Vida forjada en pilares por Abel Ruiz Pacheco

MI PADRE

Cada vez que podía, saltaba el cerco del patio para verse con la que iba a ser mi madre. Sus padres eran estrictos y radicales. Vivía bajo la estructura social de la época, a sus 29 años de edad. El deporte lo consagró, al ser nominado para integrar la selección de fútbol de Punta Arenas. Fue conocido como “Maquinita Ruiz”. El Club Naval de la época, lo llevó a sus filas, estando bajo el alero de Armada durante 26 años, en las instalaciones de Asmar. No pudo cumplir los años necesarios para jubilar, ante la presión impuesta, siendo un fuerte impulsor de los derechos de las personas, en especial, en lo referente al trato con los suyos.

Forjó y mantuvo su matrimonio a punta de esfuerzo y trabajo. Laboraba por las tardes a fin de aumentar sus ingresos y obtener un mayor bienestar económico. Mi madre era la encargada de administrarlos y “llegar a fin de mes, haciendo algunos milagros”, como ella decía, ante los posibles contratiempos. Una vez fuera de la institución, estuvo entre caños, canaletas y cañerías, cuando los vecinos requerían de sus servicios. El cumplimiento y la honradez fueron sus blasones esculpidos en su pecho, instándome siempre a estudiar. 

-  Trata de lograr lo máximo a tu alcance - me decía.

-  Mientras tenga fuerzas, te apoyaré en todo tus proyectos.

La casa propia fue el máximo orgullo a ostentar. Yo veía como se esforzaba después de las horas normales de trabajo. Era su ayudante. Se acostaba hasta altas horas de la noche a fin de concluir, lo antes posible, los trabajos encomendados. Su gran anhelo era descansar… ¡en lo suyo!

- ¡Es triste ver camiones cargados con enseres personales, de todo tipo, transportándose a otros domicilios, pues el arrendatario le pide la casa!  ¡Que jamás te pase eso. m’hijo!.. ¡Lucha por tener lo propio! – eran sus recomendaciones.

Su persistencia fue mayor que su perseverancia. No se amilanó tan fácil. El mantener su hogar se le hizo dificultoso ante la inexorable presencia de los años. Estaba en una edad cuya pendiente en la vida inicia su descenso. Pero jamás cesó.

Fui testigo, no sólo del concepto de unión familiar, sino también, del concepto laboral comunitario, entre los… “verdaderos amigos”. Cada uno de sus integrantes eran signos de confianza, honradez y predisposición… ¡Eran de fiar!

Mantuvo esa relación laboral entre un compadre y un amigo mutuo, bajo el alero de sus respectivas profesiones: uno de ellos, carpintero y mueblista; el otro, albañil; y mi padre, gásfiter. Se ayudaron lo más posible, en pro del bienestar de cada una de sus familias, y al final, el “apretón de manos” como sello al trabajo bien hecho, antesala del abrazo fuerte y apretado, cual despedida, en agradecimiento al esfuerzo… ¡Sin interés, ni costo alguno!

Al terminar la educación secundaria mi gran anhelo era continuar estudios universitarios. Notaba a mi padre cada vez más desfallecido, a fin de mantener el bienestar bajo cauces normales. Decidí trabajar un tiempo y poder forjar mi propia y anhelada carrera.

Al poco tiempo fallece.

Recuerdo con nostalgia, a medida que los aires veraniegos hacían notar su presencia, cómo mi padre se preparaba ante los acontecimientos de cada fin de año. Se las arreglaba en mantener nuestras ilusiones de niño, junto a mi hermana menor, en cada Navidad presente. Nunca perdió el espíritu navideño. No podía faltar el árbol, dada las tradiciones y convicciones insertas en su propio caminar. No le importaba cruzar la ciudad con un árbol cortado, junto a otros tantos padres, sin importar la prohibición municipal que existía, a fin de mantener en nuestras retinas y en nuestro corazón el nacimiento de un Niño Dios. De ese niño, que al momento de ser ya adulto, quiso seguir siendo Niño.

Su figura fue la base de mi inspiración e interesarme en dejar impreso, en unas cuantas líneas, de cómo fue mi Navidad de ayer, y de cómo la vivo hoy.

* * *

MI ABUELO

Los abuelos, por parte de mi padre, no los conocí. Fallecieron antes de mi nacimiento. Viví y compartí con los del canal materno y disfruté de sus vidas y experiencias.

De figura delgada y de pómulos salientes. Panadero de profesión, cómo él decía. Cauto, a carta cabal. Unos diminutos ojos asomaban de sus concavidades. Le gustaba usar ese sombrero café, de alas anchas al estilo Gardel, recorriendo, con paso cansino, la vereda de su casa esquina. Sentía un gozo indescriptible el ver un puerto atiborrado de barcos, lanchas y de otras tantas embarcaciones. Su bastón le daba mayor confianza y prestancia al caminar erguido a sus 85 años. Se asombraba al ver, a lo lejos, ese barco de grandes dimensiones apareándose con las aguas del estrecho, hacia el Océano Atlántico, confundiéndose en el horizonte con la Isla Tierra del Fuego y dejando tras de sí, una pequeña estela blanca en despedida.

Un día le pidió autorización a mi padre y poder llevarme a conocer el lugar de su trabajo. Tenía 12 años. Dormí con él. Un reloj de dos campanillas me sobresalta violentamente a las 3 de la mañana. La mesa estaba lista desde el día anterior…Era calentar el agua… ¡y nada más!

Nos fuimos caminando bajo una noche estrellada. Al llegar a las avenidas España e Independencia, un carabinero cubierto en una manta gruesa y verde cumplía su guardia, sosteniendo una larga linterna plateada.

-  ¡Buenos días, don Abel! - Otra vez a convertir la masa y transformarla en un rico pan… ¿Ah?

-  Así es mi amigo - respondía mi abuelo, después de darle unas palmaditas en el hombro.

-  ¡Por lo visto, esta vez lleva compañía! ¡Me parece muy bien!

- Es mi nieto. Debe saber cómo uno debe ganarse los pesos. ¡Bueno!. Un gusto de saludarlo. Espero verlo nuevamente mañana, mi amigo.

-  Hasta mañana, don Abel - Saludos a su familia.

- Gracias, mi amigo -   ¡Igualmente!

¡Una experiencia inolvidable de la sociedad de entonces!

Al cabo de un tiempo me pide afeitarlo, pues siente sus manos algo temblorosas. Percibía el inicio de unos movimientos raros y no quería cortarse. Allí se inició mi gran y hermosa tarea de afeitarlo, durante casi 3 años, todos los sábados, a las 11 de la mañana en punto. Comencé lento y despacio. Tenía que evitar el daño de algún tendón sobresaliente en su cuello.

Hablamos de muchos temas acerca de las personas, de los valores, de nuestras obligaciones frente a las circunstancias de la vida, si así lo ameritaban.

- La vida me enseñó a ser respetuoso de todo y de todos, me decía. ¡Hay que tratar de vivir en armonía y, en especial, tratar de ser esa buena persona!

Al terminar mi tarea, se levantaba con su característica parsimonia y sosiego. Se miraba en ese espejo redondo, colgado cerca de la ventana de la cocina con vista a la calle. Acicalaba su barbilla, expresando su satisfacción al sentirla suave, sin esa molestosa y nacarada barba. Me alentaba a no irme y dar, cual broche de oro, el término a nuestra reunión con un coñac de 75 grados. Vertía ese líquido de fuego, como él decía, en dos minúsculos vasos.

- Bébelo lento, despacio y en cortos sorbos. Trata de disfrutarlo con intensidad…, continuaba.

Un ardor recorría mi garganta. Sentía como ese calor se propagaba en mi interior, comprendiendo el cuidado a tener.

- El organismo también necesita alcohol, pero en su justa medida concluía, incitándome a tenerlo siempre como un buen aliado, amigo y colaborador de la salud.

Murió a los 94 años y aún recuerdo sus consejos de viejo sabio, calmado, parsimonioso, respetuoso de la gente…, “de todo y de todos”.

* * *

MI SUEGRO

Ovejero toda su vida.

- He estado más de cincuenta años detrás del culo de las ovejas. Mis caballos y mis perros han sido mis amigos. ¡Ellos me enseñaron a vivir!  ¡No las personas!       

Fue su reflexión dejada en el bronce, su consigna cuando las instancias de la vida necesitaban de su protagonismo, con el cual se conectaba al mundo exterior. Se hacía notar su presencia. Alto, grueso de espalda, caminar cansino, de grandes y gruesos bigotes grises, y de tupidas cejas. De intensos ojos verdes, diminutos en sus concavidades, vivaces y de una agudeza fuerte pero, a la vez, cariñosa. Admiré su sinceridad y observancia… ¡No dejaba pasar una!... ¡Ni a sus nietos!..., orientándolos, siempre, a ser corresponsables con sus padres al desear algo, y no abrazarse al amparo del amor consentido de los abuelos.

Al aproximarse fin de año, íbamos a serle compañía al lote comprado, después de haber obtenido su anhelada jubilación. Nuestro regreso era a fines de febrero, pues nuestros hijos debían de cumplir con sus labores de estudiantes.

Aprendí acerca de la marca de los animales; la desparasitación; en agrupar, en sus propios corrales, a ovejas y corderos, y la propia clasificación de cuándo es cordero…, cuándo es borrego…, cuándo es capón

¡Y también supe del dolor de cintura al tercer día de cabalgata!

Llevo en mi retina lo vivido en aquel verano. Estábamos en pleno Enero. Dos días duró la travesía del piño, hacia los nuevos campos de pastoreo. Finalizaba el primer día y se decidió acampar cerca de un vado, al amparo de matas y arbustos.

- Afianza la lona detrás de las matas de calafate y colócale las estacas –acota.

- Afírmalas bien, pues el viento aparece cuando menos se piensa y puedes amanecer a poto pelao – inquiere, con una sonrisa picaresca y socarrona. - Vamos a buscar ramas y armar nuestros colchones.

Al ver la expresión de mi rostro, palmoteaba suavemente mi espalda, sin dejar de sonreír.

- ¡Ya verás!

El vivac estaba listo. Los leños, en forma de cono, no tardaban en crepitar, casi al instante. Un recipiente esperaba la presencia viva del tizón e incursionar en las entrañas del café hervido. ¡El tan nombrado café carretero! Anochecía. Todos nos tendimos en el verde pasto. Las carpas campesinas aguardaban a sus inquilinos. Acomodamos las monturas en donde reposar nuestras cabezas; y estar a la espera de ver todo ese esplendor… ¡allá arriba! …

Después de una cena, entre chuletas, bifes y el buen café, cada uno se fue tendiendo alrededor de la fogata. Se atizó el fuego y se agregaron más leños. En nuestros ojos podía apreciarse el resplandor de las llamas, en danza hacia el oscuro cielo, como en saludo. Pero antes, se recorrió el lugar donde pastaban los animales. Los perros, atisbaban cualquier movimiento extraño. Se les dio carne, agua y comida caliente. Perico Barría, uno de los antiguos trabajadores, arrodillado frente a cada animal, lo acariciaba y le daba un beso en su frente, deseándole… ¡buenas noches!

Los ojos expresivos de cada animal y el movimiento de unas lentas colas eran la justa, emotiva y más clara retribución.   ¡Así siempre lo creí!

- Toma. Sírvetelo despacito y en el mayor tiempo posible…- me sorprende mi suegro. Un largo vaso, delgado, conteniendo un licor café con tintes rosado está frente a mi rostro. Unas cuantas gotas fue suficiente y mi garganta explota en maldiciones.

- Me lo trajo un viejo. Según él, era de procedencia rusa. De ser bueno… ¡lo es!..., especialmente en invierno donde las bajas temperaturas nos hacen tiritar de frío.

- ¡Ahora, antes de irnos a las pieles, a deleitarnos con el paisaje!

- Esto no es lo mismo verlo desde la ciudad. Aquí se lo siente… ¡se palpita!…, hasta se enamora. La tranquilidad te trae sosiego, paz y armonía. Y si a esto le agregas una luna llena, con esa tonalidad anaranjada… ¡más amas a tu región! ¡Alguien me habló que eso era plenilunio!  Para mí, sigue y seguirá siendo mi luna.

Hablaba con la pasión del hombre de campo.

A medida que transcurrían los minutos, sus historias se transformaban sólo en murmullos para mis oídos; y sus palabras, ecos, cada vez más lejanos, a medida que me adentraba en el campo de la inconciencia. El colchón de ramas era una suave cuna para mi adolorido cuerpo después del trajín del viaje.

* * *

APOLOGÍAS… ¡Y algo más!

Al momento de llegar a este mundo las personas que convivieron conmigo dejaron su marca de fuego a través de los años: mi niñez, mi adolescencia, mi juventud, la adultez y, ahora…, en esta etapa del adulto mayor. Mi mente y mi corazón han mantenido, siempre, a estos tres baluartes, forjadores de mi vida como persona. Dejarlas impresas en el papel implicaría varios tomos y, cada uno de ellos, decenas de capítulos. Fueron confabulándose en hacer de mi vida un compendio de experiencias y de valores, impulsados por las tradiciones y convicciones. Todo ello, enraizadas en la honestidad y verosimilitud, ésta última del punto de vista… ¡de la vida misma!

Mi padre era bajo de estatura. Se molestaba muchísimo si “las cosas” no eran claras. Cierto día sentí el verdadero peso de su mano en mi mejilla izquierda, tras ese característico ruido zumbante en el oído, apagándose paulatinamente. Al darme las explicaciones del por qué lo hizo, concluyó diciéndome: - algún día, cuando seas padre, me vas a entender. Ahora te domina el malestar y la impotencia -. Al momento de estar escribiendo este pasaje, algunas lágrimas empañan mi vista y no me deja continuar.

Agradezco su actuar pues, al momento de ser padre, reviví dicha experiencia con nuestros hijos: mis golpes fueron con palabras…, y dejaron, también, su marca…

En cuanto a mi abuelo, antes del término de su vida laboral tuvo un almacén. Como mis padres vivían cerca de su casa, los fines de semana era su ayudante en las tareas propias de su negocio. - El estudio es una inversión muy provechosa, como lo es el trabajo y, muy en especial, para seguir siendo… ¡esa buena persona!  - concluía.

Hoy día, cada fin de semana alzo un diminuto vaso con licor del más alto grado, hacia el cielo, agradeciéndole su compañía desde mi niñez y, en especial, por las enseñanzas dadas durante los últimos años de su vida. Alzo mi vaso, para continuar deleitándome de ese calor que avasalla y brinda nuevas energías… ¡pero en su justa medida!...  Te veo alzar el tuyo, y acompañarme desde la eternidad, contribuyendo a nuestro singular trato. Brindaré contigo cada fin de semana. Algún día vamos a estar nuevamente juntos en esa vida eterna, prometida por Dios y reservada para cada uno de nosotros, por los siglos de los siglos...  

A la fecha, con mi señora llevamos 46 años de matrimonio. Hace unos días, rememorábamos cuando, junto a mis padres, fuimos… “a pedir su mano”… ¡Todo un protocolo!

 Nuestros padres eran amigos de la infancia. Cumplido todo el proceso, la primera pregunta de mi padre a mi futuro suegro, (después lo supe), se centró en saber…cómo había sido mi comportamiento con su hija y la familia… Mi padre me abrazó orgulloso por mi actuar… ¡Era sólo su inculcada enseñanza!

Ya en la etapa de familia, el contacto se hace mayor con los miembros de mi señora, a pesar de los esfuerzos en tratar de mantener una igualdad. Mi suegro me enseñó cómo hacerse niño frente a los nietos... - ¡Uno, como viejo, debe acercarse a los chicos y no pretender que ellos lleguen a nosotros! - nos decía. ¡Es la única forma de ganarse su cariño!

Estos son los tres pilares sobre los cuales edifiqué mis creencias sobre la vida.  Ellos ya descansan en la paz de un Dios; ellos gozan de los verdes prados... ¡allá donde hay muchas habitaciones!

De seguro siguen atentos a mis acciones, a la forma como actuo, y de cómo transito por ésta, la universidad de la vida. Si mi padre y mi suegro fueron respetuosos en toda su esencia, mi abuelo fue el baluarte… ¡de todo y de todos!

Al tener la ocasión, sigo gateando junto a mi nieto de dos años, recorriendo cada rincón de “nuestra” casa… ¡cómo me enseñaron!..., sin importar el desorden que deje al desparramar sus juguetes que los tenemos en reserva y en custodia.

Desde este confín del mundo, los recuerda… ¡este hijo!… ¡este nieto!... ¡este yerno!…, agradecido de la vida dejada en herencia.

Y cada fin de semana un… ¡Salud!..., por cada uno de ustedes, sin dejar de lado, a sus respectivas esposas, las que siguen acompañándolos en la eternidad, al hacer realidad, ese sí, dado hace muchos años… ¡pero muchos años!.