Por la amistad por Rubén Gómez Alarcón

Ilustración: Bárbara Valdés Concha

 

–No sé, Juancho, la verdad. No me da confianza estas cosas, no, no, no, no y no.

–¡Yapo, Bozo, vamos a ver si hay suerte! ¿Qué es lo peor que puede pasar?

–Pues que se nos aparezca el pata’e hilo o nos crucemos con ambiciosos en las mismas pue’ compadre.

Mientras se terminaban su mate, Juan Pericles estaba jugando sus últimas cartas para convencer a Ambrosio Matacana, alias “Bozo”, de salir en la noche a buscar tesoros en la pampa patagónica. Lo había invitado a almorzar a su casa para intentar por última vez hacerlo cómplice de la aventura que se disponía a emprender esta noche en especial. Eran amigos desde que tenían memoria y se acompañaban en todo tipo de situaciones. Si uno se metía en peleas, el otro acompañaba con las trompadas. Cuando uno sufría por desamor, el otro se encargaba de emborracharlo para pasar las penas. Si la esposa de uno tenía sospechas de una posible infidelidad en la casa de remolienda, el otro le cubría la espalda diciendo que la jornada en el aserradero se extendió y que se tuvieron que quedar en la estancia. Eran 51 años de amistad en las que ninguno de los dos dudó en ayudar al otro, pero en esta ocasión Juan había llevado las cosas a un punto delicado debido a las supersticiones de su amigo.

–Pero Bozo, el cola’e flecha va estar ocupado esta noche recolectando los tratos.

–No siga compadre, con esas cosas no se juega. Ya sabe que no me gustan esos rituales que llaman al infortunio.

–No se lo niego, compadre, es cierto que en la noche de San Yo las cosas se descontrolan un poquito.

–¿Un poquito? El Pipe Huenuman en la noche de San Juan del año pasado hizo el ritual de invocar al cornudo en el espejo para ver si era cierto. Y ya vio como quedó.

–Con la mirada en la nada y la voz perdida. ¿Y qué? Eso no comprueba nada, si todos sabemos que el Pipe era medio loquito pa’ sus dramas. Acompáñame Bozo, si lo peor que puede pasar es que no encontremos nada. En ese caso nos volvemos pa’ mi casa a tomar un vinito.

–No sé, compadre, no sé.

–Vamos, Bozo. Por la amistad.

Ambrosio odiaba que hiciera eso, que ocupara la amistad de años para meterlo en sus caprichos. El desgraciado tenía claro que ante eso, no podría negarse. Recordó que precisamente por uno de los caprichos de Juan, convencido finalmente de ir a una fonda para ver a su amigo competir contra el campeón local en un enfrentamiento de quien tomaba más jarrones de chicha, fue que conoció a su señora esposa con quien seguía viviendo feliz. Quizá hubiera un poco de suerte en la noche y encontraran algo. También recordó que Juan ganó el enfrentamiento.

–Está bien compadre, pero llevaré mi crucifijo para estar protegido.

–¡No po, Bozo! Hay que ir neutrales. Sin protección divina, sin persignarse, sin rezar, sin nada pue’ compadre. Esas cosas repelen la suerte en la noche de San Juan en cualquier ritual. Sólo ir por la pampa, buscar la señal, cavar y, si encontramos algo, nos vamos callaítos con el tesoro, libres de polvo y paja.

–¿Está seguro, Juancho?

–Segurísimo.

Un poco más convencido, pero con la misma cara de preocupación, le dio el afirmativo a Juan.

–Ya. Está bien. Pero sólo porque prometiste vino.

Cuando el cielo nocturno se vio plagado de brillantes estrellas lideradas por la luna, salieron al frío de la noche con azadón y pala en mano. Sólo se oían sus respiraciones añejadas y sus pasos en el pasto seco. La mujer de Juan no había puesto objeción a la locura de su marido. Sabía que, aunque se dispusiera a persuadirlo para que no vaya, éste no le haría caso, pues porque era un porfiado con la cabeza más dura que la lenga que trabajaba en el aserradero. El silencio de la noche no ayudaba a la confianza de Ambrosio y mucho menos a aplacar el miedo.

–¿Y cuál es la señal, compadre? –le preguntó a Juan.

–Debemos encontrar alguna luz en la pampa y acercarnos a ella.

–¿Qué tipo de luz?

–No sé, compadre. Una luz.

Caminaron y caminaron hasta adentrarse de tal manera en la pampa, que sus oscuras y abrigadoras prendas no tardaron en camuflarlos en la seca y oscura tierra patagónica. Eran las once de la noche pasadas, y los años junto a la fatiga de la infructuosa caminata empezaron a hacer presencia en los dos. Juan se frustró.

–Por la mierda, Bozo, discúlpame por meterte en esta webada. Mejor volv…

–¡Juan, mira! –interrumpió a su amigo y apuntó hacia una luz.

Unos veinte pasos delante de ellos, una luz difusa danzaba, saltando sin piernas como si jugara en una rayuela invisible en cierto trozo de tierra. Ambos veían la luz, paralizados y mudos por el asombro y el miedo. La luz, cual catarata de anciano, se estampaba fuertemente pero sin brillo alguno en sus ojos. Juan decidió actuar, impulsado por una ambición más fuerte que el miedo latente en sus entrañas. Agarró del hombro a su amigo y lo animó a correr hacia la señal que estaban esperando. La parálisis momentánea que Ambrosio tenía en sus piernas fue reemplazada por una corriente de sangre en sus venas, dándole movilidad para seguirle el ritmo a su amigo Juancho. La luz desaparecía a medida que se acercaban a ella. Cuando llegaron a la rayuela invisible de la luz, ésta ya se había esfumado. Con la respiración entrecortada se quedaron rondando el espacio un momento buscando alguna explicación al fenómeno lumínico, pero no duró mucho, pues sus pisadas ahora eran blandas e irregulares debido a la tierra húmeda en la que estaban parados. Un único espacio rectangular de tierra húmeda en toda la sequedad de la pampa.

–¡Aquí es, compadre! ¡Aquí es! –exclamó Juan, eufórico–. ¡Pongámonos a cavar!

Le pasó la pala a su amigo, y por su parte con el azadón se puso a picotear la tierra para ablandarla. Ambrosio blandió la pala en la tierra húmeda, hundiéndola con el pie, sacando una buena porción de ella. Así estuvieron por casi media hora. Picando tierra, paleándola, picando y paleando. En cierto punto, en la oscuridad empezaron a aparecer siluetas que Juan y Ambrosio, con una mirada significativa, pactaron ignorar. Seguramente era el cansancio jugándoles una mala pasada. Era la explicación menos aterradora que habían decidido creer, pero no duró, porque los lamentos, sollozos y risas de las siluetas no eran ninguna ilusión. No pararon de cavar, más bien aumentaron el ritmo. Las siluetas se acercaban cada vez más y sus lamentos y risas se fueron convirtiendo en gritos desesperados, gritos de tortura. Juan parecía no hacerles caso ya que estaba inmerso en su misión, pero el miedo de Ambrosio sólo aumentaba. En la locura del infierno en el que se habían metido, Ambrosio creía saber por qué las siluetas iban hacia ellos. Quizá el tesoro era de ellas, o tal vez ni siquiera había un tesoro enterrado y sólo se metieron al lugar de descanso de almas perdidas en la pampa, y ahora les harían pagar por su insolen… ¡CLAMP! El ruido del choque entre el metal de la pala y madera. Una caja de madera.

–La encontramos, compadre –dijo Juan, casi sin poder creerlo–. ¡Encontramos el tesoro, Bozito!

Los gritos se habían detenido y las siluetas desaparecido. Ambrosio no daba crédito al hallazgo de la noche de San Juan. Olvidando las instrucciones de su compadre, solamente atinó a mostrar su sorpresa con una expresión de la cual después se arrepentiría.

–Dios mío –fue todo lo que dijo, invocación divina suficiente para provocar que el suelo temblara por un segundo, haciendo sonar el contenido de la caja, quizás oro, tal vez diamantes. Nunca lo supieron. Después del temblor, el único contacto que tenía la pala era con más tierra. La caja había desparecido con lo que sea que haya tenido dentro.

–¡Por la mierda, Bozo! ¡Qué te dije! –gritó Juan, con furia–. ¡Cava, mierda! ¡Hay que revisar si ya no está!

Estuvieron cavando otra media hora, pero no servía de nada. El tesoro se había perdido. Juan y Ambrosio discutieron por un rato entre los “es tu culpa” y los “yo no quería venir”. Al final, no importaba nada. La búsqueda del tesoro había acabado para ellos. Estaban cansados y sedientos. Más sedientos que cansados.

–Ya fue, compadre. Pal otro año será. Vamos a mi casa, Bozo. Ese vino no se va a beber solo.

–Como guste, Juancho. Como guste.

–Debimos probar con las tres papas, compadre. Menos problema –reflexionó Juancho.

Se devolvieron por donde vinieron. Ninguno le pidió disculpas al otro, pero las cosas ya estaban bien entre ellos. Y con vino de por medio, mucho mejor.