Bastián Besnier Di Biase: Sin miedo al animal que somos

Bastián Besnier, agarró sus cosas y partió a México en un afán por encontrar lo que creyó perdido en estas latitudes o poco fácil de conseguir. El joven escritor patagónico, autor del libro Animales en la ruta, ha querido salir de su zona de confort e iniciar un periplo por el agitado DF. Quería cambiarlo todo, dice, pero se dio cuenta que no solo debía escribirlo, sino también vivirlo.

¿En qué momento descubriste la literatura?

La literatura existe en todos. En un principio fue por obligación (benditos y malditos planes de lectura) y yo como era mateo los leía todos. Pero la escritura en sí, siempre fue para mí un escape, aunque ahora lo veo más como una reconstrucción. Destruimos y creamos otros mundos al escribir, eso es lo maravilloso y cautivante; los escombros son también material de construcción. Yo creo que la literatura siempre me acompañó, pero en silencio. Estuvo ahí, la practicaba de manera inconsciente. De niño con dos grandes amigos hicimos un cómic, lo copiábamos y lo vendíamos en el curso.

Era una especie de juego… ¿cuándo comenzó a ser algo más profundo?

Ya de adolescente pasé a una escritura más consciente y terminé aislando la escritura. A veces iba al rincón más apartado del colegio para que nadie me viese escribiendo, porque claro, escribir en los recreos es raro.

Siguiendo la cronología de tu historia, luego estudiaste en la universidad, pero nada relacionado con la literatura…

La biblioteca (de la universidad) era gigante, pero tenía una sección de narrativa microscópica y un sillón. Y nada más. Y quizás para volver a separarme de cosas que me pasaban, me refugié de nuevo en la literatura y ahí sí sentí que la descubrí de verdad. Recuerdo en el colegio leer El túnel de Sábato y sentir que tenía una esencia que lo envolvía todo y que lo que estaba afuera de ese todo era el mundo real y que yo me quería quedar en el libro. En el colegio solo me pasó eso con Sábato. Esperé sentir eso de nuevo con el próximo libro, pero no fue así. Años después, en la biblioteca de la universidad, volví a sentir eso con Saramago, pero ardiendo. De verdad sentía que sus palabras me quemaban y de las cenizas creaba un Bastián completamente nuevo. Ahí empezó mi búsqueda por otros autores que lo lograran también.

Cuéntanos sobre Animales en la ruta, ¿cómo nació?

Animales en la ruta, fue un trabajo de años. Recuerdo que de pequeño, un profe de educación física me apodó "el torito Besnier" por ser grande, torpe y desastroso. El profe me hizo clases un tiempo y después lo olvidé. Lo que quedó fue el estigma, la primera imagen propia que me había construido. Luché años para cambiar ese estigma. Y de las más diversas y absurdas formas, pero a final de cuentas era lo que era.

Es decir que se comenzó a gestar, de alguna manera, desde tu infancia o adolescencia…

Animales en la ruta, es una invitación para abrazar la animalidad que en todos reside, porque también fue el epílogo de mi propia aceptación como animal. No necesariamente como un toro, pero como un humano animal. El proceso fue (y sigue siendo) difícil, pero ahora veo hacia atrás y encuentro genial haberlo autopublicado. Porque lo ves en todo el proceso, le tienes cariño a cada ejemplar. Aprendí a diagramar como un amateur, aprendí a encuadernar, aprendí varias cosas que si lo hubiese hecho una editorial, nunca hubiese aprendido. Pero por otro lado está la masificación y eso fue lo más difícil y sigue siéndolo hasta el día de hoy.

El libro fue lanzado en Coyhaique, en la galería de artes DELIRA, en un evento que Bastián catalogó como emocionante. “Siempre he encontrado tediosísimos los lanzamientos de libros y quería que el mío no fuera así. Reuní un grupo de amigos y amigas. Increíbles artistas cada uno en su faceta. Nos juntamos para hacer un evento multiartístico y que el eje central de cada presentación fuese el humano como animal”.

Es decir, te has dedicado a cada hito de tu libro….

Tuvimos problemas de presupuesto y con el espacio en la galería, pero al final salió increíble: pintura en vivo, malabares de fuego, lecturas en solitario y colectiva, danza, música en vivo, serigrafía. Fue emocionante, había como un aire de festejo, de llanto ambidiestro; alegrías y penas entre maniquíes con cabeza de plumas multicolores, porque la galería era también parte de la propuesta. Lo que pasa es que se sumó a que por esos días murió uno de ellos, Alan Guerrero, un artistazo visual que tenía mucho futuro. Fue una mierda, de verdad, porque la gente así no debería morir tan joven. Y así me refiero a llena de vida y alegría. La muerte de Alan nos pegó fuerte y la gente se sumó al evento también como homenaje a él.

Cómo sientes que fue recibido tu libro.

Fue muy cálido. El tema de la propuesta visual de la portada, original de Lirayén Baeza, fue un acierto. Recuerdo el primer libro que vendí, era una amiga, estábamos en un bar y ella vio la portada y se colocó el libro en la cara y así nació la idea. Después tuve que viajar a Santiago y las vueltas de la vida hicieron que anduviera durante el mes previo al lanzamiento por varias regiones de Chile. Acá en México vendí un libro que terminó en Amsterdam. No significa que haya vendido muchos, porque el problema de publicarte a ti mismo es el de difusión y publicidad, pero quizás simplemente Animales en la ruta no sea para eso. No lo sé, hay que ver.

Su desarraigo lo tiene viviendo hace pocos meses en México. Menciona que quiere observar los patrones de las ciudades latinoamericanas: la violencia, la represión pero también el insípido compañerismo que parece crecer diariamente.

Qué relación tiene tu viaje a México con la literatura o ¿por qué México?

México es un país de contrastes. Se llegan a pelear por darte un “salud” en la calle al estornudar. Respetan las filas y los turnos y se toman el tiempo para darse a entender. Y por otro lado los diarios repletan sus portadas con cadáveres, tienen altas tasas de abandono paterno y las fuerzas represivas se pasean por las calles con armas automáticas. Y esos contrastes hablan de algo que me interesa observar. Hablan de las particularidades en las generalidades. De las diferencias culturales dentro de las estructuras que se repiten a lo largo de todo Latinoamérica; la violencia, la bomba oculta en la vida normal, como diría Chinoy. Eso me llama la atención fuertemente, como un patrón repetitivo.

¿Y ya estás en otro proyecto?

Actualmente estoy trabajando en otro proyecto que habla un poco sobre eso, sobre los patrones, sobre las repeticiones, sobre los esquemas que parecieran inquebrantables, pero más en la especificidad, la individualidad de esa repetición y como esto nos habla de la generalidad.

¿Podrías adelantarnos algo?

Estoy trabajando en contar algo intangible, pero no menos real. El desarraigo de mi generación. El desarraigo paternal, el desarraigo territorial. Pareciera que estamos en una búsqueda frenética por encontrar algo que nos pertenezca, y a la vez, algún lugar donde sintamos pertenencia. Esto lo he visto en mucha gente de mi edad y encuentro que nos ha marcado profundamente a nivel de decisiones y pensamiento. Personajes que buscan un algo que no saben qué es, pero lo buscan desesperadamente.