Pequeños detalles por Javier Lavanchy Verdugo

Ilustración: Victoria Leal Gómez

 

Además de las veces en las que por cansancio después de una larga jornada de ejercicio no podía ver con claridad, nunca tuve buena vista. Supongo que este es el colmo del detallista. Tanto resquebrajo, tantas pecas, tantos borrones, tantas cicatrices, tantos defectos que surcaron mi vida sin yo nunca percatarme de ellos. Lo cierto es que nunca tuve buena vista, de lejos nunca pude distinguir entre un 0 y una persona, y de cerca sólo veía la esencia de lo que fuese que observase. Veía autos pero no veía transportes, veía gente pero no veía personas, veía pinturas pero no veía arte, veía letras pero no veía palabras, veía caras pero no veía rostros. Nunca me afectó, nací con este defecto y bien viví viendo lo que podía ver. No puedo decir que era feliz ya que sentía que me perdía de todo lo que rozara mis ojos, motivo por el cual un día me dije a mí mismo: “Esto tiene que cambiar”.

            Es horrible levantarse temprano en tu único día libre, sobre todo cuando no eres sino tú el único dictador de la sentencia, pero bueno, era la única hora disponible que tenía el oftalmólogo para atenderme según me dijo su amante, por no decir secretaria. Una ducha rápida, un desayuno caliente, una buena combinación de prendas, billetera, celular, llaves. Iba por el pasillo, llegué al hall de entrada y, como siempre, me vi en el espejo. Tenía no uno, sino muchos espejos en mi hogar, pero ninguno como ese, tan verídico en su marco de roble barnizado de 36 pulgadas, tan preciso en cada detalle, tan honesto en su reflejo, me encantaba modelar frente a él, dejar de lado los escrúpulos y la inservible modestia para gozar de mi belleza y mi buen gusto. Como era mi costumbre, pasé más tiempo agasajándome que esculpiéndome. Nuevamente llegaba tarde a otro destino.

Me atendieron enseguida y sin reproche, saludé al oftalmólogo, un hombre pequeño de pocos pelos, con tres verrugas en diferentes partes de la cara, con la frente agrietada y llena de manchas. Tomé asiento en lo que él se sentaba tras su escritorio y me dijo:

            – Cuente, estimado, ¿cuál es su problema?

            – Mire, me cuesta enfocar las cosas a cierta distancia y no percibo con total claridad todos los detalles de las cosas que tengo a pocos centímetros.

            – ¿Esto le ocurre siempre o después de realizar algún tipo de actividad?

            – Siempre.

            – Ya veo. Y… ¿Hace cuánto que tiene esto?

            – … Probablemente desde chico, tal vez desde que nací.

            – ¿Y nunca en su vida ha usado lentes?

            – No.

            – ¿Ha usado gotas para los ojos?

            – Tampoco.

            – ¿Ni tampoco ha consultado a un oculista?

            – Sí, por un orzuelo un tanto grave que tuve una vez, pero no por esto.

            – Entiendo… Bueno, siéntese en esa silla detrás suyo y póngase cómodo en lo que yo me preparo.

¿Ponerme cómodo? ¿Cómo alguien puede ponerse cómodo en esa silla de mierda elevada e inestable? Bueno, ¿qué más se podía hacer? El oculista proyectó del otro lado de la habitación una imagen con unas cuantas letras y me pidió que se las nombrara: E-H-J-S-Y-A-X-Y-N-Ñ. Luego las hizo más pequeñas: I-G-L-Q-M-Z-F-R-F-H, y luego increíblemente pequeñas: R-B-C-D-S-A-Z-K-G-F. Dejé un tanto desconcertado al oculista, pues perfectos eran mis deletreos, o al menos eso creo. Bajó un momento la mirada y se puso a pensar.

            – ¿Ocurre algo, doc?

            – Mmmm… a no ser que…

            – ¿Doc?

            – Te voy a hacer otra prueba, déjame cambiar la imagen.

Se puso de pie y conectó el proyector a su computador.

            –Dígame ahora, ¿cuántas personas ve en la foto?

Creí que me estaba jodiendo. Proyectó una imagen de “La Última Cena” de Da Vinci en un tamaño que hasta un murciélago habría visto. Le lancé una risa falsa como su reloj y pregunté:

            – ¿Es una broma cierto?

Contestó de mal, muy mal humor:

            – No pasé nueve años de mi vida estudiando mientras el resto de mis compañeros carreteaban para darme el lujo de perder lo que me resta de vida tomándole el pelo con una broma de mal gusto. Ahora, ¿cuántas personas ve en la foto?

            –Eh… trece…

            –Hay once.

Realmente tuve que guardarme ese “Serás bestia…” que con mucho ahínco quería ser audible. Todo el mundo sabe que eran doce los discípulos, más Jesús… trece personas.

Bajó nuevamente la mirada y al rato se puso de pie, buscó algo en uno de los cajones de su escritorio, me lo mostró y dijo:

            – Esto es exactamente lo que necesitas.

            – Doc… No hablará en serio… ¿o sí?

Eran unas gafas con el marco tan azul como sus cristales.

            – Sé lo que estás pensando –dijo intentando ser convincente–. Pides una hora para verme esperando que te someta a una serie de pruebas, sin sentido dirás tú, que te dé una receta para que pidas unos lentes, esperes una semana o dos y así puedas gozar de una buena vista. Por otra parte, recibes hoy y ahora un par de lentes completamente azules pensando: “¿Cómo carajo voy a poder ver a través de esas cosas?”, o incluso “Me voy a ver horrible con eso puesto”, pero ahora te pido que confíes en mí… y te los pongas.

“Pero ahora te pido que confíes en mí… y te los pongas”.  “Sí, claro, enseguida, me muero por perder lo que me queda de vista viéndolo todo a través de los ojos de un pez”. ¿Pero no fue la curiosidad lo que mató al gato? “Probar los lentes unos cuantos segundos no me hará daño”, pensé, así que los tomé y me los puse.

            –Y bien… ¿Cómo son las cosas ahora?

No respondí a su pregunta, pues no podía describir mi asombro. La fuerza de los colores, la claridad de los detalles, la definición de la materia, el contraste entre todo, no podía describirlo. ¿Cómo entonces no quedar impactado frente a este nuevo rostro, ausente de arrugas, verrugas, manchas y de abundante cabellera? Me puse los lentes y todo frente a mí se convirtió en algo cuya existencia ignoraba, probar mi nueva vista fue nacer de nuevo. Me decía a mí mismo: “Si esta era la vista de Nerón, yo igual me habría quedado viendo el incendio de Roma”.

Estreché, desatinado, la mano de este nuevo hombre sin mediar palabras y corrí al exterior. Entre saltos, brincos, cantos y pequeños llantos subí a mi auto sin poderme quitar la tan estúpida mueca de alegría arraigada a mi rostro. Antes de darle marcha observé agobiado el interior del carro, vi con claridad todos sus defectos, mas estaba alegre por ser capaz de verlos. Arranqué y opté por el camino largo, por la vía lenta, para así gozar cuanto más pudiera de mi nueva visión.

Al dar con mi primer semáforo en rojo, en mi paciencia y disfrute, observé mis alrededores con un inusual interés, uno hace años, o tal vez sólo minutos, opacados por el interés en mí mismo, continuando con el deleite del debut. En la vereda a mi derecha se veía algo que parecía ser una familia: un hombre de unos cuarenta con un celular en una mano arrastrando a su hijo del pie con la otra, y a la madre amamantando a su hija sin percatarse que ya se había vomitado tres veces. A unos metros, una soldado y un danzarín besándose y tras ellos un banquero apuntándole con un arma a un mendigo. A mi izquierda el panorama era distinto, pues había un grupo de vagos gordinflones reclamando por más comida. No muy lejos de ellos unos estudiantes enjutos pero bien vestidos rogando por un poco de ese alimento, y en la cima del edificio a los políticos negándose a seguir alimentándolos. A la derecha de ellos había una fila de reos formada tras una jaula para canarios con un letrero que decía: “El que entre, por favor quédese”; y no muy lejos de ellos un grupo de clérigos azotándose el culo.

¡Tantas cosas frente a mí que nunca noté! ¡Cuánta cosa horrible, cuánta cosa hermosa! ¡Amaba mi nueva vista! La disfruté por todo el trayecto del consultorio hasta mi casa. Estacioné el auto y bajé de él. Nada podía malograr ese día, había hecho de él uno memorable, aquel en que me volví perfecto, pues ya poseía aquello que me faltaba. Caminé hacia la puerta en una dicha sin par, cada paso me acercaba más a mi nuevo hogar. ¿Cuántas fotos de eventos pasados me esperaban en polvorientas cajas para que yo les descubriera con nuevas caras? ¿Cuántos cuadros con animales ocultos? ¿Cuántos libros con reflexiones eternas? Puse la llave y le giré, entré a mi hogar y cerré la puerta, vi asombrado el diseño de ésta mientras pensaba cuánto de ella había perdido con los años, de emoción dejé caer una lágrima, di media vuelta mientras aún sonreía… y entonces me vi en el espejo…