Tarde de invierno por Kevin Finnerty

Ilustración: Nicole Acuña Salinas

 

El primer auto de mi viejo fue un Nissan Sentra del año 92, de un gris plata con una franja de goma negra en el maletero que terminó despegándose con el tiempo. Hasta ese entonces, mi viejo, sólo había manejado una retroexcavadora en una constructora de la ciudad, pero eso no impidió que saliéramos a dar una vuelta junto a mi hermano mayor.

Nos subimos una tarde de julio, a las 6 p.m, ya completamente oscuro, tiritando de emoción o de frío. Yo me senté en el asiento trasero, mientras mi papá lo hacía en el del chofer y mi hermano en el del copiloto, en ese orden. Esperamos 10 minutos a que el motor “calentara”, en silencio, mirándonos como si ocultáramos un secreto imposible de contar y nos pusimos en marcha tras un par de caballazos que dio el auto al partir.

Creo que las primeras palabras las dijo mi hermano, después de 15 minutos de risas nerviosas. Dijo que el auto era silencioso y tenía cómodos asientos. Yo, para no quedarme atrás, creo que asentí y agregué que tenía buen olor. Mi viejo sonreía mientras me miraba de reojo por el retrovisor. Mi mamá, en ese momento, estaba trabajando, aunque dudo que se haya subido al auto junto a nosotros, siempre simulaba un dolor de cabeza durante las tardes, para mirar sus telenovelas sin que nadie la molestara. ¿Y si vamos a buscar a tu mamá? le preguntó mi papá a Raúl, mi hermano mayor, con una sonrisa cómplice. Mi viejo, como siempre, me ignoraba. Ya po, le respondió él, moreno, con vestigios de un bigote que se asomaba en su rostro con acné, propio de los 15 años que había cumplido hacía 2 semanas.

El camino fue largo, a ratos un poco tedioso, escuchando la radio Pudahuel que le encantaba a mi viejo, con canciones de Leandro y Leonardo y de Laura Pausini. Miraba por la ventana, las luces naranjas que pasaban una y otra vez, iluminando a la gente que salía de sus trabajos, esperando la primera nevada del año, esperando algún colectivo que los acercara a sus casas o, simplemente, esperando buenas noticias que no tardarían en llegar.

Llegamos al trabajo de mi mamá, una casa esquina de 2 pisos que, por ese entonces, yo veía como un palacio gigante, algo desmedido e inusual. La casa de un médico donde hacía el aseo un par de días a la semana. Juan, mi viejo, tocó la bocina un par de veces y esperamos otros tantos minutos. Nadie salió. Las luces estaban apagadas y la música de Eros Ramazzotti comenzaba a sonar nuevamente, con esa voz gangosa que tanto me desagradaba, pero con el tiempo terminó por gustarme. Creo que esperamos 5 minutos hasta que mi hermano le preguntó a mi papá, que por qué no estacionaba el auto a un lado e iba a tocar el timbre o la puerta, tal vez esté trabajando en el fondo y no te escucha, le dijo. Casas gigantes, laberínticas, pensaba yo, mientras veía a un hombre encendiendo un cigarro en la esquina opuesta de donde nos encontrábamos. Un hombre grande y gordo que miraba el cielo rojo. Finalmente, mi papá estacionó el Nissan a un costado, con el espacio suficiente para dejar pasar a los demás autos, puso el freno de mano y se bajó. Lo vi caminar hacia la casa, a través de la ventana. Lo vi de espaldas, tocando 3 veces la puerta, cada vez más fuerte, con impaciencia. Mi hermano, un poco nervioso, trataba de sintonizar una radio que fuese de su agrado mientras mi viejo desaparecía de mi vista, sin darme cuenta. Después de un rato, un par de minutos que me parecieron interminables, mi viejo apareció de improviso, encendió el motor y partió sin decir palabra, con la cara roja de frío.

***

La vuelta fue menos entretenida pero más agradable. En silencio.

***

Años me toco entender ese momento. Hasta los días de hoy, todavía recuerdo esa tarde como una inocente salida en auto, un auto usado pero con olor a nuevo, con olor a desinfectante y cloro. Un olor muy parecido a hospital y anestesia. Esa noche mis viejos discutieron, creo que no era la primera vez que se gritaban pero sí, fue la primera que mi papá le pegó a mi vieja. Lo supe porque de los gritos, mi mamá, paso a los llantos y le gritaba maricón. Mi papá le gritaba puta y yo trataba de esconderme bajo la almohada. Me apretaba fuerte hasta hacerme doler los oídos, no me importaba, prefería ese dolor a escuchar los gritos que venían desde esa pieza. En la litera de arriba mi hermano escuchaba música, lo sabía porque a ratos tarareaba una canción: “exit ligth, enter nigth, take my hand” y luego decía una frase imposible, un trabalenguas en inglés. Escuchaba todo el día esa canción y la cantaba todo el día. Era enfermizo.

Esa noche creo que no dormí y si dormí, lo hice entre saltos y ahogos. Lo que sí recuerdo es que el desayuno trato de ser igual a los demás días. Un plato de leche con cereal Milo para mí, y una leche con galletas Tritón para mi hermano. Mi vieja tenía los ojos rojos de tanto llorar o de sueño y no hablaba. Sentía su respiración o la mía que se escuchaba cada vez más fuerte. Disculpen lo de anoche, comenzó con leve un murmullo, su papá los quiere mucho y yo los amo. Trataremos de que esta familia siga igual que siempre, dijo, y se fue a encerrar al baño sin despedirse. Con Raúl nos quedamos mirando, como si estuviésemos en trance y seguimos comiendo, sin mencionar palabra y aunque alguno de los dos hubiese querido decir algo, no era el momento de decir nada. La puerta de la pieza de mi papá estaba cerrada, nunca la había visto cerrada porque siempre se iba a trabajar temprano. De hecho, cada mañana mi papá nos esperaba para despedirse, pero ese día no ocurrió nada parecido, ni los siguientes, ni nunca.

No nos dieron a elegir, creo que fue mejor así.

Si hubiese elegido, habría elegido a mi mamá, sin pensarlo. Mi hermano creo que quería irse con papá, aunque no estoy muy seguro. Nunca le pregunté, simplemente lo asumo como una verdad, como un hecho fidedigno para sentirme más tranquilo. Elegir con quien quieres quedarte, eso sólo lo he visto en las películas y en las novelas, no creía que realmente pudiera pasar algo así. Bueno, a mí me pasó, pero no dejo de pensar que fui una excepción. Hacerle tomar una decisión como esa, a un par de niños es irreal, una fantasía. Ni cuando entré a estudiar Ingeniería en construcción estaba tan seguro de mi decisión. Ni ahora que tengo que comprarme un auto estoy tan seguro. Ni cuando tengo que ir a comprar detergente para la ropa estoy tan seguro. Pero creo que haber elegido a mi mamá fue la mejor opción. Si no, hubiese terminado como mi hermano.

Se fueron esa misma tarde. Se fueron en el Nissan Sentra. Hasta el día de hoy no soporto los Nissan, los odio. Pusieron un par de bolsos en el asiento donde yo me había sentado días atrás. Se fueron a Puerto Montt, creo. Eso fue lo que dijo mi mamá, había trabajo y amigos y familia y primos. Aunque nunca conocí a ninguno y tampoco estuve cerca de viajar a esa ciudad. Me la imaginaba como una ciudad verde, llena de caballos y monumentos desfigurados. Años después, ya de grande, la conocí: Una mierda de ciudad.

Mi viejo me dio un fuerte abrazo, cuídate y cuida a tu mamá, me dijo. Con mi hermano, la despedida fue más fría, un apretón de manos y un abrazo rápido, con vergüenza. Chao pendejo, me dijo y me paso un casette de caratula completamente negra, uno de Metallica. Es bueno, me dijo, me lo devuelves cuando nos volvamos a ver. Se sentó en el asiento del copiloto y lo vi cambiando de radio, como siempre. La última vez que lo vi fue cambiando la radio de un Nissan Sentra del año 92.

***

De mi viejo nunca más supe algo, creo que fue para bien. Los primeros años me mandaba regalos para el día del niño, navidad y mi cumpleaños. Después solo para navidad, para que al final no me regalara nada. Mi vieja siempre me contó que estaba cerca de Calbuco, con mi hermano. Me contaba que Raúl estaba estudiando y trabajando. Estaba bien, decía, mejor que acá, incluso. Un pueblo chico, gris y feo, pero estaban mejor que acá.

Mi papá murió en un accidente automovilístico el 2005, cuando yo tenía 15 años. Me avisaron después de tres semanas. Los funerales fueron con pocas personas, puros compañeros de trabajo. Sin comida, sin trago y con un día de lluvia. Esto me lo dijo mi hermano, cuando nos reencontramos muchos años después. Me comentó que no tenía como comunicarse conmigo, trató pero no pudo. Me dijo que lloró todo el funeral y gente que no conocía lo abrazaba y que las lágrimas no se le notaban producto de la lluvia. Le pregunté si el choque había sido con el Nissan, y me respondió: qué importa, el viejo está muerto. Tienes razón, le dije, pero siempre quedé con esa duda.

Un par de semanas después de enterarme de la muerte de mi papá, creo que vi a Raúl. Tenía una barba tupida, iba escuchando música porque movía la cabeza de un lado a otro. No cruzamos la mirada. Habían pasado ya varios años y era la primera vez que lo veía desde aquel momento, del Nissan, del cambio de radio, de la pelea, del quiebre, de la despedida.

Lo vi desde la distancia, alejándose. Y en un momento de adrenalina, le grite y corrí tras él, lo agarre del brazo tan fuerte que dio un pequeño grito y lo abracé. Y llore. Lloramos. Y recuperamos, por un par de segundos, esa complicidad que se perdió con el tiempo. Tal vez este sería un buen final, uno alegre. Pero no. Ese día no conversamos. Pasamos de largo y, pensándolo fríamente, ni siquiera estoy seguro si realmente era mi hermano al que vi esa tarde. Muchos años después volvimos a hablar, me contó su verdad, cómo lo había afectado la separación de nuestros padres y de la mediocridad en que se había convertido su vida. Pero esa es otra historia, una historia que tal vez nunca se escriba. O tal vez sí. Pero yo creo que no.