Gonzalo Rojas Pizarro: Animal del mundo entero

El año 2009 la, por ese entonces, estudiante de periodismo Isabel Margarita Peña se presentaba en la casa del poeta, en Chillán, con tan sólo 21 años y una cantidad de preguntas e interrogantes por responder para un trabajo de la Universidad. Estuvieron conversando cerca de una hora. Hoy, después de casi una década, la periodista nos facilita esta entrevista inédita para publicarla en Sensini. Nuestros más sinceros agradecimientos.

Chillán, 19 de Octubre de 2009

Semi diálogo con el mundano de Lebu                         

GONZALO ROJAS: ANIMAL DEL MUNDO ENTERO 

10:16 horas

­-¿Tú vas a grabar en eso? Me pregunta, luego de sentarnos y ver que tengo un pendrive rojo en mis manos.

-Mm hum.

-Ya. Pregúntame y yo contesto.

-Quiero partir por la infancia

-Yo soy un niño, fui un niño, siempre he sido un niño.

-¿Todavía es un niño?

-¡Cómo no, señorita!...linda. ¿Cómo te llamas tú?

-Isabel, Isabel Margarita.

-Isabelita Margarita, ¡qué bonito nombre!

“Yo soy un muchachito hijo del Golfo de Arauco, más debajo de Lota hay un pueblito que se llama Lebu. Lebu es un pueblito que tuvo cieeeerta importancia minera, carbonífera,  pesquera también. Muy debajo de todos los recodos de la provincia de Arauco. En todo caso sigue siendo la capital, entiendo…el pequeño pueblo, de la pequeña provincia aquella”, así comenzó, poéticamente hablando de su raíz geográfica, nuestro semi diálogo en su casa de Chillán, el año 2009.

-¿Cuántos años tenía cuando se fue de Lebu?

-Ocho.  Ocho años. Mi padre fue minero del carbón. Muere el hombre, temprano,  sobre los 40 años, deja ocho hijos. Yo soy el número siete. ¿Estás llevando ahí…? -se interrumpe y con una mano revuelta sobre mi libreta cuestiona si escribo o no lo que me cuenta-.­ Yo soy el número siete, todavía me quedan tres hermanos, todos muy longevos como yo. Yo tengo 93 y no me ha pasado nada.

Entonces pues, mi madre nos acarrea, es una manera decir, yo soy muy campesino pa’ hablar… mijita no se enoje conmigo -me pide con voz de abuelito-.

Sin terminar el relato acerca de su partida de Lebu, empieza a gesticular su conocida  apreciación negativa hacia los premios en general y a los que recibió a lo largo de su vida. “Yo he ganado todos los premios habidos y por haber, con el rey, con la reina, con los dioses de México, los dioses del Perú. De Argentina, de Italia, de Francia. No me importa nada”, confiesa.

-No le importan los reconocimientos.

-Nada, nada, nada. Los premios son una vergüenza humana. Uhhhhh…una farsa, pa’ los tontos son los premios. Es decir, si te dan un premio tú los aceptas pero ¡no te en-can-di-las! No te fascinas.

Yo soy un hombre del pueblo de Chile y del pueblo del mundo y no tengo ningún afán de gloria. Ninguno.

-Hay gente que vive por ganar premios.

-Esos son… no es que yo sea un modesto a la fuerza, soy así por temperamento. No tengo nada que ver con la gloria, ni la fama, ni  nada de eso. Además no tiene importancia, pienso yo que no tiene importancia. 

-Pero cuando uno hace algo, a nivel de contenido o artístico, usted está de acuerdo con que la gente tiene que conocer ese tipo de cosas.

- Sí. No, eso sí. Claro.

-Pero no cree que de repente la fama o el éxito van ligados a eso, a ese esparcir del conocimiento…

-Suele pasar. Eso que dices tú es muy razonable. Cierto. A mí no me gusta ser premiado, ni honrado ni aplaudido ni besuqueado por mi obra, pero es así no más.

-Cuando era niño tenía algún mejor amigo (que recuerde en especial)

-Era muy solo, pero muy tierno y afectuoso con los compañeritos de la escuela, donde aprendí a semi-leer. Era muy moroso, me demoraba en todo y no tenía niun apuro. Me gustaba ir a la playa con los pájaros, con los botes. Y salía con los boteros a navegar por ahí, quiero decirte…los ayudaba. Me encantaba ir con los pescadores, uhmm y con los mineros ¡claro! Mi padre era minero y me bajó a la mina, era una mina de carbón debajo del mar ¡Eran tan lindas esas minas!

-¡Ihh! y ¿no le daba miedo?

-No, yo era chiquitito y claro iba con la protección del padre.

-Al lado del padre uno siempre se siente protegido.

-Mucho más. Cierto. A la muerte del padre, la mujer, que fue la madre mía, que era una hermosura, no era  ninguna fea; esta Celia Pizarro se trae a sus niños al Concepción –que es dónde tú vives- y yo llegué y me aburrió, no me gustó nada el pueblo ese, nada, pero nada. Además sufrimos mucho…yo no notaba tanto sufrimiento, pero sabía que había dificultades mayores.

Y me incrustaron en un internado. Yo viví interno seis o siete años, me levantaba un cuarto para las seis, me bañaban con agua fría por unos pasadizos crueles y era lindísimo y había una biblioteca, la biblioteca tenía algo así como 100 mil libros y yo leí si no todos, casi todos. Y era buen nadador, porque teníamos piscina ahí mismo atrás del edificio.

Y era muy linda la infancia, muy áspera, pero  muy de hombre entero mijita.

-Pero, ¿estaba solo en el internado o estaba alguno de sus hermanos también?

-¡Botao po! No ¡qué familia ni nada! La madre estaba con sus demás hijos cuidándolos. ¡Nooo!

-¿Y por qué solamente estaba usted en el Internado?

-Porque como éramos muy pobres, pobre mi madre hermosa nos repartió en distintos internados, para poder vivir, para comer, pa’ respirar. El internado estaba por ahí donde están los curas Salesianos, pero no eran los curas Salesianos, estaba un poco más atrás, por ira-rrá-za-bal. Todo feo y bonito a la vez mijita, como es la vida, como es el mundo hermoso.

-¿Por qué no le gustaba Concepción?

-¡Nooo! No, lo encontraba pincantón. No es que yo viniera de una clase alta ni nada. (Pero) eran tan ordinarios todos -confiesa con especial énfasis su apreciación. Pero luego deja fuera de la sentencia a sus maestros del Internado …menos mis profesores, algunos (no eran ordinarios). Como el colegio era grande y lleno de recursos, yo tuve profesores italianos, franceses, alemanes y qué más tuve…algún español y eso me daba una idea mayor del mundo.

“Yo nací en un  pueblito como tú pues, Isabel, pero yo nací mun-da-no. Cuesta mucho que los niños nazcan y vivan mundanamente”. -A mis 21 años, que es la edad que tenía cuando fui a la casa del poeta para realizar esta entrevista, aún no tenía muy claro el concepto de Mundano y eso cambió a medida que el viejo me conversaba muy desinteresadamente a qué se refería, a cómo él veía y vivía la vida-. Mundano ¿qué quiere decir? -me pregunta directamente y se contesta a sí mismo-: Del mundo. ¡Animal del Mundo Entero! -proclamó alzando un poco su carrasposa voz-. Nada de Concepción, ni Santiago, ni Valparaíso. No. ¡El Mundo!”

-Y esa misma característica suya, ¿lo habrá llevado a tener la vida que ha tenido?

-Hasta el fin mijita…a viajar, a vivir, a luchar, a sufrir, a amar, a todo.

-La mayoría de los artistas o escritores de Chile desarrollan su vida profesional en el extranjero, ¿por qué será que pasa eso?

-Algunos, algunos no más.

-O todos tendrán esa característica mundana que dice usted

-Nuestro Chile es tan chiquitito, tan delgadito, flacuchento, longilíneo, viene desde el Iquique más arribita, Arica,  y llega hasta la punta Sur, pero eso es otra cosa. Yo viví mi pueblo. Cuando salí de ese liceo viví Chile, no lo turisteé, que es una lata. ¡YO NO SOY TURISTA! ¡Nunca!, nunca lo he sido mijita.  Yo he vivido Chile tal como he vivido América, como he vivido los mundos, me ha sido dado por buena fortuna, sin duda. He vivido por ejemplo, dónde: en China, en... ¡qué sé yo dónde no hijita! En el Asia en muchos países, en Europa infinitamente. He vivido.

-Cuando salió de su casa, ya no en el rol de hijo, ¿en qué lugar sintió por primera vez que estaba en su hogar?

-Es que yo nací en un Chile difícil, en un mundo familiar difícil, limitado…la madre era tierna, pero eso es otra cosa, y muy preciosa mujer además y tenía mis hermanitas que yo las quería, no nos entendíamos porque eran distintos de mi alma. Sabías tú que a mis 93 años,  a mí que estoy cargado de premios y honor, nunca mis hermanos me leyeron. Nunca.

-¡¡ ¿No?!!

-¡Nunca!

-¿Y qué profesiones siguieron ellos, sus hermanos? ¿No estaban interesados en la literatura?

-No po, unos fueron ingenieros, muchos fueron médicos, fueron profesionales, luchadores y valientes pero no eran de la órbita mía.

-Pero y eso no le disgustaba a usted, no se sentía…

-Yo los quería igual mijita, igual, igual, igual. Como quiero a mis hijos que son médicos. Mañana llega uno de Alemania que es médico y me trae noticias de mis nietos y mis bisnietos allí.

“Qué buena la Isabelita, me gusta, porque no te inhibes tú, eso me encantó. Inhibirse quiere decir asustarse. Usted llegó aquí tranquila y empezó a preguntarme, jajaja, ¡muy bien!” -entre risas describe la impresión que tuvo de mí al aparecer en su casa. Ambos nos reímos, pero lo cierto es que cuando llegué, la Irma –que era su empleada desde hacía muchos años- me hizo subir a una especie de biblioteca/escritorio que estaba en el segundo piso, arriba vi que la primera pieza a la izquierda era la habitación del escritor. De hecho, él  estaba ahí, sentado en su cama, con un gorrito puntiagudo de esos a los que les cuelga el pom pom. Inmediatamente sentí que había sido inoportuna, me sentí incómoda, por qué no esperé a que él bajara, pensé. Pero ya estaba ahí, así que seguí caminando hacia aquel despacho donde sería la entrevista.

-Leí varias entrevista suyas y en todas se tocaba el tema del amor –dije, con la pretensión de preguntarle acerca de la temática de sus poemas, pero él rápidamente me sigue y dice:

-“A mí me han tocado encantos amorosos pero no soy tan aficionado a eso. No. Qué hombre no ha tenido diálogo amoroso, sentimental, erótico como quieras llamar a eso”.

-Hay quienes lo califican como eso, que su ámbito es eso, el amor o los poemas eróticos

-Se les ocurre que yo soy un poeta cuánto… al puro Eros. No. Sabes tú cuando yo he escrito poesía de amor, al fondo, si tú las lees con cui-da-di-to son poesías que tocan no lo religioso, no, pero tocan el amor como un portento sagrado mijita. Por eso yo no soy un viejo tonto libidinoso, ni lascivo, esas cosas no. Ni mucho menos ese asco que se llama el poeta pornográfico. Mi pensamiento, sí claro, se inclina, se ha inclinado a veces, no siempre, hacia las bellezas corpóreas. Alguna vez escribí esta línea, anótala –me ordena, sacando a relucir nuevamente su esencia docente-: “Ay cuerpo, quien fuera eternamente cuerpo”, esas son líneas mías… ¡Ay cuerpo!, era una exclamación no, quien fuera eternamente cuerpo... Con todas las turbulencias que uno tiene en su vida larga o corta mijita.

-Usted me dijo que de niño siempre estuvo interesado en los libros…

(Retoma la historia de su infancia en el internado)

-“Era un internado y había niños de extracción social muy importante, ricachos, pero yo era (pobre), yo me había ganado una beca, ¡una beca de pobre! De modo que la vertiente sociológica mía era del pobrerío, pero eso no quería decir que yo fuera un cretino rencoroso, nunca tuve rencor sobre nadie que tuviera o no tuviera dinero, eso no, no, no, no. Ni ahora ni nunca. No se me da.

La injusticia social se me da, eso sí y he sido un tipo del lado izquierdo del mundo. Izquierdo quiere decir (que) he pensado en una escala de pensamiento social hacia los que no tienen el dinero, no tienen el poder, pero tampoco he sido un paisano rencoroso, que odia a los otros. Además la vida es tan corta, yo que tengo 93 me da risa que la vida es así cortita –y hace el gesto de algo diminuto con sus dedos-, parece larga…mm, noo, es muy breve”, culmina sonriéndome.

-¡Déme una galleta que sea po!

-Obvio, le digo sorprendida y extiendo el platito con las dos galletitas de champagne que me puso la Irma para acompañar el té. Saca una y me devuelve el plato arrastradamente: ya, dale -me dice, para que continúe con las preguntas.

-Hace poco yo le decía que su característica de mundano lo había llevado a elegir esta vida de poeta, de escritor…

-Yo no elegí nada -muy seguro de sus palabras, me interrumpe.

-Eso le quería preguntar. Es algo que se elige en realidad o usted siguió ese camino así (no más)

-No sé cómo explicarte eso. No. Se me dio la vida así mijita. Una vida muy libre.

-Pero nunca sintió que estaba haciendo algo incorrecto o que tenía que seguir el mismo camino de sus hermanos (por ejemplo) que algunos fueron médicos…

-Llegaron a serlo, después de muchos estudios –me aclara afanoso-, pero no, nooo. No. Nunca me leyeron. Con eso queda claro. Éramos un familión de ocho. Mis hermanitos me querían, yo los quería a ellos. Pero hasta ahí no más.

-Pero usted… ¿Cómo alguien se influencia en una familia que igual es grande, ocho hermanos, papá, mamá, cómo usted se interesa por los libros y nadie más?

-No sé. Una inclinación personal. Casi una locura. Me gustaba saber, saber, conocer más. Leía mucho hijita y me reía bastante. Tenía muy buen humor.

-Cuándo llamé para acá, su asistente (o quizás era la Irma quien contestó el teléfono) me dijo que estaba todo lleno

-Siempre todo lleno, dice.

Lleno de citas en su agenda, gente que quiere entrevistarlo, estudiarlo, investigar sobre usted y su obra. No para.

 En ese contexto, ¿Tiene algún proyecto final, algo que usted quisiera hacer aún…?

-No si yo no soy perezoso, hoy día me pillaste en bata porque estaba así no más po, sin vestirme.

-¿Pero entonces no tiene ganas de decir un día “ya no quiero escribir más”?

-Nooo. Eso no va conmigo. Siempre estoy vivo y pensando.

“Por qué está la Fabianne Bradu, grande como de 2 metros, que vas a ver en un rato más si es que alcanzas a verla, está reposando allá al fondo de esta casa larga; ¿por qué viene…? Porque a ella le importa dialogar conmigo y hay cuatro libros escritos por ella sobre mí, en México en Francia. Yo no soy conocido en Chile mijita, casi nada y eso me encanta. Déjale al Parra eso, a las Violetas Parra esas cosas. Yo no tengo nada que ver con eso.

-En realidad, hay mucha gente que no sabe quién es Gonzalo Rojas…yo decía en la U, tengo que entrevistar a Gonzalo Rojas y me decían ¡¿quién es Gonzalo Rojas?! -Se ríe al escuchar mis detalles de producción periodística amateur, le causa mucha gracia mi honestidad estudiantil.

-Eso es lo que me encanta mijita, de ser un paisano cualquiera en la tierra viva. Pero al lado afuera, ¡Por Dios que me conocen! Y cómo me han premiado y las glorias del mundo. Y ahora están haciendo un libro  aquí y en New York otro. Me llamó ayer el Alister Reed, que es mi traductor en New York –lo menciona, sin ahondar más en el tema, pero queda claro: siempre está “vivo y pensando” y por supuesto, trabajando-.

-¿Y en qué mundo se siente mejor, en el que es conocido o en el otro?

-No, en ninguno. Aquí me había gustado ah (en referencia a Chillán, su residencia hasta el final de su vida) pero me quiero ir de esta mugre. Esto es un pueblito hija.

-Pero lleva harto tiempo viviendo aquí-. Cuando murió la mujer mía, la segunda que fue la más larga mujer mía, porque me duró 30 años, me quise ir de aquí, pero después me quedé anclado mijita. Salí mucho sí. Viví la Italia un tiempo, a Francia, a España y a trabajar po.

-Y ahora se quiere ir, ahora que lleva tanto tiempo.

-Estoy pensando que no me gustan estos. Me divier (te)… pero –se interrumpe- por eso he teñido todas las mesas de color rojo, te fijas -sonríe-. Bueno, es un modo de decirte que no estoy ajustado. Nunca estuve mayormente amarrado a nada… esa la verdad, Isabel linda.

-Pero sentirse amarrado a un lugar no es lo mismo que sentirse parte de un lugar, encajar

-No, sí soy yo de los sitios donde vivo, ya te dije yo no soy turista, me amarro a la vida Vida, sí. Pero, hay sectores y sectores. No es que tenga aversión al pueblito éste. Pero ¡Concepción no me interesa NADAAA! ¡qué pueblo más feo! Asqueroso, presuntuoso…porque tiene unas oficinas industriales.

Yo vuelo mucho en el avión que va a a a… a Concepción, de Concepción a Santiago y el Pancho, en un autito que tengo allá abajo, un chófer mío que es como un empleado que tengo aquí, ese me acarrea hasta el aeropuerto. Y voy y vengo.

-No se queda ni para dar un vuelta.

-Nah, qué vuelta –me dice hastiado-. Yo fui profesor muchos años, hice tanta cosa en ese pueblo. Los encuentros internacionales de escritores, las Escuelas de Temporada, no las Escuelas de verano que dicen que las hay, las actuales yo no las juzgo, además no conozco nada eso –y hace un gesto de desinterés, como dando una palmoteada en el aire, mientras sigue exclamando onomatopéyicamente lo poco que le interesa hablar de la capital penquista. Tanto así, que cambió el tema y me quitó el rol. ¿Tú universidad está un cerrito, ¡no!? -Fue su primera pregunta-.

-Sí, está casi saliendo de Concepción. Cerca de Talcahuano.

-¡Qué es bonito ahí! Y quién es el Rector de eso.

-Se llama Juan Cancino.

-Cancino.

-Hace pocos años que es Rector sí.

-Sí, yo una vez fue para ahí (sic). Hace muchos años sí… esa es la vida pues, Isabel, vivida.

-Pero se imaginaba su vida de otra forma. Por ejemplo, cuando empezó a escribir y la gente lo empezó a leer, sintió en algún momento, dijo ¡ya! ¡Aquí mi vida está empezando! ¿?

-Se ríe y me dice que no-. Yo he seguido escribiendo y no le he dado a la Literatura mi vida. Un pedazo, un lado no más. Yo he sido largamente profesor. Pero no profesor aburrido, creo, confío en Dios. He sido un profesor duro, tal vez. Severo. Pero abierto al diálogo con los niños. Y yo he aprendido más de los jóvenes, estudiantes míos de la Universidad o de Liceo, que lo que yo los enseñé. Estoy seguro de eso. ¡Los niños! Yo creo mucho, en ese sentido, en el ejercicio de enseñar.

-¿Qué puede aprender de un niño, por ejemplo?

-¿De ti? Mucho.

-Y si yo no supiera nada, nada de Literatura, nada de lo que a usted le gusta, nada…

-¡Este! Este mismo…este mismo tono tuyo de voz y de llegar no más y entrar por una puerta y una escalera y no amedrentarte. Eso me gustó mucho. No tener miedo de nada, nada. –La verdad es que sí estaba muy asustada y de hecho, temblaba más de inseguridad que por el frío húmedo de Chillán. Ahora que han pasado casi diez años y he escuchado y re escuchado la grabación, me doy cuenta que se refería a lo insistente que fui, al cuestionar algunos de los hechos que me relató, a preguntarle por sus sentimientos. Puntuda. Es más, esta era la segunda vez que estaba en esa ciudad para realizar el mismo cometido, había ido hacía algunas semanas  pero mi compañero de la Universidad me dejó plantada a última hora y en vez de hacer la entrevista sola llamé para cancelar. No recuerdo si contestó la Irma o el mismo Gonzalo Rojas. Pero recuerdo que marqué y corté más de una vez antes de lograr hablar y conseguir reagendar el asunto-. Eso es bueno mijita –concluyó-.

Retoma el cargo de entrevistador y me dice: ¿Dónde está tu padre? Tu madre, ¿es de ahí? (refiriéndose a Concepción).

-Nop. Lo que pasa es que yo soy de San Javier.

-De San Javier lindo.

-De un Pueblo que está cerca de Linares.

-¡Siii, sí, cómo no, cómo no, cómo no!

-Mi mamá vive ahí pero mi papá vive en Santiago, porque tiene una botillería allá y bueno, vive de eso. No están separados si, él trabaja unas semanas allá y después va a la casa -le cuento sin ningún reparo.

-¿Y hermanitos tienes?

-Claro, tengo dos hermanas que son mayores que yo y una también vive en Santiago.

-¿Mi niña, y usted vive con su madre ahora?

-Yo acá vivo sola. En una pensión.

-Y ¿te gusta eso?

-Mmm. Es que está cerca de la Universidad y…me vine no más.

-Jaja. Muy bien. Ese fue el sello que me gustó tuyo cuando entraste pa’ acá. Yo sé ver debajo de las aguas ah, vi que eras una criatura libre y así con gracia para pensar. Muy bien.

-Volviendo a su infancia, cuando era chico ¿qué cosas no le gustaban?

-Es que era muy chiquito yo… ahí en Lebu, que fue la patria mía de la infancia. Y la verdad, la patria de un poeta es la infancia –alude a Rilke-, me fastidiaban seguramente algunas cosas, de la vida común y silvestre de ahí, pero yo quería a mi gente y a los muchachitos obreros, a los mineritos, ya te dije: a los pescadores. Quería a todo el mundo.

-¿Y no peleaba con sus hermanos?

-Claro. Siempre uno discute y pelea un poco, no mucho, en el caso mío.

-¿Cuál era su comida favorita cuando era niño?

-Comida. El pescado po. Ahí comíamos pescado, mariscos riquísimos. Mi madre nos daba los mejores. La porotancia. Las lentejas. Todas esas cosas lindas de la tierra Tierra. La patata o papa, seguramente, que era tan sabrosa, y uhmm. Éramos muy del pescado nosotros.

-¿Y ahora eso no se mantiene?

-Mmm, la Irma que está hace 22 años aquí como funcionaria, y que estaba antes que muriera la mujer mía, esa vendría haciendo las mismas comidas de cuando yo era niño. Igual.

-Tengo hartos amigos que son de acá  de Chillán y me dijeron que a veces lo han visto que sale a pasear.

-A veces salgo.

-Pero le gusta salir, quizás a la Plaza (por ejemplo)

-Nooo, siempre. Y tengo una casa pal campo, arriba pa’ la cordillera. Y tengo un río que pasa por mi casa. Muy bonito. El río Renegado. Ahí me baño.

-¿Sí? ¿Pero y no le da frío?

-Pero es así. Ahora menos. Ahora ya estoy mayor, muy mayor. Pero con mi mujer, que se me murió hace poco –Hilda May falleció en 1995- y que tenía 35 años más joven que yo, esta segunda esposa mía, nos bañábamos ahí po. Desnudos en las aguas frías de ahí. Jajaja.

-¡Qué entretenido!

-Sí, sí, sí. La Hilda querida preciosa. Tan bello el mundo mijita –me confiesa-. Y antes me había casado con una inglesa, esa es la madre de este hijo médico que va a venir.

Me interesa hablar de esta Hilda que recuerda tanto y le pregunto si es que la mujer era de Concepción, a lo que responde: “De por aquí era. De estos lados. Pero no la vi… en cuanto a verla pa quererla no. Dicen que fue estudiante mía en la Universidad. Es posible. Yo vine a verla, de verla por dentro, en el orden del afecto, el amor, del encantamiento amoroso, en Europa.

Era un año que yo tenía una beca en París, una de las infinitas becas que he tenido en toda la tierra, y llega una niña y me golpea la puerta. Venía ella de España, estaba haciendo un doctorado, era bien inteligente. Me dijo: “vine a verlo Señor porque usted me enseñó algo de su realismo en una universidad que se llama Concepción” y yo me reí. “Y quiero que me enseñe algo aquí”, agregó. Y como era bandida y era bonita, como las mujeres son bellas, ella me buscó a mí. Y después nos enlazamos de cariño y vivimos. Así ha sido la vida mía mijita”.

-Hace un rato le pregunté si es que en algún momento se había dado cuenta de cómo había empezado su carrera y usted me dijo no, que de alguna forma siempre había sido así…

- Yo empecé escribiendo leseras no más, como todos los niños. Cualquier cosa.

-Como las leseras que escribo yo.

-Como las que…claro. Ahí mismo. Me gustaste ahí. Jajaja.

-Entonces,  ¿cómo se definiría usted?  Porque hay gente que podría decir Gonzalo Rojas, el Poeta; Gonzalo Rojas, el Escritor

-“Definirme no sé… no sé. Una vez un gran Poeta desde Chile, pituco, inteligentísimo y que se llamaba Vicente Huidobro, él estaba vivo y me había visto a mí, yo era un jovencito de 20 y estaba estudiando en la Universidad de Chile y de repente me cansé también ahí. Y me enlacé con una muchacha que llegó a ser la madre del hijo mío y nos fuimos al norte de Chile a vivir. Entonces unos compañeros de universidad mía le fueron a decir: “¡Oye Vicente, fíjate que Gonzalo quiere ganar plata allá en el Norte, se va pa’ la Cordillera por Copiapó pa’ arriba –según nos ha dicho- y va a dejar todo Santiago y se marcha, se olvida de todo lo literario que estamos haciendo aquí!”. Entonces Huidobro, que era muy inteligente, dijo: “no importa. Gonzalo es un loco que necesita cumbre”. Y yo me iba a unos cerros de 2500 a 2800 metros (de altura)”.

-No había forma que estuviera allá y dejara de escribir. No necesariamente tiene que estar encerrado en un centro de estudios para poder escribir.

-Noo si yo soy muy libre, escribo en cualquiera hora mijita. Todavía. Todavía, todavía, tengo la mano firme.

-¿Y cómo escribe? (me refiero a su caligrafía) – ¡Mi letra es horrible!, le cuento y le muestro lo que llevo escrito durante la entrevista-.

-¡CON LA MANO MI NIÑA LINDA!, pásame tu coso –y toma mi libreta de notas y escribe “A ver Isabel, pregúntame quién eres tú misma”, seguido de un clásico dibujito de una estrella. Esa es una línea mía -dice. Y luego agrega que le puso una estrellita para que no me olvidara de esto. Recorté la hoja en que lo escribió y la guardé en mi pieza de la casa de mis padres. Debe estar entre algunas de las fotocopias de la Universidad que aún permanecen en el pupitre de madera que tenía en esa habitación. Viajo a la Séptima Región una vez al año y siempre ordeno todas mis cosas que quedan ahí, pero no estoy segura que el año pasado haya visto la frase manuscrita que me dio el mundano de Lebu.

Recuerdo que me reí un poco de los nervios y aunque quería hacerle la pregunta no me atreví a ahondar en lo que tenía que decir de mí. Me miró y me devolvió el cuaderno.

-¿Usted decoró esta casa don Gonzalo?

-Yo la hice, la pintura, las luces, las armazones, el color, las variaciones –se interrumpe y sin alzar la voz pero en tono certero exclama-: ¡Esta casa está llena vida! Mira la frazada de lana de oveja que está en la sala y me cuenta una pequeña historia-: “Me gusta dormir con ropa de lana, por allá en el Sur tengo una señora que me llama, india ella, Beatriz se llama, me trata de tú como los indios. Oye, me dice, hoy día te hice la otra ¿Qué otra? la otra frazada po, ¿Cuánto? le digo yo, ¡50! Bueno, mándamela. Esos son los diálogos míos con la india”.

-En mí casa igual hay una. Me recuerda a mi abuelo, le digo.

-Frazaditas de animalitos. Esto estaba en los corderos. ¿¡Cuánto duró ese hombre!?

-Falleció a los 83.

-Ah, para mí no es nuevo. Yo tengo 9-3.

-¡Tiene diez años más!  Más historias, más vida…Pero y ¿cómo se siente ahora? ¿Bien?

-¡Bieen! Un poco doliente. Estos huesecillos me molestan un poco, porque ¡todo envejece pue!, se deteriora. –Se mueve un poco en su silla pero al segundo está calmo otra vez. Los 93 no se reflejan en su aspecto y menos en su actitud-.

- Y volviendo a las palabras, que es lo que más me gusta a mí

-Ahhh, ahí estamos.

-Sí. Me gusta harto escribir, pero de repente me pasa que no encuentro las palabras exactas para decir lo que uno quiere

-¡Pero me encanta lo que me dijiste!

-¿A usted le ha pasado alguna vez?

-Cuando tengas tiempo y ganas ven con la compañerita que irías a venir, pero no con más de dos personas, y conversemos aquí. En serio ya, porque ahora me tengo que vestir –aún llevaba la bata con que se había levantado y ya iban a ser casi las 11.00 de la mañana-. ¡Qué bonito mujer, me encantaste! Hagamos otro día una sesión más profunda y más clara, por ahora esos datos mínimos, mínimos, mínimos.

Ya estaba dando por terminada la conversación pero dejó muy claro que podría visitarlo nuevamente para hablar de su escritura.

Le pedí una fotografía pero no me dejó usar la cámara. Dijo que tampoco tenía fotos de él. Se inquietaba por la hora y su compromiso con la investigadora francesa que aún dormía pero que pronto debía estar en mí lugar para entrevistarlo formalmente.

-No me hagas foto por ahora mi niña… Tenme paciencia, como te digo, debo levantarme –explicó y no hubo registro fotográfico del encuentro.

Pero yo no me podía ir todavía, el Esteban –mi compañero de la Universidad que iría a la entrevista conmigo- me había pedido que le preguntara algo sobre la Violeta Parra, lo que fuera, cualquier cosa y hasta ese momento recién vine a recordarlo. Y justo don Gonzalo se acordó que él nos esperaba el día anterior y me preguntó acerca de esta otra persona que iría conmigo, así que como una sabandija introduje el cometido y antes de que me echara por la borda estábamos hablando de la cantautora nacional.

-La Viola, que le decíamos así, dormía en mi casa cuando iba pa’ Concepción, en la calle Orompello 476. Era muy desordenada y tocaba la guitarra en la cama, Jajaja. Era simpática. Picada de viruela y se atormentaba porque era fea. Yo le decía ¡Si no importaaa!

-Ah entonces usted también encontraba que era fea.

-Era fea, nació fea po y con picaditas. La cara muy agrietada.

-Y ¿cómo la conoció?

-Buuu, miles de años po. Cuando yo trabajaba en el internado Barros Arana, a los 20 años era inspector allí, por ahí la conocí, con Nicanor y toda esa gente.

-¿Y le cayó bien al tiro?

-No mucho ah. Era pesaada. Pero era simpática y buena. Inteligente.

-Hay gente que dice que era pesada. Pero yo tengo una amiga que tiene una tía que dice que Violeta Parra siempre iba a su campo a inspirarse y escribir canciones, le pedía permiso a esta señora para entrar (y ningún problema)

-En Hualqui –me dice. Conoce la historia-.

-Sí, sí. Pero la otra gente –que me había hablado de la Parra- dice que era pesada, que era enojona.

-Era enojona po y era mandona, pero ¡tan linda por dentro! Una hermosura de ser humano. Y muy mujer y enamoradiza. Le gustaban todos los hombres, está bien.

-¿Y nunca se enamoró de usted?

-Nooo

-Eran amigos

-AMIGUITOS

Bueno mujer, dice mientras se empieza a poner de pie. Me gustó este semi-diálogo Isabel.

-Ya, voy a llevarme sus palabras.

-Dile a la Irma que te abra allá abajo. Yo tengo que entrar a la ducha y todo, mijita. Estuve contento contigo, mucho.

-Yap. Chao don Gonzalo, gracias por todo.

-Chao mi niñita.

Recuerdo que antes de bajar la gran escalera que da directamente a la puerta principal de la casa, este abuelito que me había recibido en su despacho por casi una hora fue hasta una repisa y tomó de allí una enorme hoja de cuadernillo en la que tenía dibujada su agenda para lo que quedaba del año. Estábamos en el mes de Octubre y me dijo que por Diciembre podía hacerme un espacio para que fuera con mi compañero y nos reuniéramos otra vez. No estoy segura si lo anotó. Le dije que sí, obvio. Nos despedimos y me fui.

Aún era temprano para volver a Concepción, así que me puse a caminar y entré al museo de Claudio Arrau, que no estaba tan lejos. Había que aprovechar el viaje y como venía de toda esa onda literaria, me creí el cuento cuando ya iba en la calle, así que decidí “conocer” también al pianista. Miré todo, toqué lo que pude y leí algunas de las reseñas que había.

Después fui a comer algo. Pedí una promoción de hamburguesa más bebida, en una especie de fuente de soda que me costó como 2800 pesos, guardé la boleta para que me devolvieran la plata en la U y luego tomé un bus en la misma calle. Nunca volví a llamarlo y tampoco escribí su perfil humano –hasta ahora- solo recuerdo que llegué a mi pieza de la pensión y sentí que había vivido algo bueno. Algo personal. Y lo guardé para mí, inocentemente, con la intención de que nunca terminara esa sensación.