Un trozo de pizza y un sorbo de vino…Eso, sería todo por Antonio Deza González

Ilustración: Marcelo Carrasco Macías

 

Entró a la casa en silencio, en puntillas, casi en el aire, como siempre  hacía para no despertarla. A esas horas, su madre, ya había caído vencida por el cansancio.

Por más cuidado que pusiera, el crujir chillón del gastado y añoso machihembre del piso, siempre lo delataba…

Esa modesta vivienda de madera, lucía a la vista, las fatigadas y las ya desdentadas tablas de la fachada. El paso de los años azuzó al oxido que desbastó y descabezó la mayoría de los clavos dejándolas torcerse el libertad. Habían cumplido noblemente con su deber entregando protección al hogar.

La humedad reinante había desteñido prolijamente, paredes y cielo raso, cultivando a su antojo un espeso musgo verde, y esa flora que sólo la soledad y el abandono siembra cuando se aleja la luz, dando formas excéntricas con drásticas  pinceladas a esa estricta obra de la naturaleza, acompañada de esos miasmas propios que normalmente acompañan al abandono. De las canaletas, bajadas de agua y latas del techo, sólo existían las muestras.

En realidad, la casita parecía un barco varado, semejaba un naufragio a orillas de una playa desierta.

El modesto barrio, estaba anclado casi al borde del pie de monte de un par de cerros repletos de la rica vegetación patagónica.

Las casas en su mayoría eran de añosa data. Permanecían dignamente de pie frente al pasar los tiempos.

Los vecinos, hombres y mujeres, viejos pioneros pobres, gente curtida en duras labores e injusticias sociales, pero dueños orgullosos de su dignidad y  plenos de esperanzas en sus costumbres y tradiciones propias, ancestrales, única herencia de sus antepasados.

Sin abrir la puerta y exactamente casi a la misma hora que las noches anteriores; en el filo del tiempo, a no más de un par de segundos antes que las campanas de la iglesia terminaran de indicar la media noche con esas estrictas  doce campanadas, como lo hacían desde siempre, por muchísimos años, desde la fundación del pueblo; como lo aseguraban los más viejos…

-Esas campanas, son un presente eterno de los conquistadores.

Entró en la casa justo antes de la última campanada.

Desde niño había escuchado en ese mensaje la sentencia del fin día. Era la hora del reposo, casi al justo, cuando su madre, un rato antes, regresaba agotada del trabajo, y le rogaba que dejara de jugar en la calle.

Al entrar, respiraba sonriente y sudoroso el calor de su hogar y el cariño materno. Jamás faltó en esa mesa ese trozo de carne acompañado de papas doradas y esas tiernas lechugas y zanahorias de la propia huerta, cultivadas bajo ese toldo cubierto de plástico. Y el vaso grande hasta el borde de refrescante jugo de ruibarbo. Y al desayuno, esa fragancia del pan recién hecho en casa; fruto del trabajo de esa mujer, jefa de hogar.

Era la novena ocasión que repetía la rutina regresando por distintos senderos. Dos noches antes lo había intentado, pero no logró llegar a la hora.

Esa noche a juego perdido se acercó por esos senderos que conocía desde la infancia, a ese atajo tapizado de ocre coirón y cien verdes distintos, lo bordeaba un fino riachuelo de aguas muy limpias.

De ese pueblo, aquel retaso de tierra era uno de los últimos vestigios naturales; clara muestra donde aún reinaba Gaia. Pequeño santuario natural que el “progreso” aún no tenía interés de destruir, o no había descubierto, o aún no tenía plus valía.

En ese retazo natural, por las noches aún se sentía en el aire la penetrante presencia de los chingues marcando territorio, y las lechuzas indicando su presencia, y esos gansos silvestres durmiendo parados en una pata. Años antes, ahí venían zorros, guanacos y hasta pumas…

A ese lugar se escapaba cuando niño, dejado volar su imaginación sin fronteras. Entre el follaje de mata negra, de retorcidos calafates y de esas frescas montañitas verdes de la invasora zarza parrilla silvestre, que tantas veces le sirvieron de escondite, y que en su época, degustó glotonamente sus pequeñitos frutos de luminoso rojo y ese agridulce haciéndose agua en la boca.

En esos lejanos días, todo era infantil alegría.

Esa noche, caminaba lentamente, cabizbajo, arrastrando los pies como dejándose llevar, distraídamente, sin mirar a parte alguna; y a nadie…

Nadie se percataba de su presencia.

Traía las manos enterradas hasta los codos en los bolsillos en ese viejo abrigo negro, y el capuchón cubriendo su cabeza, le hacían aún más invisible.

Sin piedad caía la fina llovizna de nieve aguada que el viento la arremolinaba al son de esa interminable e inclemente melodía invernal.

En el extremo sur patagónico las noches invernales son eternas…, donde el viento rey desenvaina sus miles de penetrantes agujillas de cristal y las estrella sin piedad contra el rostro. Pero, como siempre, de cada techo, esos humos desafiaban la inclemencia  escapando al galope de la boca de los caños, hasta perderse en el cielo como ofrendas de solidaridad y perseverancia humana.

Se sentía desorientado.

Lo que más le entristecía era la  incomprensible actitud de sus vecinos y amigos que sin mediar situación alguna le quitaron el saludo…, como si no lo vieran…, como si nunca le hubieran visto…, como si no le conocieran.

El cambio de actitud en ellos fue repentino, de un momento a otro, inesperado, sin explicación. Y eso duele.

A estos hechos se sumó el extraño comportamiento de los perros que endemoniadamente todas las noches le seguían hasta el umbral de su casa, sin parar de ladrarle, intentando rabiosamente morderle los talones.

Él, avanzaba sin cambiar su ritmo,  lentamente, sin inmutarse, sencillamente les ignoraba.

Hace unos días, eso era impensable, siempre había sido amante de los animales del barrio y un servicial vecino. Incluso su quiltro regalón, ahora flaco, casi en los huesos con un hambre de días, mantenía la distancia, le gruñía…, pero ¿por qué ese miedo? Al sentirle entrar, metía su cola entre las patas y escapaba a parapetarse en el rincón más oscuro de lo que quedaba en pie de la ultima habitación, intentando encubrirse tras la oscuridad.

En esa actitud, el animal parecía dejar ver un algo; y él, no tenía a mano una explicación a todas esas conductas.

-¿Qué habré hecho de malo?, se preguntó mil veces.

Sentía el doloroso peso de esa inmensa y desgarradora pena entremezclada en la extraña sensación de vergüenza, desesperanza e incertidumbre…

En un momento llegó a pensar que podría ser una de las razones que le obligaban a regresar noche a noche lo más tarde posible, sólo con la inocente intención de llegar y de una buena vez  a encontrar la verdad…

Regresaba forzado por aquella extrañísima e irresistible fuerza interior que le condenaba a volver, pero al mismo tiempo sentía la imposición de no desear relacionarse con nadie, aún deseándolo.

Al menos, eso pensaba.

-¡Algo malo debo haber hecho!, -¿qué más podría ser?, no vislumbraba otra explicación  a tan tormentoso suplicio.

Vivía en aquel barrio desde siempre. Nació ahí. La casita era herencia de su madre; ella la construyó con sus manos y sus ahorros que sumó peso a peso con todo el esfuerzo que significó su oficio de lavandera, empleada doméstica y “changas” en las acomodadas casas del centro de la ciudad.

Nunca supo quién fue su padre, ese, era otro de sus dolores. Y, además sólo había  pasado un poco tiempo, según pensaba, parecía ayer, desde el fallecimiento de su madre, la herida del luto estaba viva.

Esos pensamientos lo torturaban, los cargaba en el pesado equipaje de su conciencia, no importando a donde fuera.

Muy extrañamente, durante esas noches, las jaurías ladraban más que de costumbre. En ese pueblo había más perros vagos que humanos…

…En diálogo de perros, la violencia suele ser la regla del más fuerte. A la distancia se escuchaban sus violentas riñas y el lastimero aullido de los vencidos que no fueron escuchados por los vencedores.

(Para quienes creen en la reencarnación, se justifica la conducta canina, ya que aseguran que no es más que diálogo entre mordiscos, la continuación de esa anterior vida “humana”).

Inexplicablemente, al amainar la ventisca, una extraña penumbrosa neblina tomó posesión del escenario, llegando hasta no permitir que los tenues haces de luz del sistema público tuvieran fuerza suficiente para proyectar la sombra de los transeúntes que se cruzaban como difusas manchas fantasmales deslizándose por la escarcha aguachenta que alfombraba las veredas.

Ausentes, sin importarles el clima y el acontecer, unos muchachos del barrio exclamaban a grito pelado…

-“¡El último gol gana todo!”

-¡Anfi’… güeón!

¡No te lleví’ la pelota…! -Le rogaban al dueño del balón.

Todos hacían oídos sordos al llamado de sus madres…

-¡Niños basta ya! ¡Son más de las doce de la noche! ¡Mañana siguen! ¡No molesten a los vecinos! ¡Mañana muy temprano hay que salir a trabajar…! -Cabros de moledera.

-¡Chiquillos de mierda! -Refunfuño una de las mujeres, al tiempo que se metía en su casa, dando un estruendoso portazo.

El frío, entró violentamente, sin permiso, de inmediato dialogó en común  acuerdo con la soledad reinante, y el hielo, “actual dueño de casa”; era lo único que habitaba en lo que quedaba del modesto hogar.

Es todo lo que se sentía en el ambiente.

Desde hacía nueve noches y a la misma hora, donde estuviera sin importar las distancias, esos síntomas recorrían todo su cuerpo causándole violentos escalofríos. Antes, jamás había sentido nada parecido. Sentía como el hielo recorría lentamente  por sus venas.

Al mismo tiempo, extrañas sensaciones, más fuertes que su voluntad, le instaban drásticamente a salir de ahí…, a dejar todo, ya nada tenía significado ni valor.

Unos débiles rayos de luz que venían de la calle, hacían esfuerzo para iluminar el pequeño retrato de su madre sonriente y joven, con él en los brazos luciendo aquella inocencia infantil y feliz sonrisa. Aquel cuadrito, era lo único que adornaba aquella pequeña mesa ratonera. No había más muebles.

Como en las noches anteriores, no precisó de la luz, (tal vez pensando en no despertar a su madre), recorrió lentamente las tres desmanteladas habitaciones, casi en el aire, soportando el peso de los extraños sentimientos.

Al pasar por la cocina metió la mano en el horno de la estufa, sacó un buen trozo de pizza fría que estaba ahí al parecer desde el día anterior, la mordisqueó y la remojó en un sorbo de vino tinto agrio que quedaba en la caja.

Su madre siempre le dijo que ese vino en caja de cartón no era de fiar…

-¡Ese vino es químico, hijo, hace mal!, -le decía.

Una radio a pilas, de esas antiguas, chicharreaba, tirada en el suelo, las transmisiones habían terminado… Al parecer, él no se dio cuenta.

La vida ahí, a simple vista había dejado de tener razón.

Desde hacía nueve días no sabía qué hacer, ni donde ir, con excepción de cumplir esa extraña orden de volver a su casa, y luego, vagar sin rumbo por desconocidas y penumbrosas fronteras interiores.

El regreso a la nada se había convertido en una orden imperiosa, como una droga de irresistible necesidad.

De las horas de luz, casi no tenía recuerdos, ni sentía añoranzas.

Toda esa mezcla de débiles rayos de luz se imprimía en la luna oxidada de ese espejo roto que se rehusaba a dejar aquel muro…, su muro, del que  pendía milagrosamente oblicuo y  sostenido por un inestable clavo. Pasó frente a él, pero no tuvo respuesta…

La luz del amanecer marcó el horizonte con su fina línea blanca…, y extendió sus hilos de plateados sobre el mar en calma.

Ya era casi el fin del invierno. Los días venían alargando…

El amanecer se veía venir tranquilo después del caos.

El viento austral, siempre se queda dormido hasta casi el medio día; hora en que con su habitual mal genio sale a recorrer sus predios.

-El viento es bueno – siempre repetían los más viejos, -seca y barre las calles.

Con su presencia aquel sol invernal, a eso de las nueve de la mañana, dejó a la vista esa maravillosa profundidad de la cercana bóveda celeste.

Por una de las esquinas, una pareja de carabineros apareció patrullando en  sus  cabalgaduras, pasaron frente a la casa a tranco lento. Sin cambiar el ritmo se perdieron calle abajo rumbo al cuartel.

Sin novedad finalizaba ese quinto turno.

Los colectivos a esa hora no se detenían, iban repletos.

Con tres pitazos un barco anunció su zarpe al viejo mundo.

En la casa de al lado, frente al boliche y afirmados contra puerta, tiritando de frío, devorados por la sed, los consuetudinarios ebrios esperaban su matutino sorbo de veneno.

El ajetreo normal dominó el ambiente, unos tranqueando al colegio, otros al trabajo, todo se apreciaba normal.

La ciudad, gracias a Dios, estaba despierta.

Cuando el reloj marcó las 9 de la mañana, Secundino, metió la llave en ese mañoso candado, y como los diez días anteriores, igual le costó abrirlo; con esa llave chueca era un suplicio, lo hurgueteó hasta vencerlo.

-¡Candado de mierda!,  -exclamó. ¡Tenías que ser chino!

Cuando entró, todo parecía normal. Otros dos hombres entraron tras él, dejaron las herramientas en suelo.

Secundino, encendió la estufa para “calorar” el ambiente y dar comienzo a la patagónica ceremonia del matinal café y las tallas del día anterior, mientras tanto sus compañeros se calzaban los overoles…

-¡Putas!, otra vez se nos quedó prendida la radio, como si regalaran las pilas…

-Hay que hacerlas hervir en agua con sal pa’que duren un poco más.-dijo el menor, era el ayudante aprendiz…

El otro hombre, sin poner atención preguntó:

-¿Alguien vino anoche?,  -los dos negaron con displicente movimiento de cabeza  y encogida de hombros.

-Bueno, si  nadie vino, quiere decir que penaron, porque alguien se tomó el vino y se comió la pizza güeonó…, -exclamó, mostrando el envase vacío y  retorciéndolo con desprecio lo achuntó en el tacho.…

La casa había cambiado de propietario. Estaba siendo sometida a reparaciones. El actual dueño era almacenero vecino de la casa. La venta clandestina  a los alcohólicos del lugar le había permitido forjar una cómoda modesta fortuna. Su negocio se agrandaría al doble.

Él, en verdad, no tenía llave de ese candado. Le bastaba con la inspección que hacía en la obra, justo al medio día, cuando cerraba el boliche, para ir al almuerzo.

La brillante luz del sol dejó a la vista en la humedad del  suelo unas marcas recientes de pisadas  humanas descalzas, justo a la entrada.

Lo extraño, nada había sido forzado.

Secundino contuvo la respiración cuando vio aquella moneda, por su color, al parecer de plata,  y justo al lado de esas pisadas, justo junto al umbral. La  recogió y…, más grande fue su extrañeza…, la moneda estaba húmeda y tibia…, se la guardó en el fondo de un bolsillo interior de su parka…, sin decir nada…,  no pudo…, se le hizo un nudo en el estómago, pero se dio valor, presintió que si hablaba se quedaría sin ayudantes, y había que terminar la pega para cobrar.

Llamó a uno de ellos, al más joven, y le ordenó limpiar la vereda frente a la casa,  estaba cubierta de esperma de las velas derretidas acumulada durante las nueve noches anteriores que los vecinos y vecinas habían encendido frente a la puerta de la casa, en un rito de novena de oración…

Reflexión:

De una u otra forma, al partir, siempre se regresa a lo propio…, sea en gotas de lluvia, rachas de viento,  en extrañas neblinas o en suspiros;  en lágrimas…, gestos, muecas, o en el inesperado vuelo de un gorrión.

El partir, no es otro estado que el inicio del viaje de regreso..., por todas  las estaciones de esas mentes de quienes conocimos…, bien amamos…, u odiamos.

Los olvidos no existen, son la parte más pesada del equipaje.

Al partir, procura llevar en la alforja de la conciencia, esa moneda de plata,  para pagar el pontazgo al barquero, de lo contrario, por algunas noches, tendrás que esperar el angustiante turno… Y estarás…, solo.