicho: “deme una orden de papas fritas con mostaza” y estoy seguro que le habría puesto más corazón.

Claro que fue un suicidio, le dije. Siempre encontraremos culitos jóvenes para pichulas viejas y con plata, ¿no crees? Este fue sólo un suicidio. Tomémoslo como un retiro anticipado, una jubilación. Da igual. No quería seguir hablando con él en público, sólo le dije eso y me fui.

A la larga fue muy bueno que el cura maraqueara llorando y llamara tanto la atención, parecía que estuviese planificado, la policía de investigaciones perdió mucho tiempo en eso, nos dio un respiro. El Martínez se estaba poniendo idiota, quería cobrar más, empezó a extorsionar con que abriría el tarro, se condenó solito. No fue el cura, ni el profe, ni el director. Fue sencillo colgar el péndulo y dejarlo balancearse mientras el director hablaba sobre la piedad de Dios a mis demás compañeros. Todos potenciales reemplazos del Martínez.